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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Ella pensó un momento antes de contestar:

– Significa que tienen un sistema de alarma que, en el momento en que detecta un acceso no autorizado, lo cierra todo.

– ¿Pueden localizar el acceso?

– Lo dudo -respondió ella, en tono más confiado-. Aunque lo localizaran, los llevaría a un ordenador de la oficina de una empresa propiedad de un miembro del Parlamento.

– ¿Eso es cierto? -preguntó él.

– Yo siempre procuro decirle la verdad, comisario -dijo ella, no indignada pero casi.

– ¿Sólo procura?

– Sólo procuro.

Brunetti optó por no insistir, pero aprovechó la ocasión para bajarle un poco los humos.

– Los informáticos de Cataldo detectaron un intento de acceso a su sistema.

Esto la dejó un momento en suspenso, pero enseguida dijo:

– La pista conduce a la misma empresa.

– Parece tomárselo muy a la ligera, signorina -observó Brunetti.

– No lo crea, comisario, y me alegro de que me haya advertido: no volveré a cometer los mismos errores -y, por su tono, no había más que hablar.

– ¿Esa signorina Landi está en la misma unidad en que trabajaba Guarino? -preguntó Brunetti.

– Sí, señor. Por lo que he podido ver, la unidad está compuesta por cuatro hombres y dos mujeres, además de la dottoressa Landi y otro químico. Tiene la base en Trieste, y otro grupo trabaja en Bolonia. Ignoro los nombres de los demás, y a ella la encontré sólo por el nombre.

Se hizo silencio. Pucetti miraba a uno y otra sin decir nada.

– ¿Pucetti? -preguntó Brunetti.

– ¿Sabe dónde fue asesinado el maggiore, comisario?

– En Marghera -se adelantó a responder la signorina Elettra.

– Ahí lo encontraron, signorina -rectificó Pucetti respetuosamente.

– ¿Más preguntas, Pucetti? -dijo Brunetti.

– ¿Quién movió el cadáver y cuándo se hará la autopsia, por qué los periódicos han dado tan poca información y qué estaba haciendo él dondequiera que lo mataran? -dijo Pucetti, sin poder mantener la voz serena mientras recitaba su retahila de preguntas.

Brunetti observó la mirada, y después la sonrisa, que la signorina Elettra dedicó al joven agente cuando él terminó. Por interesantes que fueran las respuestas a las preguntas de la lista, comprendía Brunetti, la más importante, por lo menos, en este momento, era la primera: ¿dónde habían matado a Guarino?

Abandonando estos pensamientos, el comisario miró a la signorina Elettra:

– ¿Es posible contactar con la dottoressa Landi?

Ella no respondió inmediatamente, dejando a Brunetti en la incertidumbre de si volverían a sonar aquellas alarmas si ahora ella trataba, simplemente, de encontrar un número de teléfono. Lo miró un momento y sus pupilas enfocaron un punto lejano, mientras planeaba una cibermaniobra que él no podría ni soñar con entender.

– Bien -dijo ella finalmente.

– ¿Lo que significa? -preguntó Brunetti, adelantándose a Pucetti.

– Le daré el número -ella se levantó y a Pucetti le faltó tiempo para retirar la silla-. Cuando lo tenga le llamaré, comisario -dijo, y agregó-: No hay peligro.

Los dos hombres salieron del despacho.

Veinte minutos después, fiel a su palabra, ella llamaba para darle el número del telefonino de la signorina Landi. Él marcó, pero la usuaria no estaba disponible. No se invitaba a dejar mensaje.

Para distraerse, Brunetti se acercó el montón más antiguo de los papeles acumulados en su mesa y se puso a leer, obligándose a concentrarse. Uno de los informadores de Vianello sugería al ispettore que vigilara varias de las tiendas de la Calle della Mandola que habían cambiado de manos recientemente. Si se trataba de blanqueo de dinero, como intuía el informador, el asunto no era de su incumbencia: que la Guardia di Finanza se ocupara de las cuestiones de dinero.

Además, era una calle por la que él casi nunca pasaba, y su memoria visual no le permitía precisar en qué escaparates se había cambiado la mercancía. La antigua librería seguía allí, lo mismo que la farmacia y el óptico. El otro lado de la calle resultaba aún más difícil de recordar, y era allí donde se habían producido los cambios. Eran tiendas que vendían aceites de oliva sofisticados y salsas envasadas, cristal, una frutería y una floristería que era la primera en exhibir lilas en primavera. Podían preguntar, desde luego, pero sería como el caso de Ranzato: ¿tenían que recorrer la calle arriba y abajo, gritando a la Camorra que saliera del escondite?

Recordó el artículo que había leído meses atrás en una de las revistas de animales de Chiara, acerca de una especie de sapo que fue introducido en Australia, para combatir una plaga de insectos que atacaba las plantaciones de caña de azúcar. Este sapo -¿el sapo de la caña?- no tenía depredadores naturales, por lo que su población había aumentado imparablemente, propagándose hacia el norte y el sur del continente. Su veneno, según se descubrió después de que su número hubiera alcanzado una magnitud incontrolable, era lo bastante potente como para causar la muerte a perros y gatos. El sapo de la caña podía ser acuchillado machacado o atropellado por un coche, y no morir. Al parecer, sólo los cuervos habían descubierto el modo de matarlo, consistente en volverlo panza arriba y devorar sus visceras.

¿Existía mejor símil de la Mafia? Resucitada después de la guerra por los norteamericanos, para controlar la presunta amenaza comunista, había proliferado infestando inconteniblemente el Sur y el Norte, lo mismo que el sapo de la caña. Podías acuchillarla o machacarla, pero volvía a la vida.

– Necesitamos cuervos -dijo Brunetti en voz alta y, al levantar la cabeza, vio a Vianello en la puerta.

– Traigo el informe de la autopsia -dijo el ispettore con su voz normal, como si no hubiera oído a Brunetti. Dio a su jefe un sobre de papel Manila y, antes de que el comisario le hiciera seña alguna, se sentó frente a él.

Brunetti rasgó el sobre y sacó las fotos, sorprendido de que fueran sólo de tamaño postal. Las extendió sobre la mesa y extrajo las hojas de papel, que puso al lado de las fotos. Miró a Vianello, que comentó, refiriéndose al pequeño tamaño de las fotos:

– Medidas económicas, supongo.

Brunetti reunió en un montón las fotos de la escena del crimen, golpeó el borde contra la mesa y fue mirándolas y pasándolas a Vianello una a una. Tamaño postal, sí ¿y qué mejores postales podían representar a la nueva Italia? Imaginó una línea de carteles turísticos y souvenirs creados según un concepto nuevo: la sórdida casucha en la que Provenzano había sido detenido, los complejos hoteleros ilegales construidos en parques nacionales, las prostitutas moldavas de doce años al borde de las carreteras…

Quizá también se pudiera diseñar una baraja. ¿Cadáveres? Reducir el tamaño de una de las fotos de Guarino y podrían empezar un juego con los cadáveres hallados en los últimos años. Cuatro palos: Palermo, Reggio Calabria, Nápoles y Catania. ¿El jóker? ¿Quién podría ser el comodín, el que actúa en caso de necesidad? Pensó en un ministro del Gobierno del que se rumoreaba que los mañosos lo tenían en el bolsillo. Muy apropiado.

Un ligero carraspeo de Vianello puso fin a las tristes elucubraciones de Brunetti. El comisario le pasó otra foto, y después otra. Vianello las asía con interés creciente, hasta casi arrancarle de la mano la última. Cuando miró a su ayudante, Brunetti vio asombro en su cara.

– ¿Son fotos del escenario de un crimen? -preguntó como si precisara de la confirmación de Brunetti para creerlo.

Brunetti asintió.

– ¿Tú estuviste allí? -inquirió Vianello aunque su tono no era de interrogación. Ante una nueva señal de asentimiento de su jefe, el inspector arrojó las fotos sobre la mesa-. Gesú Bambino, ¿quiénes son esos inútiles? -golpeó furiosamente con el índice una de las fotos en las que se veían las punteras de tres pares de zapatos-. ¿De quiénes son esos pies? -inquirió-. ¿Qué hacen tan cerca del cadáver en el momento de la foto? -señaló entonces las improntas de unas rodillas-. ¿Y quién se arrodilló ahí? -revolvió en las fotos hasta encontrar una tomada desde dos metros de distancia, en la que aparecían los dos carabinieri que estaban detrás del cadáver, al parecer, conversando-. Esos dos fuman. ¿De quién serán las colillas que vayan a parar a la bolsa de las pruebas? ¡Por todos los santos! -el ispettore, perdida la paciencia, empujó las fotos hacia Brunetti-. No habrían podido hacerlo mejor si hubieran contaminado el escenario a propósito.

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