La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Brunetti se alegró de que Patta dominara el impulso de golpear la mesa con el puño: ya habría sido demasiado. Era una lástima que Patta no hubiera trabajado en el archivo histórico de algún Estado estalinista, por cómo habría disfrutado retocando fotos, borrando caras antiguas y sustituyéndolas por otras nuevas. O escribiendo y reescribiendo los libros de Historia: este hombre tenía vocación.
– …y Vianello, supongo -Brunetti oyó concluir a Patta y se sustrajo a las delicias de la especulación.
– Desde luego, señor. Si es lo que le parece mejor -dijo el comisario poniéndose en pie, movimiento suscitado por el tono de Patta, no por lo que hubiera dicho, que Brunetti no había oído.
El comisario se quedó esperando la frase final de Patta, que no fue pronunciada, y salió al despacho de la signorina Elettra. Con una voz lo bastante sonora como para que llegara a los oídos de su superior, Brunetti dijo:
– Si dispone de un momento, signorina, tengo unos encargos que hacerle.
– Desde luego, comisario -dijo ella en tono formal, volviendo la cabeza en dirección al despacho de Patta-. He de terminar varias cosas para el vicequestore. Luego subiré.
Capítulo 20
Lo primero que advirtió Brunetti al penetrar en su despacho fue la avalancha de luz que entraba por la ventana. La cúpula de la iglesia relucía, aún con parches de nieve, sobre un cielo bruñido. Ahora que la nieve había disipado la contaminación del aire, podría ver las montañas desde la cocina, si llegaba a casa con luz de día.
Se acercó a la ventana, a contemplar los efectos de la luz en los tejados, mientras esperaba a la signorina Elettra. Ella había despertado el interés de Guarino, y Brunetti se sonrojó al recordar cómo lo había molestado la reacción de la joven. Cada uno había tratado de averiguar cosas acerca del otro, y Brunetti había abortado sus intentos. Apoyó las palmas de las manos en el alféizar y se contempló los dedos, pero eso no mitigó su pesar. Se distrajo pensando en el irónico comentario de Guarino sobre la semejanza de su propia secretaria con la signorina Elettra. También ella tenía un nombre exótico y hasta operístico: ¿Leonora, Norma, Alcina? No; más bien de heroína lánguida y doliente, y de éstas había un montón.
Gilda, eso. Gilda Landi. ¿O era una de esas pistas falsas que suele dejar la gente en las novelas de espías? No; Guarino estaba desprevenido y había hablado impulsivamente de la… ¿cuál era la palabra…, la indomable? No; la formidable signorina Landi. Por lo tanto, una funcionaria civil.
Brunetti oyó entrar a la signorina Elettra y, al volverse, la vio sentarse en una de las sillas de delante de la mesa. Ella miró en dirección a él pero no a él sino a la cúpula y al cielo despejado.
Él se instaló en su sillón y preguntó:
– ¿Qué quería decirme, signorina?
– Es sobre el tal Bárbaro. Antonio. Parece que éste es su verdadero nombre -traía una carpeta, pero no hacía ademán de abrirla. Brunetti asintió-. Pertenece a una rama de la familia Bárbaro de Aspromonte, primo de uno de los jefes.
La noticia hizo que se disparara la imaginación de Brunetti, pero, por más que buscaba conexiones con la muerte de Guarino, había de reconocer que no tenía motivos para interrogar a aquel hombre y, menos, para arrestarlo. Guarino no había explicado a Brunetti el contexto de aquella foto, y ya no podría explicárselo.
– ¿Cómo lo ha averiguado?
– Está fichado, comisario. En los primeros arrestos usaba ese nombre, pero después ha sido arrestado con una serie de alias -miró a Brunetti y añadió-: Lo que no entiendo es por qué usaba su verdadero nombre para ir al Casino.
– Quizá porque allí miran los documentos con más atención que nosotros -apuntó él. Hablaba con ironía, pero cuando terminó la frase comprendió que, probablemente, era verdad.
– ¿Cuáles fueron las causas de los arrestos? -preguntó él.
– Las habituales -respondió ella-. Agresión, extorsión, tráfico de droga, violación… Esto, en las primeras etapas de su carrera -y añadió, para redondear-: Después, asociación con la Camorra y, dos veces, asesinato. Pero ninguno de estos dos casos llegó a juicio.
– ¿Por qué?
– En uno, el testigo principal desapareció y, en el otro, se retractó.
Como todo comentario era superfluo, Brunetti preguntó:
– ¿Dónde está ahora, en prisión?
– Estaba, pero se benefició del indulto, a pesar de que sólo llevaba unos meses en la cárcel.
– ¿Acusado de qué?
– Agresión.
– ¿Cuándo lo soltaron?
– Hace quince meses.
– ¿Alguna idea de dónde ha estado desde entonces?
– En Mestre.
– ¿Y qué hacía?
– Vivía con su tío.
– ¿Y qué hace su tío?
– Entre otras cosas, tiene varias pizzerías, una en Treviso, otra en Mestre y otra aquí, cerca de la estación.
– ¿Entre qué otras cosas?
– Una empresa de transportes, camiones que traen fruta y verdura del Sur.
– ¿Y qué llevan?
– Eso no he podido averiguarlo, comisario.
– Ya. ¿Algo más?
– En el pasado, había alquilado camiones al signor Cataldo -lo dijo con la cara impasible, casi como si nunca hubiera oído este nombre.
– Comprendo -dijo Brunetti, y preguntó-: ¿Qué más?
– Sobre el sobrino, comisario, Antonio. Al parecer, aunque esto es sólo un rumor, mantiene relaciones con la signora Cataldo -su voz no podía ser más neutra o desapasionada.
A veces, la signorina Elettra irritaba a Brunetti hasta lo insoportable, pero, pensando en la forma en que él mismo se había comportado al encontrarse en el fuego cruzado del flirteo entre ella y Guarino, se limitó a decir:
– ¿La primera esposa o la segunda?
– La segunda -hizo una pausa y agregó-: La gente se dio buena prisa en decírmelo.
– ¿En decirle qué exactamente?
– Que la ha llevado a cenar por lo menos una vez, estando fuera el marido.
– Eso puede tener su explicación -dijo Brunetti.
– Desde luego, comisario, especialmente si su marido y el tío de él tienen intereses comerciales comunes.
Él sabía que había más, y sabía que era más comprometedor, pero no quería preguntar.
Cuando se hizo evidente que Brunetti no hablaría, ella dijo:
– También lo vieron salir del apartamento de los Cataldo, mejor dicho, del edificio, a las dos de la mañana.
– ¿Lo vio quién?
– Unos vecinos.
– ¿Cómo sabían ellos quién era?
– Entonces no lo sabían, pero se fijaron en él, como haría cualquiera que se encontrara con un desconocido en la escalera a esas horas. Semanas después, la vieron en un restaurante cenando con ese hombre y, cuando se acercaron a saludarla, ella tuvo que presentárselo. Antonio Bárbaro.
– ¿Y cómo ha conseguido usted enterarse de todo eso? -preguntó Brunetti con falso desenfado.
– Cuando preguntaba por Cataldo, me contaban esto, para redondear la información. Ocurrió dos veces.
– ¿Por qué está tan ansiosa la gente de murmurar sobre ella? -preguntó Brunetti con voz neutra, a fin de permitirle considerarse o no incluida en la categoría de «gente».
Ella desvió la mirada hacia la ventana antes de contestar.
– Probablemente, no es por ella en concreto, comisario. Es ese tópico del hombre mayor que se casa con una mujer joven: según la sabiduría popular, es sólo cuestión de tiempo que ella le engañe. Además, a la gente le gusta murmurar, sobre todo de alguien que se mantiene distante.