El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
Las enormes máquinas de asalto de los abelaat lanzaban piedras negras sobre los muros del castillo. Sir Graybow ordenaba a los zapadores que continuasen reparando los desperfectos mientras desenvainaba su espada, una hermosa reliquia de oro. Brillaba en el aire al agitarla sobre su cabeza para inspirar a los soldados del Castillo de Penhaligon a repeler a los invasores.
El apestoso olor del abelaat más cercano despertó a Jo de su visión. Apretó los dientes para contener su ansiedad, forzándose a mantener sus pensamientos en los prisioneros del corral.
Su dedo dejó de sangrar. Oyó que Malken emitía un suspiro por primera vez desde que se habían refugiado en aquel escondrijo, aunque no acertó a saber si estaba provocado por el miedo o por una sensación de alivio. Alzó su puño para que Jo lo viese, señaló hacia el suelo con dos dedos y, tras hacer un movimiento como si cortase algo, volvió a cerrar el puño. Jo no acertaba a comprender el mensaje. El hombre de Darokin repitió el gesto, y al acabar señaló hacia los dos abelaat que estaban más próximos.
Jo asintió cautelosa. Iba a atacar a los abelaat, pero sólo en caso de que se aproximaran lo suficiente como para poder hacerlo sin tener que salir de su escondrijo. Aferrando su espada con ambas manos, Jo apoyó la hoja sobre el hombro derecho y la empuñadura en la cadera.
Buscó un resquicio para maniobrar en caso de que fallase el plan de Malken.
Los abelaat se acercaron a la puerta que los ocultaba. Jo aguantaba la respiración sin poder ver nada más que los halos negros de las criaturas a través de las rendijas de la madera, y sin oír otra cosa que el silbido del viento y el latido de su propio corazón. Sentía la piel helada, aunque no era debido a un cambio de temperatura; era la misma sensación de vacío que había tenido entre los mundos cuando usaba su cola de perro.
Las criaturas continuaron rodeando el edificio, y al cabo todos los abelaat estaban en su formación original en el medio del cruce.
Malkten bajó el puño y, abriendo la mano, movió los labios en silencio.
—Espera –articuló.
Jo intentó aspirar hondo, pero no encontraba aire. Presa del pánico, trató de incorporarse, pero Malken le empujó la cabeza hacia abajo con una mano. Luego le inclinó la cabeza hacia atrás, y Jo sintió que otra vez le llegaba aire a los pulmones. Se esforzó por no jadear.
Cuando intentó aspirar de nuevo, no lo logró hasta que Malken le empujó la cabeza hacia adelante. Imaginó que aquel aire era fruto de un truco de Hastur. Mientras continuara moviendo la cabeza, encontraría aire.
El viento aminoró poco a poco hasta desaparecer. Al intentar tomar otra bocanada de aire, Jo tuvo la sensación de que se había congelado.
Malken le soltó la cabeza y sacó tres cuchillos más de su cinturón.
Sosteniéndolos con la mano izquierda, cogió uno con la derecha, lo hizo describir un giro en el aire para agarrarlo por la punta y, con un rápido movimiento de la muñeca, lo lanzó. Mientras Jo parpadeaba, el hombre arrojó otras dos dagas.
Cuatro abelaat entraron, rompiendo violentamente la pared. Jo fue despedida hacia el interior del edificio destruido. Se levantó del suelo polvoriento a tiempo para contrarrestar la carga de un abelaat. La alabarda de la criatura le desgarró la túnica azulada y, arrancándole la hombrera de protección, se clavó en la armadura de elfo. El halo de la criatura serpenteó a lo largo de la prolongación del brazo en forma de lanza y golpeó el cuerpo de Jo, y la parte que la oscuridad había tocado se heló.
La muchacha incrustó a Paz en el pecho de su oponente, y éste se redujo a polvo antes de que la guarnición de la espada tocase su halo. Paz siguió su trayectoria, pero el siguiente abelaat que se precipitó hacia ella desvió la espada con su alabarda y aprisionó la empuñadura de Paz contra su mango. Jo empujó hacia adelante para hacer retroceder a la criatura. Aprisionada por el arma del abelaat, notó que le faltaba el aire. Perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás sin soltar a Paz.
La punta de la alabarda cayó al suelo y levantó una nube de polvo y cenizas. Ante la imperiosa necesidad de buscar aire renovado para luchar, giró sobre sí misma en el preciso momento en que la criatura, utilizando el mango roto de su alabarda como una espada, descargaba un golpe. El arma se enganchó en el rojizo pelo de la muchacha y le arrancó unos cabellos. Jo se puso en pie y estaba a punto de arremeter salvajemente con su espada, cuando otro abelaat la golpeó en el estómago.
La punta de la alabarda no penetró en su armadura de elfo, pero el impacto la dejó aturdida y la espada se le cayó al suelo.
Una lluvia de cuchillos cayó sobre el abelaat. Dos se clavaron en sus ojos, y otros dos en el pecho; uno en la nariz y dos más en los hombros. Jo pestañeó para despejar la cabeza y buscó a Paz entre la negra ceniza.
El abelaat se transformó en polvo, y los cuchillos repiquetearon con un sonido metálico al caer sobre la armadura de Jo. Su mano palpó al fin la empuñadura de la espada y, apoyando el peso del cuerpo sobre los codos, se incorporó e intentó despejarse.
Sin haber recuperado del todo la visión, percibió una figura oscura delante de sí. Poniéndose en pie de un salto, clavó la punta de la espada en el vientre del abelaat y empujó con fuerza y rabia. Paz atravesó la armadura de la criatura y se clavó en su pecho. Al tocar el halo oscuro que le rodeaba el cuerpo, Jo sintió un agudo dolor frío. La criatura se desintegró ante ella, y el halo desapareció.
La joven se giró en busca de su compañero. Apoyado contra una columna carbonizada, Malken se agarraba un enorme corte en su costado. Jo corrió hacia él, sin dejar de inspeccionar la zona por si aparecían más abelaat, y, apoyando su espada en la columna, se puso de rodillas para examinar la herida del caballero.
—Ya puedes hablar –murmuró el hombre apretando los dientes, con un tono de voz que ya no expresaba adoración por la muchacha.
La herida era profunda, pero no mortal. Jo se palpó las vestiduras preguntándose si llevaba algo para cosérsela, pero todos sus artilugios estaban en la montura de las fuerzas de Penhaligon.
—¿Tienes algo que pueda usar para coser? –le preguntó, apartándole con suavidad la mano de encima de la herida–. Creo que puedo…
—¿Dónde diablos estabas? –siseó Malken–. ¡Se suponía que tú ibas a salvarnos! ¡Que ibas a salvar el mundo!
Jo se incorporó, presa de la confusión y el resentimiento.
—¿Qué quieres decir?
Los labios de Malken se curvaron hacia abajo dibujando una mueca de burla.
—Hastur dijo que tú y tu espada salvaríais el mundo…
—¿Qué pensabas que era? –replicó Jo manteniendo su voz baja–. Un héroe que aparecería de la nada y…
—¡Eso era exactamente lo que me esperaba, pero lo que me encontré es una niña con mucha suerte!
—Bueno… –comenzó Jo, que, entendiendo el punto de vista de Malken, no sabía qué decir–, nunca dije que fuese como Flinn el Poderoso –dijo, acercándose para examinarle de nuevo la herida–, pero tienes suerte de que esté aquí ahora.
—¿Y eso por qué?
—Porque tú nunca podrías hacer lo que yo voy a hacerte ahora –le contestó, haciendo un jirón con la impecable túnica negra del hombre–. ¿Tienes algún licor?
Cerrando los ojos, Malken asintió y buscó con la mano derecha en el interior de su túnica. Sacó un pequeño frasco de plata que Jo desenroscó; apartó la cara ante el fuerte olor a alcohol que desprendía. Vertió un poco sobre el paño y comenzó a limpiarle la herida. Sin abrir los ojos, Malken apretó los dientes para soportar el dolor.
—¿Dónde está el resto de los abelaat? –preguntó Jo, limpiando el borde de la herida.
—Hastur los… mató –masculló Malken entre dientes–; o los echó, o lo que fuera…