El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
—¿Qué le hizo al aire?
—No le hizo nada al aire, sino al… ¿Cómo quieres que lo sepa?
Consiguió que pudiésemos matar a esas criaturas con armas mundanas –respondió el hombre de negro.
La respiración de Malken era rápida y agitada mientras Jo continuaba limpiando el corte con rapidez. No tenía práctica como cirujano pero había adquirido algunas nociones sobre cómo se curaban las heridas, viajando con un médico entre Specularum y otra ciudad que no podía recordar.
—Busca a Tesseria –pidió Malken.
Jo alzó la mirada para comprobar que el peligro no acechaba a su alrededor.
—¿Qué?
—Busca a Tesseria y envíamela. Ella puede… arreglarlo –le contestó Malken, tragando saliva con dificultad.
—Ya estoy aquí, Malken –dijo la guerrera elfa, cruzando el vano de la puerta. Llevaba un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido que relucía con un brillo nacarado–. No nos queda mucho.
—La próxima vez vas tú delante –replicó el hombre de Darokin, apartando a Jo de un empujón y volviendo a poner la mano sobre su herida. La muchacha observó que estaba muy pálido por la pérdida de sangre, y se extrañó de que no hubiera perdido el conocimiento.
Tesseria le entregó el tarro a Malken, quien lo agarró con una mano temblorosa.
—Hemos acabado con el resto de los abelaat y liberado a los habitantes de la aldea –anunció Tesseria.
—¿Cuántos abelaat quedaban cuando aquellos doce merodeaban por aquí? –inquirió Jo.
Malken se llevó el frasco a la boca y bebió con avidez, conteniendo la respiración. La sangre dejó de brotar al instante y, al dar otro trago, la herida se cerró poco a poco ante los atónitos ojos dejo. Le devolvió el tarro a Tesseria después de sorber un poco más.
—No le des más vueltas, escudero –le espetó Malken–. No eras más que un cebo para despistar a la mayoría de los abelaat. Tal y como has adivinado.
—¡Malken! –lo amonestó la elfa.
—¿Qué? –gruñó el hombre, avanzando con dificultad hacia la mujer–. ¿Qué más da? Se suponía que era un gran héroe y no es más que una farsa.
—No seas grosero. Ya sabíamos…
—No me importa lo que ya sabíamos. –Con estas palabras y, sin aguardar una respuesta por parte de Jo, se agachó, recuperó sus cuchillos del suelo polvoriento y abandonó el edificio.
—Creo que es mejor que me vaya –murmuró Jo descorazonada.
Apoyando a Paz en su hombro, pensó en cuál sería la ruta más rápida para llegar a Armstead.
—No tienes que hacerlo, Johauna –trató de convencerla Tesseria.
Su hermoso rostro mostraba una expresión de franqueza que Jo nunca había visto–. Si te quedas con nosotros hasta que esa gente esté a salvo, te aseguro que te ayudaremos en lo posible.
Jo tenía sus dudas.
—No creo que Malken esté de acuerdo contigo.
—Malken no es quien manda en este grupo –declaró la elfa con contundencia, enarcando las cejas.
—No estoy tan segura de eso.
Tesseria asintió, frunciendo los labios.
—Muy bien –dijo, colocando el frasco de cristal bajo su armadura–, al menos despidámonos como amigos para poder…
—¡Tesseria! –gritó Bolten desde el corral.
La elfa salió del edificio seguida de Jo. Bolten aparecio por entre dos de los edificios que aún estaban en pie en la avenida. Estaba fuera de sí.
—¿Qué sucede, Bolten? –le preguntó Tesseria.
Jo sintió cómo cambiaba el viento y miró a su alrededor.
—Los exploradores dicen que vuelven los abelaat –respondió Bolten.
Jo agitaba su rojiza espada plateada para dirigir a la gente, que salía a trompicones del corral y escapaba hacia las colinas que se alzaban al norte y al oeste de la aldea.
El grupo de aventureros se esforzaba por dirigir a los habitantes, que huían en una desordenada masa humana, a fin de evitar que se apelotonasen y frenasen la marcha de los demás. Bolten y Firamen permanecían a ambos lados de las puertas del corral, que habían sido destrozadas por el ímpetu de los prisioneros.
A pesar de la desesperación de la gente, Jo pudo ver un atisbo de esperanza en sus ojos. No tenían la mirada perdida y las caras de resignación que había notado al verlos por primera vez desde la colina. La esperanza renacida les había devuelto la vitalidad y la fuerza necesarias para huir a toda prisa antes de que regresasen las fuerzas enemigas.
El tabardo de Jo se agitaba al viento, fuertemente ceñido a su cintura. La tela de color añil apenas había sufrido mancha o descosido alguno, a pesar de las múltiples aventuras en que se había visto envuelta. Frotó la tela entre los dedos y el tacto se le antojó extrañamente ordinario.
Un pequeño grupo se separó del resto y se encaminó hacia la llanura. Jo hizo una seña a Firamen y se lanzó en su persecución.
—¿Adónde os dirigís? –los increpó al alcanzarlos. Todos eran miembros de una misma familia. El mayor, un fornido hombre de pelo negro azabache y barba, les hizo señas para que siguieran cuando los demás se detuvieron dubitativos.
—Volvemos al viejo país –le dijo a Jo, girándose hacia ella.
Jo no reconoció el extraño acento del hombre.
—¿Dónde está eso? –le preguntó.
El hombre señaló vagamente en dirección sur.
—Tenemos allí a nuestra familia. Llevaos a los demás a donde queráis, pero nosotros nos vamos a casa.
Las palabras de aquel hombre la impresionaron. Él sabía que los abelaat regresarían por el sur. Sin embargo, tal vez estaba eligiendo el camino de retirada con más acierto que el que habían propuesto Tesseria y los otros.
—¿Deberíamos dirigirnos todos hacia allí? –inquirió la joven, con voz tranquila.
—Da igual –respondió el hombre y, sin agregar nada más, se volvió y caminó hacia donde lo esperaba su familia. La mujer llevaba un recién nacido en brazos. Se pusieron en marcha con la misma triste celeridad que habían mostrado sus padres cuando aquel barco partía en silencio para trasladarla a Specularum. Se preguntó si sus padres seguirían vivos y serían felices.
Firamen llegó corriendo a su lado y observó a la familia que se alejaba.
—¿Qué te dijo?
Jo se encogió de hombros.
—Nada. Nada importante.
El guardabosques se colgó su carcaj a la espalda y extrajo un mapa del interior de su túnica –el mismo que le había mostrado Bolten hacía unas horas–. El lugar donde ella se había encontrado con los aventureros estaba marcado con un círculo negro, del que salía una línea que atravesaba el mapa hasta la puerta de Hastur. Jo calculó que, según el mapa, estaban a tres días de Penhaligon a marchas forzadas, siempre y cuando no les fallasen las provisiones. Si se llevaban consigo a aquel grupo de desgraciados habitantes tardarían mucho más.
Jo le indicó en el mapa la ruta que debían seguir.
—Debemos llevarlos en esta dirección. Hay un riachuelo que les proporcionará agua fresca y un bosque cercano en el que algunos podrán cazar. –Jo dobló el mapa y se lo entregó a Firamen, quien, con un gesto negativo, le indicó que lo conservase. La joven se ajustó el pergamino al cinturón que mantenía el tabardo ceñido a su cuerpo.
»¿Dónde está Tesseria? –inquirió, retrocediendo para comprobar que la columna humana proseguía su marcha.
—Supongo que con Hastur –repuso el guardabosques–. Parece que se ha debilitado después de destruir a esos seres.
Firamen le dirigió una sonrisa acompañada de una mirada de adoración, parecida a la que había percibido en los ojos del escudero del Castillo de los Tres Soles. Antes de que pudiese decirle nada, el hombre se volvió y se alejó.
Jo alzó la mirada por encima de la multitud intentando localizar a la guerrera elfa. A pesar de ser más alta que la mayoría, no podía ver por encima de las cabezas de todo aquel gentío. Quería preguntarle dónde iban a albergar a tantísima gente. La Torre de la Carretera del Duque o el Castillo de los Tres Soles parecían la única alternativa.