El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
Intentó avanzar, pero sus pies colgaban en la nada. De lo más profundo de su mente surgía una incipiente sensación de pánico al pensar que podía estar ahogándose bajo el agua, aunque no sentía presión en los costados. Abrió la boca con cautela para probar el aire.
Lo único que oía era un sonido que no era capaz de describir. Se dijo que sonaba como si alguien gritase muy lentamente al otro lado de un grueso muro. Intentó encontrar el origen de aquel sonido, pero la oscuridad le embotaba los sentidos.
El extraño sonido se hizo más intenso, más perceptible. De repente tuvo una sensación de movimiento. Llevándose las rodillas al pecho, intentó saltar en la oscuridad como solía hacer bajo el agua cuando nadaba en la bahía de Specularum.
Jo sintió el pánico repentino de haber sido traicionada y estar atrapada en una dimensión desconocida entre los mundos –como le había prevenido su padre que le pasaría si usaba la cola de perro con demasiada frecuencia–. Empuñó con rabia la vaina de Paz, buscando la empuñadura con los dedos y descargó una estocada hacia arriba sin saber qué podía golpear.
—¡Ensancha el portal! –Tesseria la señalaba directamente.
De repente Jo divisó un extraño lugar, un océano de olores y texturas, sin sonidos. Ahora se hallaba a un par de metros del disco del portal, la única fuente de luz en aquella oscuridad.
—La espada no permite que mi magia funcione –replicó el hechicero. A pesar de la recomendación hecha por la elfa, Jo observó al mago. Su capa púrpura y roja ya no latía: se había transformado en su propia piel. Las manos y cabeza del mago acababan en tres tentáculos, y sus ojos parecían haber sido esculpidos de la más fría piedra amarilla. Nunca había visto ni oído hablar de semejante criatura, y su horrible apariencia la confirmó en la idea de que había sido hecha prisionera entre los mundos. Con la furia que le proporcionaba la sensación de haber sido traicionada, lanzó una nueva estocada.
El hechicero abrió los brazos por encima de la cabeza y extendió sus extraños dedos. De improviso, Jo sintió náuseas y se vio expelida hacia el exterior del portal. Intentó vencer la resistencia de aquel empuje, pero no podía apoyarse en nada.
El portal se desvaneció, y la joven tuvo la sensación de avanzar una enorme distancia. Antes de poder reaccionar, se desplomó sobre el suelo.
—¿Qué ha sucedido? –preguntó Malken, atento, alargando una mano hacia Jo.
La muchacha alzó la vista hacia quienes la rodeaban; los hermanos la miraban preocupados, y Malken le dedicaba su mejor sonrisa –de idiota–. Respirando profundamente por la nariz para recuperar el aliento, aceptó finalmente la mano que se le tendía.
Volviéndose, vio a Tesseria salir del portal resplandeciente, seguida de cerca por el hechicero, que llevaba otra vez sus vestimentas originales.
—Lo sentimos de veras, Johauna –se disculpó la guerrera elfa–. No éramos plenamente conscientes de los verdaderos poderes de tu espada.
—¿Quieres decir que su espada desbarató incluso los… trucos del propio Hastur? –se asombró Malken–. ¡Qué fantástico!
Jo asintió con una mueca, apoyando a Paz sobre su hombro.
—¿Ya se han marchado los abelaat a la otra ciudad? –inquirió, sin hacer caso de la mirada de admiración que le dedicaba el hombre de Darokin.
—La otra aldea acaba de enviar un hombre para atraer a los abelaat –corroboró Bolten.
—Entonces, no hay tiempo que perder –declaró Jo–. Internémonos por la avenida y acabemos con los abelaat que quedan.
Tesseria desenvainó su espada, que lucía una fina ornamentación, y dijo:
—Los que no luchen que liberen a los prisioneros.
Jo asintió. Empuñando a Paz con ambas manos, descendió cuidadosamente la colina hacia la ciudad, siguiendo las huellas que, en su anterior incursión, había dejado sobre la tierra.
15
Al llegar al borde de la avenida, el viento cambió de dirección y pudo percibir el hedor de las especias picantes de los abelaat.
Comprobó que las criaturas no estaban en su radio inmediato y se adentró por entre los edificios. El primer cruce de calles se encontraba a unos cinco metros. Tan sólo se mantenían en pie dos de los cuatro edificios de sus esquinas. Redujo el paso hasta detenerse y alzó la cabeza para escuchar con atención por encima del soplo del viento.
La cabeza de Malken se asomó del edificio que Jo tenía a su derecha. En un acto reflejo, la joven descargó un mandoble con su espada, que alcanzó a detener en el último momento.
—¿Estás loco? –le reprochó con voz silbante. El hombre de Darokin se llevó un dedo a la boca en un gesto de silencio y giró los ojos hacia un costado.
Jo mantuvo una relativa calma y prestó atención de nuevo. El viento volvió a cambiar, y ella advirtió la cercana presencia de varios abelaat.
—Hastur me asegura que podré matarlos con mis cuchillos –le susurró Malken al oído, acercando tanto sus labios que Jo echó la cabeza hacia atrás para evitar el roce–. Dice que hará algo para ayudarnos.
La joven le dirigió una confusa mirada.
—¿Como qué? –le preguntó.
Malken le contestó con un encogimiento de hombros.
De repente, el olor picante inundó los sentidos de Jo, lo que hizo que buscase un sitio donde esconderse. Malken la agarró de un brazo y la introdujo en su pequeña guarida, que era apenas del tamaño de un armario, abierto hacia el muro exterior del edificio.
No se veía nada desde donde estaban, pero el intenso olor y el viento cambiante eran signos inequívocos de que los abelaat se encontraban muy cerca.
El viento amainó. Jo intentó levantarse, pero Malken la obligó a agachar la cabeza por debajo del borde del muro. Enfadada, apartó la mano que la retenía y comenzó a incorporarse, pero Malken le puso una daga en el cuello.
Jo miró la daga y, apretando los puños, trató de serenarse. La ira había hecho desaparecer todo rastro de miedo de su corazón. Fuera cual fuese la razón por la que Malken la retenía, la ventaja estaba de su parte. No podía usar a Paz para defenderse en un espacio tan reducido. Estaba indefensa.
El viento cambió de nuevo, y las vigas del edificio comenzaron a tambalearse y crujir. Olvidando el puñal por un momento, Jo miró hacia lo alto, preguntándose si el edificio podría derrumbarse. Malken ponía toda su atención en los abelaat de la calle. En sus penetrantes ojos negros se reflejaba la concentración, mientras movía los labios en silencio contando el número de abelaat.
Jo olvidó su sentido de la disciplina y, apartándose la daga con un dedo, buscó un agujero por el que espiar lo que Malken estaba observando. Encontró una grieta entre dos tablas.
Había doce abelaat en el cruce, y sus negros halos se mezclaban en un remolino de oscuridad. Estaban en grupos de cuatro, mirando hacia el centro.
Oyó que algo goteaba cerca de su bota. Alarmada, comprobó que la daga de Malken le había producido un corte en el dedo al apartarla.
Como uno solo, los abelaat giraron la cabeza y comenzaron a olisquear el aire. A Jo se le heló el corazón, e intentó evitar la profusión de sangre chupando la herida. Malken no se movía; incluso la daga permanecía en el mismo punto donde la había empujado Jo.
Dos de los abelaat del grupo más cercano al edificio dejaron la formación. Se movían lentamente, pero no daban muestras de precaución; olisqueaban el aire como perros rabiosos tras la pista de una liebre. Jo apretó a Paz contra el pecho.
Se le nubló la vista.