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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Estaba segura de que sir Graybow les daría alojamiento y comida.

Al recordar al alcaide, Jo se preguntó si se encontraría mejor o seguiría perdiendo peso. Dirigiendo la mirada hacia Firamen, se dio cuenta de las ganas que tenía de que sus nuevos amigos conociesen a los que ya tenía, incluso a Braddoc. Sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos y, poniéndose de puntillas, volvió a escudriñar por encima de la multitud.

—¿Adónde vamos? –le preguntó un niño a su padre. El hombre se volvió hacia ella y la interrogó con la mirada.

—A un lugar seguro –respondió Jo, internándose unos pasos entre la gente. Levantó a Paz por encima de su cabeza para no herir a nadie. Los ojos del muchacho se agrandaron desmesuradamente al contemplar la magnífica espada de plata rojiza.

—He oído hablar de esa espada –murmuró, alzándose para acariciar la hoja–. Se llama Paz.

Jo esbozó una tierna sonrisa y permitió que el niño examinase la espada de cerca. El muchacho alargó la mano a las inscripciones rúnicas grabadas en la parte plana de la espada, pero la apartó antes de tocarlas y esbozó una sonrisa.

—Gracias –le dijo a Jo, apresurándose para no perder el ritmo de los demás. El padre murmuró también su agradecimiento.

La joven mantuvo la sonrisa en los labios hasta perder de vista al niño. Cuando divisó a Tesseria, el gesto de seriedad y preocupación volvió a tensarle las facciones, y se dirigió hacia ella. La guerrera elfa estaba ocupada dirigiendo la marcha de las gentes a la vez que vigilaba las colinas por si aparecía el enemigo.

—Johauna –la llamó, y su voz clara se alzó por encima del sordo rumor de la multitud. Se arrodilló para ayudar a una niña que quería recoger una muñeca de trapo, y volvió a levantarse acto seguido–. ¿Qué sucede?

—Quería decirte lo… feliz que me siento de haberme encontrado con vosotros –respondió Jo, acercándose para que la escuchara con más facilidad.

La elfa le sonrió y apoyó las manos sobre los hombros de la muchacha.

—Diulanna te protege –afirmó. Señaló a espaldas de Jo y añadió–: Hastur quiere hablarte.

Las palabras de la elfa la confundieron, pero se dirigió hacia donde le había señalado. El mago se mantenía a cierta distancia de la multitud, las mangas de su túnica se enfundaban una dentro de la otra.

Jo se preguntaba qué tendría que decirle.

—Tesseria me dijo que deseabas hablar conmigo –dijo Jo. Intentó vislumbrar su rostro a través de sus vestiduras, pero no conseguía penetrar aquella inquietante oscuridad que lo aislaba.

—He tenido una visión de lo que va a suceder en unos pocos minutos, Johauna Menhir –replicó el mago–. Antes de que eso ocurra, hay cosas que me gustaría que supieses.

Jo se salió de la línea de gente, preguntándose si se lo podía permitir. Hastur interrumpió sus pensamientos para decir:

—Has visto mi verdadera forma a la luz del día, y sabes que no soy de vuestra raza ni de ninguna que hayas visto jamás. Como la mujer elfa dijo, hay muchos que acuden en auxilio del mundo. Mis gentes te lo agradecen.

Antes de que pudiese responder, el mago se le acercó; el aroma de sus aceites ocultó el olor picante de los abelaat que se acercaban.

—Todos moriremos. Pero tú serás la única superviviente.

Parpadeó confusa, con el corazón presa del terror y la rabia. Miró hacia la mujer elfa de mirada cálida.

—Tenemos que decírselo a Tesseria; tenemos que decírselo a los otros –protestó.

—Lo saben –susurró el mago.

Jo se volvió y corrió hacia Tesseria. El aire comenzó a formar remolinos, y se alzaron unos gritos de la multitud. La línea de las fuerzas abelaat se perfiló en el borde de la colina.

Las gentes de la aldea fueron presa del pánico y perdieron el control que mantenía la banda de aventureros. Jo intentó reagruparlos, alzando su espada al aire al tiempo que gritaba, pero su voz y el resplandor de su arma se perdieron entre los gritos incontrolados y el fragor de la huida de aquella multitud. Bolten y Firamen intentaban en vano detenerlos, pero los habitantes se desbordaron como las aguas de un río en dirección opuesta a la de los abelaat que se aproximaban.

Las despiadadas criaturas cruzaron la llanura y demolieron los pocos edificios que aún quedaban en pie con las espadas y lanzas que emergían de sus extremidades. Pronto se lanzaron en pos de la multitud dispersa.

Jo intentaba hacerse oír en medio de aquel griterío mientras se dirigía a la lucha blandiendo su centelleante espada y abriéndose paso con su mano libre entre la incontenible marea humana. Cuanto más aumentaba el griterío, más rápido avanzaban los abelaat. Los halos negros de las criaturas absorbían la luz y el calor del aire, y sus pies pisoteaban los cadáveres que comenzaban a motear el suelo.

Avanzando a duras penas, Jo se preguntaba cómo se las habían arreglado Hastur y Tesseria para convencer a aquella gente de que podrían sobrevivir. Un grupo de aterrorizados niños la arrolló y la hizo dar con los huesos en el suelo, y en ese preciso instante supo la respuesta a su pregunta. Incluso en aquellos pequeños y asustados rostros había una luz que no había visto hasta entonces: la luz que les faltaba cuando estaban encerrados aguardando ser asesinados.

La luz de la esperanza.

16

Graybow se asomó por la ventana de la sala de espera que la baronesa tenía en la torre alta del castillo. Llevaba puesta su armadura forrada en cuero sobre los ropajes que había zurcido al volver de las propiedades de Melios. Sabia descansaba en una vaina de oro apoyada contra la pared.

La gran convocatoria de fuerzas había sido secundada por todos los castillos, y los ejércitos estaban a una semana de distancia del Castillo de los Tres Soles. Algunas unidades mantenían sus posiciones fuera del propio castillo y se dispersaban a lo largo de la amplia carretera que conducía a sus puertas. Graybow había enviado a sus más apreciados caballeros al campo de batalla para que sirviesen de unión entre las tropas. Emitió un profundo suspiro de desesperación; la mayoría de los jefes tenían más interés en conseguir la gloria personal y los botines de guerra que en colaborar activamente con otras fuerzas.

La puerta que daba al pasillo se abrió para dejar paso al mago más anciano del castillo. Graybow lo inspeccionó con desdén y volvió su mirada hacia los movimientos de las tropas.

—¿De qué tenéis que informarme, Aranth? –inquirió el alcaide secamente.

—De nada, mi señor –respondió el mago. Sus largas vestiduras levantaban el polvo del suelo a cada paso que daba.

Graybow esperaba aquella respuesta. Desde que Teryl Uro había llegado al castillo, todos los magos se mostraban incompetentes o resultaban ser unos renegados. Ya se habían tomado las represalias oportunas con los renegados, y el alcaide tenía ahora que ocuparse de los demás.

—¿Hay alguna manera de propagar con mayor velocidad la voz de la convocatoria de armas? –le preguntó.

Aranth agachó la cabeza y se frotó las manos con nerviosismo.

—¿Cómo sugerís que lo hagamos, mi señor?

Graybow lanzó una maldición. Pensó que sería una buena idea pedirles a algunos de los terratenientes que se hiciesen cargo de sus hechiceros.

—De la forma que siempre nos hemos comunicado a largas distancias. Magia de comunicación. La magia viaja…

—Nada de eso funciona desde que se abrió el abatón, mi señor –lo interrumpió el mago y, como si se dirigiese a un niño olvidadizo, añadió–: Como podéis ver, el castillo sigue iluminado por las antorchas y nuestros…

—Aranth –lo cortó el alcaide–, si tuvierais una pizca de habilidad, os escucharía. –Graybow se asomó a la ventana e inspeccionó las tropas de Ludwig von Hendriks, el Águila Negra, formadas en el patio. Un mago vestido de negro apareció de repente entre sus filas, emitiendo relámpagos con un truco de magia–. Aranth, dejadme. Volved a vuestro estudio o a lo que estuvieseis haciendo. –Graybow no se dignó alzar la mirada.

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