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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—Mi señor, no acierto a comprender por qué…

—¡Fuera!

Aranth alzó los ojos y movió la cabeza en un gesto de reprobación. Se marchó sin volver a abrir la boca, lo cual Graybow le agradeció profundamente. Los hechiceros de la corte no podían ser simples magos; tenían que ser expertos tanto en su arte como en sus funciones cortesanas. Tenían el deber de entender el funcionamiento del castillo para asegurar su protección, al igual que el alcaide.

—¿Algún problema, alcaide? –inquirió la baronesa al entrar en la estancia.

Graybow se alisó su largo pelo gris.

—Llevo años esperando que la corte de Karameikos nos envíe un equipo de magos decente, mi señora. Parece que mi espera es en vano.

—No parece que haya mucho que hacer con la magia por ahora, alcaide –respondió la baronesa–. Vuestra espera ya no es necesaria.

—No, mi señora. Todavía parece que…

Graybow se volvió hacia la baronesa, y no pudo acabar su frase.

La dama se había engalanado con la túnica de familia que cubría una armadura de fina talla. El metal había sido teñido en un tono azulado que le recordó a un lago de los elfos que había visto en una ocasión.

Las placas estaban ribeteadas de plata y sujetas entre sí por unos cierres en forma de cabeza de león. Las hombreras se prolongaban hasta un palmo de la pieza del cuello, lo que aumentaba la sensación de firmeza que, ya de por sí, emanaba de la mujer. Para el alcaide fue como una visión, una inspiración.

—¿Qué sucede, alcaide?

Graybow parpadeó, turbado y a la vez enfadado consigo mismo por haberse vuelto.

—Disculpad mi torpeza, señoría. Nunca os había visto tan… radiante.

—Esperemos que los demás piensen lo mismo –contestó la baronesa–. Pero os agradezco el cumplido, alcaide.

—Nunca había tenido la ocasión de ver esa armadura. ¿Fue obra del maestro armero de vuestro padre? –preguntó Graybow.

La baronesa revisó las hebillas que unían las hombreras con el cuello de su armadura.

—No sé quién forjó esta armadura. Ni siquiera sé si tiene alguna protección mágica –repuso.

—Siempre podéis requerir que vuestros hechiceros invoquen algún conjuro.

—Yo, como vos, prefiero apelar a la sabiduría de los magos de cualquier otro castillo –replicó la baronesa, acariciando la laca que cubría el antebrazo izquierdo de su armadura. Movió la cabeza en un gesto de irritación y se sentó en un amplio diván enfrente de Graybow–. No acierto a comprender por qué Stefan Karameikos nos manda lo peor de sus escuelas de magia. Tenemos suerte de no confiar a esos inútiles nada más que una pequeña parte de los detalles del castillo. Menos mal que podemos pasar sin la iluminación encantada.

Graybow sacó su diario del bolsillo y, abriéndolo en una de las primeras páginas, comenzó a hojearlo, preso de una cierta agitación.

—Hay un encantamiento especial del que no podemos prescindir, baronesa –dijo.

La baronesa frunció los labios y observó por la ventana a las tropas que se organizaban. Graybow esperaba la reacción de la mujer, cuyo rostro se iba cubriendo gradualmente de una expresión de desencanto.

—Ya sabéis, Graybow, que no siento veneración por la brujería –acabó por comentar–. Creo que ha causado en este mundo más daño que provecho.

—Especialmente en estos momentos, mi señora.

La baronesa suspiró ruidosamente y dirigió la mirada hacia los pulcros estantes donde se alineaban sus libros, cuidadosamente ordenados.

—Aceptaría de buen grado cualquier otra forma de repeler esta agresión.

—«Que en tiempos de necesidad se invoque a los Tres Soles para que protejan a Penhaligon y a sus gentes» –citó Graybow con solemnidad, leyendo de su diario–. «Que la dinastía de Penhaligon pueda usar este bien con prevención y sabiduría. A ti, hija mía, te concedo este poder, deseando que nunca tengáis que hacer uso de él.» –Graybow cerró su diario y añadió–: ¿Recordáis estas palabras de vuestro padre, pronunciadas para vos en su lecho de muerte?.

—Sí…, tienen el tono de mi padre –confirmó la baronesa. Se puso en pie y, dirigiéndose a la ventana, coronada por un arco, se apoyó contra el mármol blanco–. Deberíais confiar en que con esa cantidad de tropas seremos capaces de repeler a los invasores.

—Si lo creyese, mi señora, ya lo habría dicho –repuso Graybow.

Apreció un cambio en la expresión de la baronesa, que pasó de su habitual hieratismo a un evidente estado reflexivo–. Si habéis detectado algún error u omisión en mis conclusiones, os estaría agradecido de que me hicieseis los honores de compartirlos conmigo.

La baronesa lo examinó con el rabillo del ojo, y le dedicó un esbozo de sonrisa.

—No hay necesidad de exagerar las formalidades, Lile. Sois mi alcaide y amigo, y, como siempre, vuestras conclusiones son las más acertadas.

Graybow no recordaba ninguna muestra de amistad explícita por parte de la dama, lo que le hizo sentir una extraña incomodidad mezclada con una sensación de orgullo. También aquel cumplido lo devolvía a la gravedad de la situación, como cuando los compañeros se separan por última vez.

—No creo que el propio Stefan Karameikos haga acto de presencia en esta batalla –dijo la baronesa, apartándose de la ventana para mirarlo a los ojos–. Tengo entendido que los nobles de Specularum están preocupados por sus posesiones y exigen que la guardia real se quede para protegerlos.

—No necesitamos a la guardia real, mi señora –contestó el alcaide mirando por la ventana–. Necesitamos un ejército con una sólida caballería y una infantería pesada. La guardia está preparada solamente para actividades menos… fatigosas.

La baronesa rió ante la broma de Graybow y comentó:

—Veo que esos viajes a la capital os han resultado muy enriquecedores. Tendré que decirle a lady Astwood que sea menos rigurosa con los gastos del estado.

Graybow asintió en señal de complicidad y se dirigió a un enorme baúl de madera que dos sirvientes habían acarreado antes de la llegada de la baronesa. Con un gruñido levantó la tapadera con ambas manos y extrajo su espléndida cota de mallas; la prenda comenzaba a oxidarse por la falta de uso, pero no por ello había perdido nada de su excelente calidad.

—Podéis estar segura, mi señora –dijo, colocándose la pesada prenda por la cabeza–, de que el anuncio de la gran convocatoria de fuerzas ya ha llegado hasta el último rincón del reino; incluso deben de tener noticia de ello en los Cinco Condados. –Una vez enfundado en la cota, se enderezó y comprobó que no hubiera ninguna malla rota–. Aunque no creo que podamos esperar refuerzos de aquel lugar.

—¿Cuánto tardarán los abelaat en llegar? –quiso saber la baronesa, acercándosele. Graybow soltó una pieza de su malla que se había quedado enganchada en uno de los remaches de cuero.

—Según nuestros exploradores, sus ejércitos llegarán dentro de una hora o dos al Castillo de los Tres Soles.

—Entonces no hay tiempo que perder –repuso la baronesa, ayudándolo a sacar del baúl las otras piezas de la armadura de Graybow–. ¿De cuántas unidades disponemos hasta el momento?

—De dos divisiones de caballería de Specularum, que constan de ocho unidades de caballería, cuatro de infantería y cuatro de arqueros –contestó Graybow, abrochándose las hebillas de la cintura.

La baronesa le alcanzó las hombreras.

—¿Qué hay de las divisiones regulares? –le preguntó.

—Ya están desplegadas en el campo –respondió Graybow–. La subida al castillo es muy escarpada, y el impacto de la caballería pesada será mucho mayor si se lanzan ladera abajo.

—¿Y el primo del rey?

—Von Hendriks ha aportado una fuerza simbólica –dijo el alcaide con una mueca. Se colocó una greba sobre la pierna derecha e introdujo la correa en la hebilla que la sujetaba a la cintura de la armadura–: Orcos con ballestas. Pero, para mitigar nuestras sospechas sobre sus intenciones, acompaña a los lanceros del Águila Negra. Están formados fuera de los muros, pero no cuento con ellos para que entren en combate.

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