La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Estaba sentada, fumando su pipa y, como siempre, se alegró de verme. Nos sentamos a conversar; le dije que la actitud de Johnny parecía estar cambiando y que no lograba entenderlo. En los últimos tiempos había estado un poco frío, y a veces me parecía que estaba abandonando la persecución, otras, sin embargo, parecía más decidido que nunca.
Abuelita encendió dos velas, pues ya teníamos encima el crepúsculo y mi conversación, como siempre, se había vuelto hacia la casa misma, cuando de pronto me sobresaltó un movimiento en la ventana. Tuve el tiempo justo para ver que una oscura forma se alejaba con presteza. ¡Alguien había estado mirándonos!
—Abuelita, hay alguien afuera —dije.
Abuelita se levantó con lentitud, pues ya no era ágil, y se dirigió a la puerta. Luego, volviéndose hacia mí, sacudió la cabeza.
—Allí no hay nadie —dijo.
—Pero alguien estaba mirándonos —insistí mientras la seguía hasta la puerta y atisbaba en las tinieblas—, ¿Quién está allí? —grité. No hubo respuesta—. ¿Quién pudo haber sido? ¿Quién pudo haber estado allí afuera espiándonos? ¿Y durante cuánto tiempo, me pregunto?
—Probablemente haya sido alguien que quería verme a solas —fue la cómoda explicación de abuelita—. Volverán… es decir, si realmente necesitan verme.
La inquieta sensación de haber sido espiada siguió acompañándome. No lograba disponerme a conversar, y como se estaba haciendo tarde, me di cuenta de que era tiempo de regresar al Abbas.
Di las buenas noches a abuelita y la dejé. Pero no cesaba de preguntarme quién había mirado por la ventana y decidido no entrar.
* * *
No tuve oportunidad de volver a ver a abuelita hasta que hube tomado mi decisión. Me decía que eso, en cierto modo, era bueno, pues la decisión tenía que ser mía. Debía tomarla con los ojos abiertos; tenía que sobrellevar yo misma toda la responsabilidad.
Judith había estado tediosa. Yo estaba descubriendo facetas de su carácter que hasta entonces no conocía. Tenía un genio violento que, cuando se manifestaba, era más vehemente aún por haber estado contenido. Yo conjeturaba que el futuro en aquella casa iba a ser muy tempestuoso. Judith no toleraría durante mucho tiempo más la presencia de Mellyora.
Y cuando Mellyora se marchase… ¿qué sería de mí?
Sin embargo, eso no era lo que me preocupaba en el futuro inmediato. Judith tenía una de sus jaquecas; debía cepillarle el cabello, masajearle la frente. A veces detestaba el olor del agua de colonia que ella empleaba. Siempre me recordaría mi vasallaje hacia esa mujer.
—Qué torpe eres, Carlee —dijo. Que usara mi apellido era signo de su irritación. Procuraba deliberadamente ofenderme porque ella estaba ofendida—. Me estás tirando del cabello. Eres una inútil, una inútil. A veces no sé por qué te empleo.
Aunque si lo pienso bien, no te contraté yo. Te encontraron para mí. ¿Qué soy yo en esta casa…? Yo trataba de tranquilizarla.
—Mi señora, no se siente usted bien. Quizá debería descansar.
Detestaba llamarla "mi señora". Si Mellyora hubiese sido mi señora, yo me habría jactado de mi amistad con Lady Saint Larston, pero para mí ella sería Mellyora, no mi señora.
Sin embargo, Mellyora jamás podría ser Lady Saint Larston mientras esa mujer viviera.
—No te quedes allí como una tonta. Trénzame el cabello. Y no tironees; ya te lo advertí antes.
Me quitó el cepillo, y al hacerlo, las púas me desgarraron la piel de un dedo, haciéndolo sangrar. Lo miré consternada mientras ella lanzaba el cepillo al otro lado de la habitación.
—¡Oh, sí que se te ha tratado brutalmente! —se mofó—. Y bien merecido lo tienes.
Tenía los ojos desencajados. Yo pensé: ¿acaso en pocos años Lady Saint Larston saldrá a bailar en el páramo cuando haya luna llena?
Aquellos Derrise estaban sentenciados… sentenciados a la demencia por un monstruo. Y Judith era uno de los sentenciados.
Esa noche me dominaba una rencorosa furia. Odiaba a quienes me humillaban, y Judith me estaba humillando. Me dijo que más me valía tener cuidado. Se desharía de mí. Escogería su propia doncella de compañía. Ahora era Lady Saint Larston y no había ninguna razón para que se le impusiese nada.
Le sugerí tomar uno de los polvos calmantes que el doctor Hilliard había recetado para ella, y con gran sorpresa mía, aceptó. Se lo di, y el efecto fue evidente en unos diez minutos. La tempestad estaba pasando; dócilmente me permitió llevarla a la cama.
Volví a mi cuarto, y aunque era tarde, peiné mi cabello al estilo español, poniéndome luego mi peineta y mi mantilla. Esto siempre me calmaba y se me había vuelto una costumbre. Con el cabello así solía recordar la fiesta, el baile con Kim y cómo él me había dicho que era fascinadora. En el fondo de mi mente encerraba un sueño: que Kim regresaba y me tenía cariño. Por algún milagro él era el dueño del Abbas; nos casábamos y vivíamos allí felices para siempre.
Mientras, sentada junto a la ventana, contemplaba el paisaje a la luz de la luna, sentía el deseo de ir hasta las piedras, pero estaba cansada. Tomé un libro para sosegarme leyendo, y me apoyé en la cama totalmente vestida, pues quería dejarme la peineta en el cabello; el leer nunca dejaba de consolarme; me recordaba lo lejos que había llegado, y que había logrado lo que casi todos habrían considerado imposible.
Seguí leyendo y leyendo, y era pasada la medianoche cuando oí ruido de pasos que se acercaban furtivos a mi aposento.
Salté de la cama y apagué mis velas. Me encontraba de pie tras la puerta cuando Johnny la abrió y entró.
Aquel era un Johnny diferente. Yo no sabía qué lo había cambiado; sólo sabía que jamás lo había visto así antes. Estaba tranquilo, serio, y había en él una extraña decisión.
—¿Qué quiere? —le pregunté.
Alzó un dedo advirtiéndome que callara.
—Salga o gritaré —le dije.
—Quiero hablarte. Necesito hablarte.
—Yo no deseo hablar.
—Tienes que escucharme. Tienes que darme apoyo. —No le entiendo…
Se me acercó, perdida ya toda su fiereza; era como un niño, implorándome, lo cual era extraño en Johnny.
—Me casaré contigo —dijo.
—¡Qué!
—Dije que me casaré contigo.
—¿Qué juego está jugando?
Tomándome por los hombros, me sacudió.
—Tú lo sabes —dijo—. Tú lo sabes. Es el precio que estoy dispuesto a pagar. Te digo que me casaré contigo.
—¿Y su familia?
—Hará un gran alboroto. Pero yo digo: al infierno con la familia. Me casaré contigo, lo prometo.
—No estoy segura de que yo me casaré con usted.
—Por supuesto, lo harás. Era lo que estabas esperando. Hablo en serio, Kerensa… nunca hablé más en serio en toda mi vida. No quiero casarme. Habrá problemas. Pero te digo que me casaré contigo.
—No es posible.
—Me iré a Plymouth…
—¿Cuándo?
—Esta noche. No… ya es de mañana. Hoy, entonces. Tomaré el primer tren. Partiré a las cinco. ¿Vendrás conmigo?
—¿Por qué esta repentina decisión?
—Tú lo sabes. ¿Por qué fingir?
—Creo que está loco.
—Siempre te deseé, y esta es la manera. ¿Vendrás conmigo?
—No confío en usted.
—Debemos confiar el uno en el otro. Me casaré contigo. Obtendré la licencia especial. Lo juro.
—¿Cómo sé que…?
—Mira. Tú sabes lo que ha ocurrido. Estaremos juntos. Una vez hecho, hecho estará. Me casaré contigo, Kerensa.
—Necesito tiempo para pensarlo.
—Te daré hasta las cuatro. Prepárate. A esa hora partiremos. Empacaré algunas cosas. Haz lo mismo tú. Entonces iremos en el coche liviano hasta la estación… a tiempo para tomar el tren.