La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Mellyora dijo que era hora de que volviese junto a Sir Justin; me despedí de ella y volví a mi cuarto. Me quedé un rato junto a la ventana, pensando en Kim y en la noche del baile. Luego fui al espejo y encendí allí las velas. ¿Había cambiado mucho yo desde esa noche? Me había vuelto mayor, más juiciosa, más cabal. Había leído mucho. Me estaba haciendo digna… ¿de Kim? No; de la persona que me proponía ser.
Me quité los alfileres del cabello y lo sacudí en torno a mis hombros.
Denso, exuberante, era más bello que el de Judith. Diestramente comencé a enroscarlo en lo alto de mi cabeza. ¿Dónde estaba mi peineta española? ¿Dónde estaba mi mantilla? Los ajusté y me quedé arrobada con mi propia imagen. ¡Narciso!, me burlé. Enamorada de ti misma.
Me acerqué a la ventana. Allá afuera estaba el círculo de piedras que nunca parecía estar lejos de mis pensamientos. Siempre me había prometido hacerle una visita a la luz de la luna. ¿Por qué no? Estaba libre. Creía que Johnny se hallaba encerrado hablando con su hermano, y no había peligro de que anduviese por allí. Ese era el momento.
Pronto llegué allí. Qué interesantes parecían a la luz de la luna. ¡Vivas! ¡Las Seis Vírgenes! Y yo hacía la séptima. ¿Realmente había sucedido como decía la leyenda? ¿De veras habían bailado allí? ¿Por su altanería habían sido castigadas y convertidas en piedra, para permanecer en aquel sitio mientras pasaban los siglos? ¡Qué afortunadas eran! Una muerte repentina era preferible a otra prolongada. Pensé en la séptima… la que fuera arrastrada al muro hueco; la que fue encerrada a morir, y me colmó una momentánea melancolía.
¡Pasos! El son de un silbido grave. Me apoyé en una de las piedras, aguardando, mientras algún instinto me decía quién me había seguido hasta allí.
—¿Así que la séptima vino esta noche?
Me sentí furiosa conmigo misma por haber ido. Después de todo, Johnny me había visto salir de la casa. En ese momento lo odié.
Había entrado en el círculo de piedras y me sonreía.
—¡La señorita Carlyon en persona! —exclamó— La dama española.
—¿Hay alguna razón para que no deba peinarme como quiero?
—Hay muchas razones para que lo hagas, ya que te sienta muy bien.
—Desearía que no me siga usted.
—¿Seguirte? Pero ¿por qué no voy a visitar a las Vírgenes si quiero? No son exclusivamente tuyas, ¿o sí?
—Ya que vino usted a ver las Vírgenes, me iré.
—No hay prisa. Prefiero la séptima antes que las otras seis todas juntas. Las mujeres de piedra no son de mi preferencia. Sin embargo, la séptima pretende hacerme creer que está compuesta del mismo inflexible material. Le demostraré que no.
—¿Le resulta imposible creer que no deseo sus insinuaciones?
—Totalmente imposible.
—En tal caso es usted más arrogante de lo que yo imaginaba.
—Te diré algo, mi dama española. En ciertas circunstancias no rechazarías mis requerimientos. —No le entiendo.
—Siempre has tenido una altísima opinión de ti misma. Si te dijera: "Kerensa, ¿quieres casarte conmigo?", considerarías muy seriamente mi propuesta y certifico que no tardarías mucho en reconocer sus méritos. Si eres tan arrogante, es simplemente porque crees que te trataría como a cualquier criada de servicio.
Contuve el aliento, porque sus palabras habían conjurado un cuadro de mí misma viviendo en el Abbas, tal como siempre lo había ansiado. Esto había parecido imposible, pero si me casaba con Johnny, mi sueño se haría realidad. Sobresaltada me di cuenta de que ese era el único modo que podría serlo. Pero casi de inmediato supe que Johnny se burlaba de mí.
Con altanería dije:
—No quiero escuchar ninguna sugerencia que usted haga.
Rió al contestar:
—Sólo porque sabes que la que quieres oír es la que yo jamás ofrecería. Kerensa… —agregó, sujetándome por él brazo cuando quise apartarme. Acercó su cara a la mía, y la llamarada de deseo que vi en sus ojos me alarmó. Procuré ocultar mi temor golpeándole el brazo, pero él no me soltó, sino que mantuvo su rostro junto al mío, sonriéndome—. Puedo ser tan decidido como tú —dijo.
—No sabe cuán decidida puedo ser cuando se trata de librarme de usted.
—En tal caso lo veremos, ¿verdad? —dijo. Pese a mis esfuerzos, no logré zafarme. Me atrajo hacia él y sentí sus dientes contra los míos. Mantuve los míos firmemente cerrados, odiándolo. Lo odié con tal vehemencia que hallé cierto placer en mi odio. En ese momento, Johnny Saint Larston despertó en mí una emoción que jamás había sentido yo antes. De ella no estaba ausente el deseo. Tal vez, pensé más tarde cuando estuve sola y procuraba analizar mis sentimientos, aquel deseo que sentía fuese por una casa, por una categoría en la vida que no fuese aquélla en la cual había nacido, por la realización de un sueño. Tan fuerte era mi deseo de esas cosas, que quizá pudiese despertar otra clase de deseo cualquiera que pudiese proporcionármelas; y las palabras de Johnny sobre matrimonio habían puesto una idea en mi mente.
De una cosa estaba segura; él no podía sospechar ni por un instante que despertaba en mí otra cosa que desprecio y ansia por librarme de él.
Alejándome de él dije:
—Más vale que tenga cuidado. Si trata de perseguirme me quejaré, y teniendo en cuenta su reputación, pienso que me creerán.
Supe entonces que él había percibido algún cambio en mis sentimientos, y que esperaba que yo cediera; por eso lo tomé descuidado y con un pequeño empujón me zafé, igual que en otra ocasión. Luego me volví y eché a andar hacia la casa con arrogancia.
Cuando llegué a mi pieza, me miré al espejo.
"¿Es posible?", me preguntaba. "¿Pensaría Johnny Larston en casarse conmigo? Y si lo hacía, ¿aceptaría yo?"
Yo estaba temblando. ¿De esperanza? ¿De miedo? ¿De placer? ¿De repugnancia? No sabía con certeza de qué.
* * *
La luz de la luna tocaba mi habitación. Sobresaltada, me senté. Algo acababa de despertarme.
Me encontraba en peligro. Un sentido adicional parecía estar diciéndomelo. Quedé consternada, pues alguien estaba en mi pieza. Vi el contorno de una figura que, sentada en un sillón, me observaba.
Lancé un grito ahogado, ya que la figura se había movido. Pensé: "Siempre creí que el Abbas estaba hechizado. Ahora lo sé."
Oí una risa grave y entonces supe que mi visitante era Johnny, tal como habría debido suponerlo.
—¡Usted! —exclamé—. ¡Cómo se atreve!
Sentándose en el borde de mi cama, me miró.
—Soy muy atrevido, Kerensa, especialmente cuando se refiere a ti.
—Mejor será que se marche… sin demora.
—Oh, no ¿No crees que será mejor que me quede?
Salté de la cama. Él se incorporó, pero sin acercarse a mí; simplemente se quedó mirándome con fijeza.
—Siempre me pregunté cómo te peinarías el cabello de noche. Dos largas trenzas… ¡Qué recatada! Aunque me gustaría verlo suelto.
—Si no se marcha de inmediato gritaré pidiendo auxilio.
—En tu lugar no haría tal cosa, Kerensa.
—Yo no soy usted y le repito, lo haré.
—¿Por qué no puedes ser razonable?
—¿Por qué no puede usted conducirse como un caballero?
—¿Contigo… que de ningún modo eres una dama?
—Lo odio, Johnny Saint Larston.
—Bueno, hablaste como la niñita de las cabañas. Pero prefiero que me odies a que seas indiferente.