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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Era propensa a sosegarse conmigo, y yo estaba segura de que pronto me haría confidencias.

Con la aquiescencia de Judith, yo había ordenado que se preparase otra serie de aposentos para Johnny y para mí, y había hecho trasladar muebles a nuestras habitaciones desde otras partes de la casa. Los sirvientes murmuraban a mi espalda, pero para esto ya estaba preparada. Sabía que la anciana Lady Saint Larston hablaba de advenedizas y de la tragedia del casamiento de Johnny, pero ella no me importaba nada. Era vieja y pronto tendría poca entidad. Yo miraba al futuro.

Aguardaba el momento, esperando ansiosamente los primeros signos de preñez. Estaba segura de que pronto tendría un hijo; y cuando pudiera anunciar que esperaba un hijo, mi situación en aquella casa cambiaría. La anciana Lady Saint Larston anhelaba un nieto más que cualquier otra cosa, y desesperaba de que Judith le diese uno.

Un día partí a caballo hacia la casa del veterinario, a visitar a mi hermano. Quería hablarle, pues había hecho prometer a Johnny que mi hermano se prepararía como médico y casi no podía esperar para transmitir a Joe la buena noticia.

La casa del señor Pollent, que antes me había parecido tan majestuosa, ahora tenía un aspecto modesto; pero era una morada cómoda, situada lejos del camino en un vasto terreno, ocupado principalmente por establos, perreras y dependencias exteriores. En las ventanas colgaban limpias cortinas de algodón, que vi moverse cuando bajé del caballo, lo cual me indicó que se observaba mi llegada.

Una de las hijas de Pollent acudió a saludarme en la sala.

—Oh, entre en la sala, por favor —exclamó. Tuve la certeza de que se había puesto apresuradamente un vestido limpio de muselina para recibirme.

—Vine a ver a Joe —dije.

—Oh, sí, señora Saint Larston. Iré a decírselo. Discúlpeme usted un minuto o dos.

Le sonreí con benevolencia mientras ella salía. Conjeturé que la historia de mi casamiento había sido el tema principal en toda la campiña, y que Joe se había vuelto más importante debido a su conexión conmigo. Quedé satisfecha (siempre me complacía cuando podía llevar honra a mi familia).

Estaba observando la plata y la porcelana en el aparador del rincón, y al calcular su valor, diciéndome que los Pollent eran, si no ricos, gente acomodada, cuando volvió la señorita Pollent para decirme que Joe le había pedido llevarme adonde él estaba trabajando, pues se hallaba ocupado.

Quedé un tanto desanimada por este indicio de que Joe no me respetaba tanto como los Pollent, pero lo disimulé y me dejé conducir a un recinto donde lo encontré de pie junto a un banco, mezclando un líquido en una botella. Su placer fue auténtico cuando me acerqué y le besé. Sosteniendo en alto la botella para mostrármela, explicó:

—Es una nueva mixtura. El señor Pollent y yo creemos haber obtenido algo que nunca se usó antes aquí.

—¿De veras? —repuse—. Tengo novedades para ti Joe.

—Oh, sí, ahora eres la señora Saint Larston —rió el—. Todos nos enteramos de que te escapaste a Plymouth con el señor Johnny.

Arrugué el entrecejo. Tendría que aprender a expresarse como un caballero.

—Válgame, ¡cuánto alboroto! —prosiguió Joe—. Tú y el señor Saint Larston y Hetty Pengaster, todos yéndose el mismo día.

—¡Hetty Pengaster! —me sobresalté.

—¿No lo sabías? También ella se marchó. Un verdadero escándalo, te lo digo yo. Los Pengaster estaban de veras furiosos, y Saul Cundy con ganas de matar a alguien. Pero… así son las cosas. Doll deducía que Hetty se habría ido hasta el mismísimo Londres. Siempre dijo que era allí donde quería ir.

Guardé silencio momentáneamente, olvidando la importancia de mi misión con Joe. ¡Hetty Pengaster! Qué raro que hubiese decidido abandonar su hogar el mismo día en que habíamos partido. Johnny y yo.

—Así que se fue a Londres —dije.

—Pues nadie lo sabe todavía, pero eso es lo que dicen todos. En verano estuvo aquí un joven que venía de Londres, y Doll dice que era amigo de Hetty. Doll deduce que lo planearon estando él aquí… aunque Hetty no se lo dijo con exactitud.

Miré a Joe y su contento con la vida me irritó.

—Tengo maravillosas noticias para ti, Joe —le dije. Me miró, entonces continué—: Todo es diferente ahora. No hace falta que sigas estando en esta humilde situación.

Joe arrugó las cejas con necia expresión.

—Siempre me propuse hacer algo por ti, Joe, y ahora estoy en situación de hacerlo. Puedo ayudarte a que llegues a ser médico. Puedes decírselo al señor Pollent esta noche. Habrá mucho que estudiar, y mañana iré a pedir consejo al doctor Hilliard. Luego…

—No sé de qué estás hablando, Kerensa —dijo mientras el rubor le cubría lentamente la cara.

—Ahora soy una Saint Larston, Joe. ¿Sabes lo que eso significa?

Joe dejó la botella que sostenía y fue cojeando hasta un estante; allí tomó un frasco que contenía cierto líquido y se puso a sacudirlo distraídamente. Me emocioné mirándolo, pensando en la noche en que Kim y yo lo habíamos rescatado de una trampa y sentí un gran anhelo por Kim.

—No entiendo qué importancia tiene eso para mí —respondió—. Y me quedaré aquí con el señor Pollent. Aquí es donde me corresponde estar.

—¿Veterinario? ¡Cuándo podrías ser médico!

—Aquí es donde me corresponde estar —repitió.

—Pero te educarás, Joe. Podrías ser médico…

—No podría serlo. Soy veterinario y.es aquí donde…

—¡Donde te corresponde estar! —terminé con impaciencia—. Oh, Joe, ¿acaso no quieres progresar?

Clavó en mí una mirada más fría que nunca.

—Quiero que se me deje tranquilo, eso quiero —dijo.

—Pero, Joe…

Cojeando se me acercó, y cuando estuvo cerca dijo:

—Lo malo contigo, Kerensa, es que quieres ser igual que Dios. Quieres obligarnos a los demás a bailar con tu música. Pues yo no lo haré, ¿entiendes? Estoy aquí con el señor Pollent, y es aquí donde me corresponde estar.

—Eres un imbécil, Joe Carlee —le dije.

—Esa es tu opinión, pero si soy un imbécil, pues un imbécil me gusta ser.

Me enfurecí. Aquel era el primer obstáculo verdadero que encontraba. Yo había sabido tan bien lo que quería… La señora Saint Larston, del Abbas; su hijo, heredero al título; su hermano, el médico local; su abuela instalada en… la Casa Dower, digamos. Yo quería que cada detalle del sueño se hiciese realidad.

Y Joe, que siempre había sido tan dócil, se me oponía.

Me aparté colérica, y cuando abrí bruscamente la puerta casi me caí encima de una de las hijas de Pollent, que evidentemente había estado escuchando por el ojo de la cerradura. No le hice caso; ella entró corriendo en la habitación. La oí decir:

—Oh, Joe, no te irás, ¿verdad? Esperé; Joe replicó:

—No, Essie. Sabes que jamás me iría. Es aquí, contigo y mi trabajo, donde me corresponde estar. Entonces me alejé de prisa, disgustada.

* * *

Hacía dos meses que estaba casada y tenía la certeza de que iba a tener un hijo.

La primera vez que sospeché esto no se lo dije a nadie, salvo a abuelita; no lo anuncié hasta estar segura.

Mi triunfo superó mis expectativas.

En el Abbas, la primera persona a quien quería decírselo era mi suegra. Fui a su cuarto y llamé a la puerta. Estaba sola y no muy complacida de que se la molestara.

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