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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Judith acudió en apoyo de su marido:

—Tienes razón, querido. Ahora Kerensa es una Saint Larston.

Su sonrisa era más cálida. Lo único que quería de los Saint Larston era la atención de Justin, total e íntegra.

—Gracias —repliqué—. Estamos algo cansados después de nuestro viaje. Quisiera lavarme, los trenes son tan sucios. Y además, Johnny, quisiera un poco de té.

Todos me miraban asombrados; creo que logré la renuente admiración de Lady Saint Larston quien, aunque estaba furiosa con Johnny por haberse casado conmigo, no podía evitar el admirarme por obligarlo a ello.

—Hay muchas cosas que deberé decirte —agregó Lady Saint Larston, mirando a Johnny.

—Más tarde podemos hablar —intercalé; luego sonreí a mi suegra—. Nos hace falta ese té.

Entrelacé mi brazo con el de Johnny, y gracias al asombro de todos tuve tiempo de arrastrarlo fuera de aquel recinto antes de que ellos tuviesen tiempo para responder.

Fuimos al cuarto de Johnny, donde hice sonar la campana.

Johnny me miraba con la misma expresión que yo había visto en las caras de todos sus familiares, pero antes de que tuviese tiempo de hacer ningún comentario, había llegado la señora Rolt. Colegí que no había estado lejos durante esa entrevista con la familia.

—Buen día, señora Rolt —dije—. Quisiéramos que se nos traiga té de inmediato.

Me miró por un segundo, boquiabierta; luego respondió:

—Ejem… sí… señora.

Pude imaginarme su regreso a la cocina, donde la estarían esperando.

Johnny se apoyó en la puerta; luego estalló en risas.

—¡Una bruja! —exclamaba—. Me casé con una bruja.

* * *

Ansiaba ver a abuelita, pero mi primera entrevista fue con Mellyora.

Me dirigí a su cuarto; me estaba esperando, pero cuando abrí la puerta, se limitó a mirarme con algo cercano al horror en los ojos.

—¡Kerensa! —exclamó.

—Señora de Saint Larston —le hice recordar, riendo.

—¡Realmente te has casado con Johnny!

—Tengo el acta de matrimonio, si quieres verla —repuse tendiendo la mano izquierda donde era evidente el cintillo de oro sin adornos.

—¡Cómo pudiste!

—¿Tan difícil es de entender? Esto lo cambia todo. No más "Carlee, haz esto, haz aquello". Soy la cuñada de mi antigua ama. Soy la nuera de su señoría. Piénsalo. La pobrecita Kerensa Carlee, la muchacha de las cabañas. La señora Saint Larston, si me permites.

—A veces me asustas, Kerensa.

—¿Yo te asusto? —dije, mirándola de lleno a la cara—. No tienes motivo para temer por mí. Yo sé cuidarme sola.

Se ruborizó, pues sabía que yo estaba sugiriendo que tal vez ella no. Luego apretó los labios y dijo:

—Así parece. Y ahora ya no eres doncella de compañía. Oh, Kerensa, ¿valía la pena?

—Eso queda por verse, ¿no es verdad?

—No comprendo.

—No, ya me doy cuenta.

—Pero yo creí que lo odiabas.

—Ya no le odio.

—¿Porque te ofreció una posición que tú podías aceptar?

En su voz había un tonillo sarcástico que me ofendió.

—Al menos él estaba libre para casarse conmigo —dije.

Salí del cuarto con impaciencia, pero al cabo de unos minutos regresé. Había sorprendido a Mellyora con la guardia baja; la encontré tendida en su cama, con el rostro hundido en las almohadas. Me dejé caer a su lado. No soportaba que no fuésemos amigas.

—Es igual que antes —dije.

—No… es muy distinto.

—Las posiciones se han invertido, nada más. Cuando yo estaba en el rectorado, tú me protegías. Bueno, ahora me tocará el turno de protegerte.

—Nada bueno saldrá de esto.

—Espera y verás.

—Si amases a Johnny…

—Hay toda clase de amor, Mellyora. Hay amor… sagrado y profano.

—Kerensa, tu tono es tan… impertinente.

—Con frecuencia es bueno serlo.

—No puedo creerte. ¿Qué te ha sucedido, Kerensa?

—¿Qué nos ha sucedido a las dos? —pregunté.

Entonces nos quedamos inmóviles, tendidas en la cama, preguntándonos ambas cuál sería el desenlace del amor de ella por Justin.

Impaciente por ver a abuelita, ordené a Polore que me condujese a la cabaña al día siguiente. Cómo disfruté al bajar ataviada con mi vestido verde y negro. Indiqué a Polore que volviese en mi busca una hora más tarde.

Abuelita miró mi cara ansiosamente.

—¿Y bien, querida mía? —fue todo lo que dijo.

—Señora de Saint Larston ahora, abuelita.

—Así que conseguiste lo que querías, ¿eh?

—Es un comienzo.

—¿Aja? —dijo, abriendo mucho los ojos, pero no me pidió que le explicase. En cambio, tomándome por los hombros, me miró a la cara—. Se te ve feliz —dijo por fin.

Entonces me arrojé en sus brazos y la abracé. Cuando la solté, ella se apartó; comprendí que no quería que viese las lágrimas en sus ojos. Me quité el sombrero y el abrigo, subí al talfat, me acosté allí y le hablé mientras ella fumaba su pipa.

Estaba distinta, a veces tan absorta en sus propios pensamientos que me parecía que no oía todo lo que yo le decía. No me importaba. Tan sólo quería abrir mi corazón y hablar como no podía hablar con nadie más.

Pronto tendría un hijo, de ello estaba segura. Quería un varón… que sería un Saint Larston.

—Y abuelita, si Justin no tiene hijos, el mío heredará el Abbas. Será un Sir, abuelita. ¿Qué te parece? Tu biznieto, Sir Justin Saint Larston.

Ella observaba con fijeza el humo de su pipa. Por último dijo:,

—Para ti siempre habrá una nueva meta, preciosa. Tal vez así haya que vivir la vida. Tal vez el modo en que han resultado las cosas sea para mejor. ¿Y amas a este marido tuyo?

—¿Amar, abuelita? Él me ha dado lo que yo quería.

De él obtendré lo que ahora quiero. Recuerdo que no pudo haber sido… sin Johnny.

—Y crees que eso es un sustituto del amor, Kerensa.

—Estoy enamorada, abuelita.

—¿De tu esposo, niña?

—Enamorada del presente, abuelita. ¿Qué más se puede pedir?

—No, ¿acaso podríamos pedir más que eso? Y ¿quiénes somos nosotros para poner en tela de juicio los medios, cuando los fines nos dan todo lo que podríamos anhelar? Moriría feliz, Kerensa, si tú pudieras seguir tal como estás en este momento.

—No hables de morir —le pedí, y ella se rió de mí.

—Yo no, linda mía. Esa fue una orden de quien da órdenes ahora.

Entonces ambas reímos como sólo nosotras podíamos reír juntas; y me pareció verla menos inquieta que a mi llegada.

* * *

¡Cómo gocé de mi nueva situación! No experimentaba ninguna turbación. Tantas veces, en la imaginación, me había preparado para ese papel, que ahora lo tenía perfectamente ensayado y podía desempeñarlo a la perfección. Me divertía y divertía a Johnny imitando el tipo de conversación que, lo sabía, tendría lugar entonces en la cocina. Podía dar órdenes con tanta calma como la anciana Lady Saint Larston, y con mucha más que Judith. Judith y yo éramos realmente amigas. A veces yo le peinaba el cabello porque ahora ella no tenía doncella de compañía, pero le daba a entender claramente que éste era un gesto fraternal. Creo que la circunstancia de que me hubiese casado con Johnny la complacía, porque no podía contenerse de creer que cada mujer andaba detrás de Justin. Tenerme en pareja con Johnny era, por consiguiente, un alivio; aunque si hubiera sido Mellyora quien había escapado con Johnny, Judith habría quedado realmente encantada.

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