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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—No siento nada por usted… nada en absoluto.

—No sientes nada por la verdad. Sabes que me odias y ansias que te haga el amor, pero piensas que la dama en la que tratas de convertirte debería insistir en el matrimonio antes de recibir un amante.

Corrí a la puerta, y abriéndola de un tirón, dije:

—Le daré diez segundos, Johnny Saint Larston. Si no sale antes, y si trata de tocarme, gritaré hasta despertar a su hermano y la esposa de él.

Al darse cuenta de que yo hablaba en serio, quedó momentáneamente desanimado. Pasando a mi lado, salió al corredor; su mirada era colérica y malévola. Quedé horrorizada, pues comprendí que él creía realmente que yo me convertiría en su amante esa noche.

Entré en mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé en ella, temblando. Me preguntaba: ¿cómo iba a descansar tranquila, sabiendo que a cualquier hora de la noche él podía entrar en mi cuarto?

No podía volver a la cama. Me acerqué a la Ventana y miré afuera. La luz lunar me mostró los jardines y, más allá, el prado con el círculo de piedras.

Allí me quedé inmóvil un rato. Oí que un reloj daba la medianoche. Y entonces vi a Johnny. Se alejaba de la casa con paso decidido. Permanecí quieta, mirándolo, mientras él bordeaba el campo y tomaba el camino hacia el poblado. Ese camino conducía también hacia Larnston Barton.

Cierto instinto me dijo que, habiendo fracasado conmigo, Johnny iba en busca de Hetty Pengaster.

* * *

Sigilosamente fui por el corredor al cuarto de Mellyora y golpeé la puerta con suavidad. Como no tuve respuesta, entré. Mellyora dormía.

Me quedé unos segundos contemplándola. Qué hermosa e inocente se la veía allí tendida. También Mellyora, pensé, estaba indefensa, en esa casa. Pero Justin jamás entraría en su pieza sin ser invitado. Pese a ello, Mellyora era más vulnerable que yo.

—Mellyora —susurré—. No te alarmes. Soy yo… Kerensa.

—¡Kerensa! —se sobresaltó ella—. ¿Qué es lo que ocurre?

—Ahora, nada malo… Pero no quiero volver a mi cuarto.

—¿A qué te refieres? ¿Qué pasó?

—Entró Johnny. No me siento segura si él puede entrar cuando quiere.

—¡Johnny! —repitió ella despectivamente. Asentí con la cabeza.

—Está tratando de seducirme y le temo…

—¡Oh… Kerensa!

—No te alarmes. Sólo quiero quedarme contigo. Se apartó y yo me deslicé en la cama. —Estás temblando —dijo ella.

—Fue bastante horrible.

—¿No te parece que… deberías irte?

—¿Irme del Abbas? ¿Y adonde?

—No sé… a alguna parte.

—¿A trabajar en alguna otra casa, a estar a disposición de otra persona?

—Tal vez sería mejor para las dos, Kerensa.

Era la primera vez que ella admitía sus dificultades y sentí temor. En ese momento yo estaba segura de que jamás abandonaría el Abbas por mi propia voluntad.

—Puedo manejar a Johnny —dije.

—Pero este último asunto…

—Si tengo que denunciarlo, haremos entender a todos de quién es la culpa.

—Qué fuerte eres, Kerensa.

—He tenido que cuidarme toda la vida. Tú has tenido tu padre que te cuidó… No te preocupes por mí, Mellyora.

Guardó silencio un rato; luego dijo:

—Quizá para las dos, Kerensa…

—Podríamos "ir más lejos y pasarlo peor" —cité. Sentí el alivio en el pequeño suspiro que lanzó.

—¿Dónde encontraríamos puestos juntas? —inquirió.

—Ah, ¿dónde?

—Y después de todo, Saint Larston es nuestro hogar.

Quedamos un rato calladas. Luego dije:

—¿Puedo compartir tu habitación en el futuro, mientras él esté aquí?

—Sabes que puedes.

—Entonces yo no tendré nada que temer —agregué.

Las dos tardamos largo rato en dormirnos.

Judith supo, por supuesto, que yo dormía en la pieza de Mellyora, y cuando sugerí el motivo no hizo ninguna objeción.

Durante las semanas subsiguientes, Mellyora y yo volvimos a estrechar nuestros vínculos, ya que compartir una habitación significaba compartir confidencias. Nuestra relación se parecía más a lo que había sido en el rectorado, que nunca desde nuestra llegada al Abbas, y desde que sus sentimientos hacia Justin nos habían distanciado un poco.

Durante ese período recibí una carta de David Killigrew. Decía que pensaba en mí constantemente; su madre estaba tan fuerte como siempre físicamente, pero cada día se tornaba un poco más olvidadiza; él trabajaba mucho, pero no veía esperanzas de obtener un cargo eclesiástico, cosa que, según sugería, debía hacer antes de pedirme que me casara con él.

Yo apenas si podía recordar su aspecto. Me sentía culpable porque él era tan formal y yo, en una época, había pensado en casarme con él tal como en ese momento, en el fondo de mi corazón, pensaba en casarme con Johnny Saint Larston.

¿Qué clase de mujer era yo, me preguntaba, que estaba dispuesta a volverme a un lado y a otro en aras de la conveniencia?

Procuraba hallar excusas para mí misma. Había urdido un sueño, y la realización de ese sueño era lo más importante en mi vida. Quería lograr una posición que me permitiera no sufrir más humillaciones. Quería dar consuelo a mi abuelita en su vejez; quería hacer de Joe un médico. Era irónico que Johnny —a quien yo creía odiar— fuera el único que tenía en su poder la llave de todo eso. Era una llave de la cual se desprendería a regañadientes; pero tal vez, si se le apremiaba…

Johnny me observaba con ojos abrasadores. Me deseaba más que nunca, y sin embargo, no tomaba ninguna actitud. Yo sospechaba que había ¿do a mi cuarto y lo había hallado vacío. Conjeturaría dónde me encontraba yo, pero no se atrevía a ir a la pieza de Mellyora.

Yo seguía oyendo la voz alterada de Judith en los aposentos que compartía con Justin; y sabía que ella se estaba volviendo cada vez más inquieta.

En cuanto a Mellyora, parecía vivir en un estado de exultación. Yo creía saber por qué, pues un día los había visto juntos a ella y Justin desde mi ventana. Se habían encontrado accidentalmente, y sólo habían cambiado una palabra; pero yo lo vi seguirla con la mirada al pasar ella; la vi volverse para mirarlo a él, y durante unos segundos se quedaron inmóviles, contemplándose.

Se habían delatado. Las sospechas de Judith tenían alguna base.

Se amaban, y lo habían admitido, si no en palabras, con una mirada.

* * *

Estábamos sentados a la mesa cuando empezó a retumbar la campana desde la habitación de Sir Justin. Durante unos segundos nos miramos con fijeza; luego Haggety, seguido por la señora Rolt, subió a toda prisa la escalera.

Todos nos mirábamos, ya que la campana siguió sonando hasta que ellos llegaron al aposento, y comprendíamos que esa no era una llamada común.

En pocos instantes, Haggety regresó a la cocina. Polore debía ir de inmediato en busca del doctor Hilliard.

Cuando Polore se hubo marchado, nos quedamos junto a la mesa, pero sin comer. La señora Salt dijo lúgubremente:

—Este será el final, ya verán. Y si me lo fueran a preguntar, será una feliz liberación.

Afortunadamente el doctor Hilliard estaba en casa, y en menos de media hora volvió con Polore. Pasó largo rato en la habitación de Sir Justin.

Una tensión había caído sobre la casa; todos hablaban susurrando. Cuando se marchó el doctor Hilliard, Haggety nos dijo que Sir Justin había tenido otro ataque. Aún estaba vivo pero, en opinión suya, no pasaría de esa noche.

Cuando fui junto a Judith a preparar sus cosas para la noche, la encontré más tranquila que de costumbre; me dijo que Justin estaba con su padre, toda la familia se encontraba allí.

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