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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– Blanca -dijo Ruda, rompiendo el prolongado silencio-. Hace frío; ponte loa guantes o se te helarán los dedos.

– Descuide, don Pedro -respondió ella y ya no volvieron a pronunciar palabra. Mientras se colocaba los guantes de piel de liebre, suaves y calientes, y de cuya fabricación se jactaba con razón el viejo Roque, Llanlil alargó su brazo y sostuvo el caballo de la muchacha.

Después continuó a su lado, serio y como abstraído, pero ella sentía su presencia viril difundiendo seguridad y atrevimiento y, reconfortada, se acurrucó bajo el poncho, acompasándose a la cadencia de su caballo, plenamente feliz de estar al lado del hombre compartiendo su peligrosa tarea.

Cuando alcanzaron el borde de la meseta la nieve caía como una sedosa cortina, convirtiéndolos en fantásticas figuras blancas que ascendían silenciosas.

Blanca y Llanlil se hundían en la voluptuosa impresión de que la nieve los envolvía en un muro de algodonosa soledad. En aquel ámbito estricto ellos marchaban, suspendidos, como si sus caballos fuesen muñecos de goma y más que caminar se deslizasen entre nubes bajas, cenicientas, que se fundían con la niebla levantada del suelo pelado de la meseta. En el fondo del silencio difundíase un resplandor rojizo, sobre el cual los copos revoloteaban hasta derretirse. Un batir sordo de cascos o tambores surgía de las tinieblas.

– ¡Eh, Juan! -murmuró Pedro Ruda-. Ahí están los paisanos. ¡Maldita noche, casi pasamos de largo!…

– O los atropellamos, que hubiera sido peor -comentó el aludido.

– Lleguemos de golpe hasta los fuegos… parece lo mejor -dijo Llanlil-. Hora mala de hacer visitas.

– Sí. Es preferible sorprender a ser sorprendido -reflexionó Ruda-. Uno nunca sabe…

A una señal suya el apretado grupo emprendió un breve galope y cuando los perros, desorientados por la nevazón, rasgaron la noche con sus ladridos, ya los jinetes irrumpían en el círculo de luz, donde un compacto número de indígenas se acuclillaban entumecidos. Desde otros fuegos cercanos, sombras alarmadas se interrogaban parloteando en su lengua.

La garganta de Llanlil emito un grito ronco, que tanto podía ser un saludo como una advertencia y con el cual obtuvo el raro efecto de acallar los murmullos.

Los indios, inmóviles ahora alrededor de las misérrimas hogueras, aguardaban callados y taciturnos.

– ¡Somos gente amiga! -gritó don Ruda rápidamente y sin perder de vista a los indígenas.

Una figura gigantesca se desprendió entonces del grupo y se adelantó despacio hacia los jinetes, sin demostrar temor alguno. Cuando estuvo próximo a don Pedro, Blanca se admiró de la imponente y a la vez grotesca traza de aquel individuo. Una altura de casi dos metros, rematada por una cabeza de viejo león de lacia melena negra cayendo desgreñada sobre la cara más feroz que se pueda imaginar. El sujeto era tuerto y su único ojo sano brillaba con un resplandor peligroso y socarrón. Le faltaban varios dientes y la larga herida que bajaba desde el pómulo hasta la comisura de los labios, estirándolos, lo obligaban a una permanente semisonrisa, helada y estremecedora. El vientre enorme parecía nacer directamente desde el pecho, ofreciendo la impresión de un gran tonel sostenido por macizas piernas. Los pies, en cambio, sensiblemente pequeños, pisaban sin molestia alguna el pedregoso suelo.

– ¿Tú vienes del campo del gringo? -preguntó a Ruda, mirándolo medio de costado con su ojo único.

– Vamos, Toro, ¿no me estás conociendo? -dijo don Pedro.

– ¡Ah, es cierto! -murmuró el llamado Toro con reticencia-. Salud, don Pedro, salud a todos…

– Bueno, Toro -dijo Ruda severamente-. ¿Sabes a qué vinimos, ¿no es cierto?… -y ante el silencio del capitanejo, continuó: -Queremos que nos devuelvan los animales que se llevaron.

– Mi gente tiene hambre… -protestó Toro roncamente.

– Suponiendo que sea verdad, no arreglan nada robando… ¿Don Guillermo Lunder no ha cumplido siempre con Maniquiquen? ¿Por qué venir en las sombras entonces? Si devuelven los carneros, mañana tendrán ovejas, harina y yerba, a cambio de pieles… como hemos convenido…

– No tenemos pieles -dijo el indio, mirando inquieto en dirección a la hoguera.

“Este teme algo… o a alguien” -pensó Ruda-, “pero; ¿a quién?”

La respuesta le llegó en seguida por boca de Juan, que arrimando su caballo, murmuró:

– Don Pedro, me parece que hay gente nuestra con los indios… Están ahí, cerca del fuego…

– ¿Nuestra?

Juan aclaró entonces: -Bueno, blancos quise decir.

– ¡Aja! ¿Quién está con ustedes? -preguntó Ruda al indio.

– Gente del Paso -respondió sin vacilar el gigante.

– ¡Vamos a verlos! -dijo resueltamente don Pedro-. Mantenga su grupo atento, Juan… y cuide a Blanca…

Pero la muchacha miraba a los indios sin temor. A su lado Llanlil parecía indiferente. Sin embargo vigilaba con desconfianza cada movimiento de los hombres de la tribu, que se desvanecían casi en la obscuridad, apenas amortiguada por el resplandor del fuego. La noche se cerraba sobre ellos con su lenta lluvia de copos. Muy cerca escucharon el familiar balido de ovejas y carneros.

– ¿Oyes, Llanlil? -dijo Blanca-. Bueno, sabemos que están vivos al menos.

– Si -asintió Llanlil- y volveremos con ellos.

Al acercarse al fuego, el grupo de Lunder tuvo la desagradable sorpresa de enfrentarse con Bernabé y dos peones de Sandoval.

– Mala noche para quedarse en el campo raso -observó Ruda.

– Ningún lugar es malo cuando se tiene agallas -respondió Bernabé provocador.

– Déjelo, don Pedro -intervino orgullosa Blanca-. Bueno, Toro ¿qué contesta? Queremos nuestros animales… Solamente bajo esa condición mi padre atenderá sus necesidades…

– ¡Ja… ja… ja! -se burló Bernabé-. Miren a la nena, manejando al Toro… ¡Se va a asustar, niña! -concluyó irónicamente.

Blanca adivinó en la obscuridad el salto del caballo de Llanlil y le cruzó el suyo para impedirle pasar.

– Mire, Bernabé; se está poniendo pesado últimamente. Estos son intereses de mi padre y le prohíbo que se cruce en nuestro camino…- Blanca, sujetaba su cabalgadura asustada por la presencia de los indios, los perros y el fuego cercano.

– Para prohibirme algo necesito un hombre ¡… qué j… der! -gritó Bernabé furioso, y la claridad del fuego centelleó instantáneamente en la hoja del largo cuchillo que brillaba en su mano. Ante su actitud los indios hicieron rueda, paladeando con roncos murmullos de expectación la perspectiva del desafío.

– ¡A ver quién es el macho que me saca del camino!… -gritó desafiante.

Un instante de indecisión podía ser fatal a los ojos de los indígenas y Ruda lo sabía.

Prestamente bajó del caballo, pero cuando giró sobre sus talones ya Llanlil estaba frente a Bernabé cuchillo en mano. Blanca ahogó un grito de alarma, pero Juan sujetó las riendas de su caballo diciéndole:

– Déjelos, señorita… Alguna vez tenía que suceder…

Llanlil había cruzado el poncho sobre el antebrazo y con las piernas tensas estudiaba a su rival. El cuchillo trazaba en el aire un peligroso dibujo circular.

Bernabé, al reconocerlo, bramó sordamente:

– ¡Ah!… Sos vos, perro. ¡Esta vez no te escapas! -pero su voz tenía una imperceptible inflexión de temor. Con gusto hubiera preferido enfrentar a un blanco, por bravo que fuera. En los ojos de Llanlil vagaba una luz peligrosa y su mirada era tan helada como la de un muerto; sólo que se clavaba en la suya, siguiendo sus menores movimientos con inexorable voluntad de matar. Bernabé se estremeció y su mano aflojó algo el mango del cuchillo. Resoplando se lanzó contra el indio, que lo aguardaba imperturbable.

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