Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Todavía algunos pasos; luego, a la izquierda, una pequeña sala anodina. Asientos, una mesa baja. Enfrente, dos puertas batientes con ojos de buey. Sobre una de las paredes, intentando animar el lugar, en vano, se veía una gran fotografía de una pradera. Flotaba allí una mezcla de olores a antisépticos, café y lejía. Pensé en los vestuarios de una piscina, en la que los cadáveres serían los bañistas.
Una camilla surgió por las puertas. Un enfermero corpulento estaba inclinado sobre ella; tenía el pelo como un vikingo, con cola de caballo, y llevaba puesto un delantal de plástico.
– ¿Qué se le ofrece, señor?
La voz era amable, en contraste con su aspecto de bárbaro. Un ayudante que estaba acostumbrado a hablar con familias en duelo.
– Querría ver al doctor Valleret.
– El doctor no recibe visitas. Yo…
Para poner los puntos sobre las íes, blandí mi identificación tricolor. Las puertas se batieron en sentido inverso, dejando la camilla abandonada. Unos segundos más tarde apareció un tipo grandote y encorvado, con un cigarrillo colgando de la boca. Su mirada estaba cargada de desconfianza.
– ¿Usted quién es? No lo conozco.
– Inspector jefe Durey, Brigada Criminal, París. Me interesa el caso Simonis.
Se apoyó en el canto de la puerta y paró el vaivén.
– ¿Los gendarmes están al corriente?
Me acerqué sin responder. Era casi tan alto como yo. Su bata abierta estaba manchada y tenía una extraña manera de coger el cigarrillo con la mano cerca de los labios, cubriéndose la mitad del rostro. Hasta entonces, las mentiras no me habían dado resultado. Opté por jugar limpio.
– Doctor, no tengo ninguna autoridad en este territorio. La juez Magnan me ha echado y del capitán Sarrazin solo he recibido amenazas. Sin embargo, no me iré de esta ciudad hasta que no conozca más detalles sobre el estado del cuerpo de Sylvie Simonis.
– ¿Por qué?
– Este caso apasionaba a uno de mis amigos. Un colega.
– ¿Cómo se llama?
– Luc Soubeyras.
– Nunca he oído ese nombre.
Valleret bajó la mano. Incluso con la cara descubierta, sus facciones eran huidizas, enmascaradas. Un rostro que se daba a la fuga, pensé.
– ¿Puedo hacerle algunas preguntas? -proseguí.
– Evidentemente, no. Váyase.
– Me he informado sobre usted. Clínica d’Albert. 1999.
– ¿Ah, sí? -dijo, sonriendo-. ¿Pretende atemorizar a mis pacientes?
– Besançon es una ciudad pequeña. Podría ser perjudicial para su imagen que…
Se echó a reír.
– ¿Mi imagen? -Aplastó el cigarrillo en el suelo-. Hace mucho tiempo que no me preocupa.
Una corazonada. Ese tipo se hacía el cínico desesperadamente, pero aún tenía lo sucedido a flor de piel. Tal vez la franqueza lo ablandaría, quebraría su resistencia.
– Luc Soubeyras es mi mejor amigo -dije alzando la voz-. En este momento está en coma, después de un intento de suicidio. Era católico y su acto es doblemente incomprensible. Estos últimos meses, investigaba el caso Simonis. Tal vez eso es lo que lo llevó a la desesperación.
– Sobrarían motivos.
Me estremecí. Era la primera vez que alguien daba crédito a mi referencia a «el caso que mata». Valleret se incorporó. Iba a hablar pero todavía tenía que empujarlo un poco; bastaba un capirotazo.
– Según usted, ¿Sylvie Simonis se suicidó?
– ¿Si se suicidó? -Me lanzó una mirada de reojo-. No. No creo que hubiera sido capaz de infligirse a sí misma tal sufrimiento.
– ¿De modo que fue un asesinato?
– El más demencial, el más refinado que se haya cometido jamás en el mundo.
29
Había diez fotografías sobre la superficie de acero pulido. Perpendiculares a la mesa de disección.
– Quiero que sepa de qué hablamos. Con exactitud -había dicho Valleret.
Yo ya no estaba tan seguro de querer saber. Las imágenes ilustraban, una tras otra, el proceso de una descomposición humana. La primera fotografía mostraba un plano de conjunto. Un claro en pendiente, rodeado de pinos que daban a un acantilado. Una mujer estaba de espaldas, encogida y de lado, como si durmiera. El cuerpo parecía un títere desarticulado, construido con fragmentos disparatados. La cabeza, hundida entre los hombros, y el busto arqueado mostraban proporciones normales, pero las caderas y las piernas iban disminuyendo de tamaño hasta llegar a los huesos de los pies, como si se tratara de la cola de una sirena de pesadilla.
La segunda imagen era un gran plano de tarsos y metatarsos unidos solamente por filamentos de carne ennegrecida. La tercera era una toma de los muslos, verdosos, apergaminados. En la cuarta, las caderas y el sexo eran un hervidero de gusanos, que levantaban placas de crisálidas y de fibras. Luego el vientre, pútrido, violáceo, hinchado, al cual también los profanadores daban vida.
Así, se subía hasta el busto, menos roído aunque horadado por el trabajo de las larvas y, hasta los hombros, solamente veteados. La cabeza, por fin, estaba intacta pero transmitía un sufrimiento aterrador. El rostro era solo una boca, horriblemente abierta, paralizada en un grito eterno.
– Todo lo que observa es obra del asesino -dijo Valleret, al otro lado de la mesa-. Este cadáver presenta todas las etapas de descomposición. Simultáneamente. De los pies a la cabeza, se puede reconstruir el proceso de putrefacción.
– ¿Cómo es posible?
– No es posible. El asesino llevó a cabo lo imposible.
«Como si la mujer hubiera muerto varias veces», había dicho Shapiro. Esa putrefacción por etapas era, por tanto, el fruto de un trabajo realizado con particular esmero.
– Al principio -prosiguió el matasanos-, cuando los bomberos y los tíos de urgencias descubrieron el cuerpo pensaron que las condiciones meteorológicas habían provocado estas diferencias. Es lo que yo también declaré, para calmar los ánimos. Pero como sin duda usted sabe, son gilipolleces. En condiciones normales, una descomposición se completa al cabo de tres años. ¿Cómo podía haberse degradado la mitad inferior hasta ese punto en menos de una semana? El asesino provocó ese fenómeno. Concibió y creó cada fase de la degeneración.
Bajé la vista para mirar una vez más las fotografías mientras que Valleret recitaba a media voz:
El sol brillaba sobre esa podredumbre
como si cocinarla bien quisiera,
devolviendo a la gran naturaleza
centuplicado aquello que antes uniera.
¡Un médico forense poeta! Hacía buena pareja con Svendsen. Conocía esos versos. «Una carroña», de Charles Baudelaire.
– En cuanto vi el cuerpo, pensé en esta estrofa -comentó-. Hay una dimensión artística en esa carnicería. Una toma de posición estética, un poco como esas telas cubistas que exponen, en un solo plano, todos los ángulos de un objeto.
– ¿Por qué? ¿Cómo lo hizo?
El médico rodeó la mesa y se colocó a mi lado.
– Desde el mes de junio no hago más que pensar en este cadáver. Trato de imaginar las técnicas del asesino. Creo que utilizó ácidos en las partes en las que la descomposición está más avanzada. Más arriba, inyectó productos químicos bajo la piel, en los músculos, para obtener ese aspecto apergaminado. Los diferentes estados de putrefacción implican también un tratamiento particular de la temperatura y de la luz. El calor acelera los procesos orgánicos.