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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Tiene todo el día de hoy. Le dará tiempo para visitar el fuerte Vauban.

Volví rápidamente al centro de la ciudad, donde se encontraba el despacho de la AFP. Cerca de la plaza Pasteur dejé el coche para entrar en una zona peatonal. Di con la agencia: una buhardilla situada en lo alto de un edificio de arquitectura tradicional. Joël Shapiro saboreó mi relato.

– ¡Tendrían que haberlo atendido correctamente!

Era un muchacho joven, con unos pocos rizos en torno a una incipiente calva, que parecían una corona de laurel. A modo de reminiscencia, llevaba una perilla en el mentón. Opté por tutearlo.

– En tu opinión, ¿por qué esa actitud?

– Censura informativa. No quieren decir nada.

– Y tú, ¿no has descubierto nada estos últimos meses?

Metió las dos manos en una caja de copos de maíz; el desayuno de los campeones.

– Nada de nada. No sueltan prenda. Y no estoy en la mejor posición para hacer averiguaciones.

– ¿Por qué?

– No soy de aquí. En el Jura, la ropa sucia se lava en casa.

– ¿Hace mucho que estás aquí?

– Seis meses. Había pedido Irak. ¡Me dieron Bezak!

– ¿Bezak?

– Es como llaman aquí a Besançon.

– Magnan ha mencionado que la víctima, Sylvie Simonis, era muy introvertida.

– Aquí es la comidilla del lugar.

– ¿La historia del infanticidio?

– ¡Un momento, no se precipite! Nunca se encontraron pruebas definitivas. Es más, hubo otros tres sospechosos. Pero no se obtuvo nada.

– ¿Nunca identificaron al asesino?

– Nunca. Y mire por dónde, Sylvie Simonis muere en circunstancias misteriosas. ¿Se imagina que pasara lo mismo con Christine Villemin? ¿Que apareciera asesinada?

– Corine Magnan me ha dicho que ni siquiera se había confirmado que fuera un asesinato.

– ¡Y una mierda! Lo taparon todo y santas pascuas.

Observé, bajo el techo abuhardillado, las estanterías repletas de expedientes grises y de cajas con fotos.

– ¿Tienes artículos o fotos de aquella época? Me refiero a 1988.

– Nada. Todo lo que tiene más de diez años se envía a los archivos de la sede central en París.

– ¿Y no los hiciste traer en junio?

– Sí, pero lo devolví todo. En realidad, no había gran cosa.

– Volvamos a Sylvie Simonis. ¿Tienes fotos del cuerpo?

– Ni una.

– ¿Y qué sabes sobre las anomalías del cadáver?

– Rumores. Dicen que en algunas partes estaba podrido hasta el hueso. Pero en cambio, la cara estaba intacta.

– ¿Es todo lo que has averiguado?

– Interrogué a Valleret, el forense de Besançon. Según él, ese fenómeno no es raro. Me citó ejemplos de cuerpos incorruptos después de años, particularmente los de los santos canonizados.

– Puede suceder que un cadáver no se descomponga. Pero no que se descomponga a medias.

– Tendría que hablar con Valleret. Un fuera de serie. Es parisino, pero creo que allí tuvo algunas dificultades.

– ¿Qué tipo de dificultades?

– Ni idea.

Cambié de conversación.

– He oído decir que se trata de un crimen satánico. ¿Sabes algo al respecto?

– No. Nunca he oído nada parecido.

– ¿Y el monasterio?

– ¿Notre-Dame-de-Bienfaisance? Está cerrado. Es decir, ya no hay monjes ni monjas allí. Es una especie de albergue, de refugio. Los misioneros van a descansar. Las personas en duelo también.

Me puse de pie.

– Daré una vuelta por Sartuis.

– ¡Lo acompaño!

– Si quieres ayudar -dije-, ve al juzgado de primera instancia. Averigua si mi visita ha armado mucho revuelo.

Pareció decepcionado. Tuve un detalle con él.

– Te llamaré más tarde.

A modo de conclusión, le mostré la foto de Luc.

– ¿Has visto alguna vez a este hombre?

– No. ¿Quién es?

Parecía que Luc hubiera evitado pasar por Besançon. Sin contestar, me dirigí hacia la puerta.

– Otra cosa -dije, ya en el umbral-. ¿Conoces a los periodistas locales de Sartuis?

– Por supuesto. Jean-Claude Chopard, de Le Courrier du Jura. Un especialista en el primer caso. Incluso quería escribir un libro.

– ¿Crees que hablará?

– ¡Comparado con él, yo he hecho voto de silencio!

28

– ¿Un forense llamado Valleret? Ni idea.

Aceleré en dirección al sudoeste, hacia el barrio de Planoise, donde se sitúa el hospital Jean-Minjoz. Acababa de llamar a Svendsen. Él conocía a los mejores forenses de Francia e incluso de Europa. Era imposible que no hubiera oído hablar de un especialista, de un «fuera de serie» parisino. Shapiro también había mencionado ciertas «dificultades». ¿Quizá Valleret se dedicaba a otra especialidad en la capital? A veces, la medicina forense era un buen escondrijo para los que huían de los vivos.

– Trabaja en el Jean-Minjoz de Besançon. ¿Podrías informarte? Creo que ha tenido problemas en París.

– ¿Un cadáver en el armario, quizá?

– Muy divertido. ¿Lo investigarás o no? Es urgente.

Svendsen se rió sarcásticamente.

– Mantén el teléfono libre y espérame, guapetón.

Cerré el móvil y entré en el aparcamiento del edificio. El hospital era una lúgubre construcción de hormigón, seguramente de los años cincuenta, con hileras de estrechas ventanas. Del primer piso pendían carteles: «¡no a la asfixia!», «¡más subvenciones, menos presiones!».

Encendí un cigarrillo mientras tamborileaba en el volante. Conté los minutos. Tenía que darme prisa; el capitán Sarrazin no iba a perderme de vista. No solo contaba con que me siguiera el rastro sino también con que previera mis actos y mis gestos. Tal vez ya había llamado a Valleret. El timbre del móvil me sobresaltó.

– Oye, ese tío más vale que se limite a los cadáveres.

Miré el reloj. Svendsen había tardado menos de seis minutos en encontrarlo.

– De entrada, es un cirujano ortopédico. Un as, según parece. Pero tuvo una depresión. Perdió los papeles. Una operación terminó mal.

– ¿Es decir?

– Un chaval. Una infección. Valleret se quedó dormido con el bisturí en la mano y le cortó un músculo. Desde entonces, el chaval cojea.

– ¿Cómo es posible que se durmiera?

– Le daba a la botella y abusaba de los ansiolíticos. No es muy recomendable si tienes que operar.

– ¿Y qué pasó luego?

– Los padres lo denunciaron. La clínica le cubrió las espaldas pero tuvo que desaparecer. Hizo la especialidad de forense y ahí está de nuevo en Besançon. Divorciado, sin un céntimo, siempre empastillado. Uno más que ha escogido la medicina forense como purgatorio. Y sin embargo, la medicina forense es el arte más noble, porque cura el alma de los vivos y…

Corté su impulso lírico.

– ¿Cómo se llama la clínica? ¿Qué fecha?

– Clínica d’Albert. 1999. Les Ulis.

Di las gracias a Svendsen.

– Sobre todo, quiero un informe detallado del caso -replicó-. Estoy seguro de que vas detrás de algo diabólicamente genial. Valleret no debe de haber comprendido ni la mitad de lo que tiene ese cadáver. Para el lenguaje de los muertos se nace. Yo…

– Te llamaré.

Atravesé la explanada a paso rápido. Sobre el portal, un cartel advertía: «¡vuestra salud no es un rehén!». El depósito de cadáveres estaba en el nivel -3. Me dirigí hacia los ascensores, sin echar ni una mirada al grupo de enfermeras en huelga que hacían una sentada.

En el subterráneo, la temperatura bajó como mínimo una decena de grados. El pasillo estaba desierto y no había ninguna señalización. Por instinto me dirigí hacia la derecha. Por el cielo raso pasaba una tubería negra; unos paños de hormigón, desnudos y glaucos, se sucedían sobre los muros. El sistema de ventilación zumbaba.

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