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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Paola agitó una mano, con apremio.

Pasaron unos momentos mientras él buscaba, yendo adelante y atrás, y al fin dio con el texto. Sosteniendo el libro con los brazos extendidos, volvió la cabeza hacia ella y dijo:

– Según Cicerón, éste es el deber del buen cónsul, pero yo lo haría extensivo a todos los políticos. -Ella movió la cabeza de arriba abajo y Brunetti volvió al texto, que leyó con voz declamatoria-: «Debe proteger las vidas e intereses del pueblo, apelar a los sentimientos patrióticos de sus conciudadanos y, en general, anteponer el bien común al suyo propio.» -Paola se quedó en silencio, reflexionando sobre lo que él acababa de leer. Luego cerró el libro y lo arrojó sobre la mesa que tenía delante.

– ¡Y pensar que yo creía que mi libro era una obra de ficción!

Capítulo 19

Se despertaron con nieve. Una cierta cualidad de la luz hizo comprender a Brunetti lo ocurrido incluso antes de que acabara de abrir los ojos y despertara del todo. Miró hacia el balcón y vio un fino ribete blanco en equilibrio sobre la barandilla de la terraza y, más allá, tejados nevados y un cielo tan azul que dañaba la vista. No se veía ni un velo de nube, como si durante la noche todas ellas se hubieran disgregado y caído sobre la ciudad. Él trataba de recordar cuándo fue la última vez que había nevado de este modo, que la nieve había cuajado en lugar de diluirse enseguida en lluvia.

Tenía que averiguar el espesor. Llevado del entusiasmo, se volvió con intención de comentar el hecho con Paola, pero al ver el fino relieve blanco inmóvil a su lado, desistió y se contentó con levantarse de la cama y acercarse al balcón. El campanario de San Polo y, más allá, el de los Frari, estaban blancos. Salió al pasillo y fue al estudio de Paola, desde donde vio el campanario de San Marco y el ángel dorado y reluciente. A lo lejos repicaba una campana, pero la reverberación estaba amortiguada por la nieve que todo lo cubría, y él no habría podido adivinar de qué iglesia ni de qué dirección llegaba el sonido.

Volvió al dormitorio y otra vez se acercó al balcón. Ya se veían finas huellas de pájaro impresas en la nieve de la terraza. Un rastro terminaba en el mismo borde, como si el ave no hubiera podido resistir la tentación de lanzarse hacia aquella blancura. Sin pensar, Brunetti abrió el balcón y se agachó a palpar la nieve, para averiguar si era la húmeda y compacta, apta para hacer bolas, o la seca que volaba formando una nube si la removías de un puntapié.

– ¿Te has vuelto loco? -preguntó una voz a su espalda, no menos indignada por estar amortiguada por la almohada. Quizá un Brunetti más joven habría llevado a la cama un puñado de nieve, pero éste se contentó con agacharse y dejar en ella la impronta de su mano. Era nieve seca, observó.

Cerró el balcón, fue hacia la cama y se sentó.

– Ha nevado -dijo.

Levantó la mano que había tocado la nieve y la acercó al hombro de Paola. Aunque ella estaba de espaldas y tenía la cabeza semiescondida bajo la almohada, él oyó con toda claridad:

– Si me tocas con esa mano, me divorcio y me llevo a mis hijos.

– Ya son mayores para decidir por sí mismos -respondió él con lo que creía olímpica calma.

– Yo guiso.

– Es verdad -repuso él, reconociendo la derrota.

Paola volvió a caer en coma y Brunetti se fue a la ducha.

Cuando, media hora después, Brunetti salió del apartamento, había tomado su primer café y recordado ponerse la bufanda. También se había calzado unas botas con suela de goma. Efectivamente, era nieve en polvo la que se extendía ante él, virgen hasta el primer cruce. Brunetti hundió las manos en los bolsillos del abrigo y adelantó un pie, diciéndose que lo hacía para comprobar si el suelo estaba resbaladizo. En absoluto, advirtió, complacido: era como caminar sobre plumas. Dio un puntapié, primero con la bota derecha y después con la izquierda, levantando surtidores de nieve.

Al llegar al cruce, se volvió y contempló su rastro con orgullo. Por la calle que salía al campo había pasado ya mucha gente abriendo surcos en cuyos bordes empezaba a fundirse la nieve. Los transeúntes caminaban despacio, con la precaución del marinero recién embarcado que aún no está muy seguro de sus piernas. Pero era gozo, no ansiedad lo que él veía en la cara de la mayoría, como los niños que salen al recreo. La gente se sonreía y, aun sin conocerse, todos tenían algo que decirse acerca de la nieve.

Brunetti compró Il Gazzettino en su quiosco habitual. «Reincidente», dijo para sus adentros al tomar el periódico. Vio, en primera plana, en un pequeño recuadro, un par de frases sobre el asesinato de Marghera y un envío a la primera página de la segunda sección, donde Brunetti leyó que en el complejo industrial de Marghera había sido hallado el cadáver de un hombre no identificado. El hombre había recibido un disparo y yacía en la calle, donde lo había encontrado un vigilante nocturno. Los carabinieri habían manifestado que seguían varias pistas y esperaban poder identificar a la víctima en breve.

El tono rutinario de la noticia asombró a Brunetti: como si el imaginario vigilante se tropezase todas las noches con un cadáver. No se daba descripción de la víctima, ni se indicaba el lugar exacto donde había sido hallada, ni se mencionaba que pertenecía al cuerpo de carabinieri. A Brunetti le habría gustado conocer la fuente, y el motivo, de información tan escueta como ficticia.

Al llegar al pie de Rialto, Brunetti dobló el diario y se lo puso bajo el brazo. Al otro lado del puente, dudó entre seguir a pie o tomar el vaporetto. Optó por esta última alternativa, seducido por la idea de pasar por delante de una Piazza San Marco nevada.

Tomó el Tres, más rápido, y se quedó en cubierta, contemplando con deleite, Gran Canal arriba, la transformación que se había producido durante la noche. Estaban blancos los muelles que bordeaban el canal, los hules que cubrían las góndolas dormidas y las estrechas calli, no transitadas todavía, que conducían del canal a los distintos núcleos de la ciudad. Al pasar por las Comune, observó lo sucios que muchos edificios aparecían bajo la nieve; sólo los ocres y los rojos conservaban un aspecto respetable con el contraste. Ante los palazzi Mocenigo, Brunetti recordó haber entrado una vez en uno de ellos con su tío, no sabía por qué. Más allá, a la derecha, el Palazzo Foscari, con los alféizares adornados por una filigrana de nieve. A la izquierda, el Palazzo Grassi, ahora, vulgar almacén de arte de segunda fila. Al pasar por debajo del puente de Accademia, vio cómo la gente se agarraba al pretil para bajar la escalera y, cuando el puente quedó atrás, observó similar cautela al otro lado: la madera es más traicionera que la piedra; sobre todo, si hace pendiente y te da la impresión de proyectarte hacia adelante.

Pasada la Piazzetta, era tan intenso el fulgor de la nieve que cubría la explanada entre la biblioteca y el palacio que Brunetti tuvo que protegerse los ojos haciendo pantalla con la mano. El bueno de san Teodoro seguía en lo alto de su columna clavando la lanza en la cabeza a su minidragón. ¡Cómo se debatía el animal por escapar! Pero sería inútil, por más que la nieve frenara a san Teodoro.

Retazos de cúpulas asomaban entre la nieve que empezaba a fundirse al sol de la mañana. Por todas partes surgían santos, pasó volando un león, las embarcaciones se saludaban con las bocinas y Brunetti cerró los ojos, dejándose inundar por aquel ambiente festivo.

Cuando los abrió, estaban frente al puente de los Suspiros, abarrotado incluso a esta hora por los turistas que no querían dejar de retratarse junto al lugar en el que tantos se habían parado por última vez camino de la prisión, la tortura o la muerte.

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