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Nadie lo ha visto

Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:

La idílica isla sueca de Gotland se prepara para la temporada turística. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla y celebra con sus amigos el inicio del verano. Pero el buen ambiente que se respira durante la fiesta se acaba de pronto cuando Per, el novio de Helena, tiene un ataque de celos y reacciona de forma violenta. A la mañana siguiente, la joven sale a pasear con su perro por la playa para reflexionar sobre lo ocurrido y desaparece en la densa niebla.
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
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Quiso mucho a su padre, con quien podía h;ihlar de todo. Le habría necesitado ahora, cuando se sentía tan confuso, para hablar de Emma. Los remordimientos lo consumían. ¿Quién era él en realidad? ¿Estaba tan frustrado que no era capaz de encontrar a alguien que estuviese libre, disponible? ¿Qué derecho tenía a inmiscuirse en la vida de Emma? Ninguno en absoluto. Allí existía un hombre que vivía con Emma, que compartía el día a día con ella. Un hombre, de su misma edad, que cuidaba de su familia. ¿Qué habría hecho él mismo si alguien hubiera seducido a su esposa y madre de sus hijos? Matarlo, casi seguro. O, al menos, dejarlo malherido. Con secuelas de por vida.

Se levantó y encendió un cigarrillo, mientras paseaba de un lado a otro de la habitación. «Piensa si Emma, en el fondo, tiene una buena relación familiar, ¿y si ella y su marido sólo están pasando una mala racha? No sería de extrañar después de todo lo que ha ocurrido.»

Abrió el minibar y sacó una cerveza. Aquellos pensamientos lo atormentaban a toda hora.

Ahora bien, ¿y si Emma, realmente, no se sentía a gusto en su matrimonio? ¿Y si estuviera metida en una relación que estaba muerta? Muerta y bien muerta, ¿de modo que nunca pudiera llegar a ser feliz con su marido? Quizá los niños sufriesen las consecuencias de que sus padres estuvieran continuamente peleándose. Malas caras e irritación. Voces furiosas. Broncas por menudencias. Ambiente tenso en torno a la mesa. ¿Qué sabía él de su situación? Emma no le había explicado nada. ¡Si ni siquiera se conocían! Sólo se habían visto unas pocas veces. ¿Por qué le absorbía ella el pensamiento de aquella manera? Se asustaba de sí mismo.

La inquietud le agitaba. Necesitaba aire. Se abrochó los cordones de las deportivas y salió. En la calle, la gente, ya con ropa de verano, daba vueltas de un lado a otro y comía helados, como si no hubiera preocupaciones en el mundo. Se encaminó hacia el puerto dando un paseo. Pasó al lado de los barcos, cada día más numerosos. Se sentó al borde del muelle y contempló el mar, brillante bajo el sol. Aspiró profundamente la brisa fresca del mar. Qué bien le hacía la proximidad del mar.

En el fondo, ¿qué sentido tenía su vida? No hacía más que trabajar. Los días eran muy parecidos unos a otros. Entregaba reportaje tras reportaje. Una confiscación de drogas por aquí, un asesinato por allá, robos y malos tratos por acullá. Y así año tras año. Vivía en su pequeño apartamento, veía a sus amigos, salía de marcha los fines de semana.

Por primera vez había encontrado a una mujer que lo hacía vibrar de verdad. Que se deslizaba por debajo de su piel. Que le hacía pensar. Las gaviotas chillaban. Vio entrar en puerto un barco procedente de la Península. Más turistas alegres de camino a la maravillosa isla de Gotland. ¿Por qué no se trasladaba a vivir aquí, sin más? Podría empezar a trabajar en el diario Gotlands Allehanda o en el Gotlands Tidningar. Siempre quiso escribir, pero no había tenido oportunidad. Aquí podría informar acerca de otras cosas. Estar en contacto con la gente.

«Fíjate en todo lo que se ahorran quienes viven en Gotland y en lo que tienen que soportar los residentes en Estocolmo: el tráfico, las colas, el estrés, el metro… Todo tiene que ir a toda pastilla.» Sin ir más lejos, la última vez que estuvo en casa después del primer viaje a la isla, percibió la diferencia con toda claridad. Desde el mismo momento en que se bajó del barco en el puerto de Nynäshamn, aceleró el paso sin darse cuenta. Se sentía molesto en los comercios en cuanto tenía que esperar un poco. El estrés formaba parte de las grandes ciudades. Las personas no se miraban de la misma manera que en Gotland, donde había tiempo para charlar y para mirar a los demás. La vida era más pausada y más agradable. Más reposada. Además, siempre le había gustado mucho Gotland, con su maravillosa naturaleza y el mar cerca. Y estaba Emma. Sería capaz de mudarse por ella. ¿Querría Emma? No lo sabía. Tendría que esperar a ver lo que pasaba. Sobre todo, tenían que verse más.

JUEVES 21 DE JUNIO

El zumbido del torno de alfarero era el único ruido que se oía. Gunilla Olsson estaba sentada con las piernas abiertas en una sencilla silla de madera, trabajando, con un pie en el pedal que controlaba la velocidad del torno. Alta al principio, cuando empezaba con una masa nueva de arcilla, después más baja.

El sol del atardecer brillaba a través de las ventanas que se abrían en una de las paredes. Era la víspera del solsticio de verano, el día con más horas de luz del año. Fuera, los gansos aún no tenían idea de que fuese hora de retirarse. Andaban dando vueltas, picoteaban hierba y graznaban a coro.

Echó otro montón de arcilla de Gotland en el torno. Se mojó las manos en el cubo que tenía al lado y dejó que los dedos se posaran con suavidad y precisión sobre la masa de arcilla, mientras el torno le daba vueltas y más vueltas.

El taller estaba lleno de estanterías con objetos de cerámica: tiestos, jarras, platos, cuencos y floreros. En las paredes de madera había restos de arcilla reseca. Un espejo colgaba de la pared. Polvoriento y manchado, era casi imposible mirarse en él.

Empezó a tararear una canción mientras trabajaba. Estiró un poco la espalda y se echó otra vez la trenza hacia atrás por encima del hombro. Sólo moldearía otro par de tiestos. Después lo dejaría.

El pedido que estaba a punto de rematar supuso muchas semanas de trabajo duro, pero le iba a reportar un buen dinero con el cual podría mantenerse buena parte del invierno. Había decidido tomarse un par de días libres durante el fin de semana en que se celebraba midsommar, la fiesta del solsticio de verano. Lo celebraría tranquilamente con su amiga Cecilia, que también era artista y vivía sola. Sólo hacía un par de meses que se conocían. Se conocieron en una exposición de arte en Ljugarn en Semana Santa, y enseguida congeniaron y se hicieron buenas amigas. Iban a pasar el fin de semana en la casa de Cecilia, en Katthammarsvik.

Hacía muchos años que Gunilla no celebraba la fiesta de midsommar en Suecia. El invierno pasado había regresado al país después de diez años en el extranjero. Cuando estudiaba en la Universidad de Arte y Diseño, Konstfack, coincidió con Bernhard, un estudiante de arte holandés, librepensador e indómito. Gunilla interrumpió sus estudios y se fue con él a Maui, una de las islas Hawai, para empezar una nueva vida en libertad bajo el sol. Vivieron en una comuna, trabajando como artistas. La vida era perfecta. Pero todo cambió cuando se quedó embarazada. Bernhard la abandonó para irse con una francesa de dieciocho años que lo miraba como si fuera Dios.

Gunilla volvió a casa para abortar. Deprimida y sin amigos, se concentró en su trabajo. Y le fue bien. Ofreció varias exposiciones en las que vendió mucho y ahora el negocio estaba encarrilado. Además, había trabado nuevas amistades últimamente. Cecilia era una de ellas.

Los graznidos de los gansos la sacaron de sus ensoñaciones. Gritaban como alborotados. «¡Joder! -rezongó para sí, porque no quería interrumpir su trabajo precisamente cuando estaba dando forma a la parte superior del tiesto-. ¿Qué diablos les pasa?»

Se incorporó un poco y miró por la ventana. Los gansos estaban apiñados en el patio. Miró a uno y otro lado. No notó nada extraño, y se volvió a sentar, decidida a terminar los dos últimos tiestos. Quizá fuese una soñadora, pero siempre había sido disciplinada.

Los gansos se callaron y, de nuevo, el zumbido rítmico del torno fue el único sonido.

Tenía la mirada concentrada en la masa del torno. La forma del tiesto ya estaba casi lista.

De repente se inmovilizó. Algo se había movido fuera de la ventana. O alguien. Como si hubiera cruzado una sombra. ¿O eran figuraciones suyas? No estaba segura. Detuvo el torno. Escuchó, se quedó esperando, sin saber con exactitud qué.

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