Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– ¿Es usted una bruja, señora Wade? -preguntó sorprendido de sí mismo. Sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa con su característica ironía.
– No, aunque lo he contemplado seriamente. Conozco unas cuantas y he incorporado algunos aspectos de sus rituales en mi método.
– ¿Cómo cuáles?
– Bendiciones, hechizos de protección, ese tipo de cosas. Todo muy inofensivo, se lo aseguro.
– La gente se empeña en asegurarme un montón de cosas, señora Wade y, francamente, me estoy hartando. -Dejó su copa en la mesa y se inclinó hacia delante-. En este pueblo hay como una conspiración de silencio. Incluso una conspiración de protección. Todos deben de haber conocido la historia de Geoff Genovase, todos deben de haber contemplado la posibilidad de que él hubiera sido responsable de los robos. Y, sin embargo, nadie dijo nada. De hecho, usted se mostró reacia a hablar de los robos. ¿Hubo otros que no fueron denunciados cuando ya había corrido la voz?
Se arrellano en el sillón y recuperó su copa. Prosiguió más despacio:
– Alguien ha asesinado a Alastair Gilbert. Si la verdad no se descubre, esta situación se comerá el pueblo como un cáncer. Cada persona se preguntará si su amigo o su vecino merece su lealtad, luego se preguntará si el amigo o vecino sospecha de él. La serpiente está en el jardín, señora Wade, e ignorarla no hará que se marche. Ayúdeme.
La música tintineó en el silencio que siguió a las palabras de Kincaid. Por primera vez, Madeleine no lo miró a los ojos sino que clavó los suyos en su copa mientras removía el líquido lentamente. Finalmente levantó la vista y dijo:
– Supongo que tiene razón. Pero ninguno de nosotros quería ser responsable de hacer daño a un inocente.
– Las cosas nunca son tan sencillas y usted es suficientemente perspicaz como para darse cuenta.
Ella asintió con conformidad.
– Todavía no estoy segura de lo que quiere que haga.
– Hábleme de Geoff Genovase. Claire Gilbert lo tachó de ingenuo. ¿Es corto de alcances, poco despierto?
– Justo lo contrario, diría yo. Muy inteligente, pero sí es cierto que hay algo de ingenuidad en él.
– ¿Cómo? Descríbamelo.
Madeleine tomó un sorbo de su vino y se quedó un momento pensativa. Luego dijo:
– Por el lado positivo diría que tiene una imaginación muy desarrollada y que sigue siendo capaz de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Por el lado negativo pienso que no hace frente a las cosas de una manera emocionalmente adulta… Elige retirarse a su vida de fantasía en lugar de enfrentarse a una situación desagradable. Pero la mayoría de nosotros ha hecho lo mismo en un momento u otro.
Últimamente mucho, pensó Kincaid. Luego se preguntó si ella sería capaz de percibir su breve chispa de vergüenza.
– Madeleine -dijo, omitiendo deliberadamente el formalismo «señora Wade»-, ¿puede notar en él el potencial para actuar con violencia?
– No lo sé. Nunca he sido expuesta a un ejemplo claro de antes y después. Puedo sentir la ira crónica, como ya le dije ayer, pero no tengo manera de saber cuándo va a explotar o si va a hacerlo.
Haciendo girar el líquido de su copa, tal como Madeleine había hecho, y mirando como se dibujaban lazos en el interior, Kincaid dijo como con indiferencia:
– ¿Está enfadado Geoff?
Madeleine negó con la cabeza.
– Geoff está asustado. Siempre. Venir aquí parece que lo tranquiliza. A veces simplemente viene, se sienta y durante una hora o así se queda en silencio.
– ¿Pero no sabe por qué?
– No. Sólo que ha sido así desde que lo conozco. Ellos llegaron al pueblo unos años antes que yo. Brian dejó su trabajo de ventas y compró el Moon. -Cambió de postura y el gato se levantó, mirándola ofendido antes de saltar al suelo-. Mire -dijo Madeleine con brusquedad-, si no se lo digo yo, ese asqueroso de Percy Bainbridge lo hará, y prefiero que lo sepa por mí.
– Se puede decir que Geoff tenía motivos para odiar a Alastair Gilbert. Cuando Geoff tuvo problemas, Brian le rogó a Alastair que lo ayudara. Le explicó lo del chantaje y la enfermedad de Geoff. Le explicó también que él nunca hubiera participado voluntariamente. Simplemente una palabra al magistrado podría haber aligerado la condena. Hasta podría haber conseguido la condicional. Pero Alastair se negó. Lo sermoneó sobre la santidad de la ley, pero todos sabíamos que era una excusa. -Hizo una mueca-. Alastair Gilbert era un mojigato con pretensiones de superioridad moral que disfrutaba jugando a ser Dios y el problema de Geoff le dio la oportunidad de ejercer su poder.
Kincaid, Gemma y Nick entraron en la sala de interrogatorios juntos. Kincaid había pedido a Deveney que dejara a Gemma dirigir el interrogatorio y había puesto al día a Gemma sobre los resultados de su registro.
– Estaré preparado para hacer de poli malo si es necesario -le dijo-, pero ya está muy aterrorizado y no creo que esa estrategia sea eficaz.
Geoff Genovase estaba acurrucado en la rígida silla de madera, con aspecto indefenso e incómodo en sus tejanos y camiseta de algodón. La intensa iluminación de la habitación le proporcionó a Kincaid la oportunidad de estudiarlo de cerca. Los pómulos altos le daban a la cara del chico un aire casi eslavo, y sus ojos recelosos eran de un color gris claro y de largas pestañas. Era una cara honesta, cándida, sin sombra de malicia. Kincaid se preguntó, como hacía a menudo, cuán fácilmente se veía afectada su percepción del otro por la simple combinación de genes que forman una cara humana.
– Hola, Geoff. -Gemma se sentó justo enfrente de él, con los codos en la mesa-. Siento todo esto.
Él asintió y sonrió tembloroso.
– Me gustaría resolver este asunto rápidamente para que puedas irte a casa.
Kincaid y Deveney se habían sentado a ambos lados de Gemma, pero un poco más atrás, lo que le permitía a Geoff concentrarse en ella.
– Estoy segura de que esto ha de ser muy difícil para ti -prosiguió Gemma-, pero necesito que me hables de las cosas que encontramos en tu habitación.
– Nunca he pretendido… -Geoff carraspeó y empezó de nuevo-. Nunca he pretendido quedarme con ellas. Era sólo un juego, algo para… -Se detuvo y movió negativamente la cabeza-. No lo entendería.
– ¿Era un juego al que jugabas con Lucy?
Asintió.
– Sí, ¿pero cómo…? -En su labio superior aparecieron perlas de sudor-. Lucy no lo sabía -dijo levantando la voz-. En serio. N… nunca le he dicho la verdad sobre la procedencia de los talismanes. S… se hubiera enfadado de verdad conmigo.
– Lucy nos ha hablado un poco del juego. También nos ha dicho que conseguías estos objetos en los mercadillos de beneficencia. -En la voz de Gemma había un toque de desaprobación-. Ella confiaba en ti.
– ¿Lucy sabe… esto? -susurró Geoff, lívido. Cuando Gemma asintió, el chico cerró los ojos un instante y apretó los puños en un gesto de desesperación.
Gemma se acercó a él, hasta que su cara estuvo a apenas treinta centímetros de la del chico.
– Escucha, Geoff. Comprendo que quieres ayudar a Lucy. Pero, ¿cómo podías jugar con objetos que estaban mancillados, que habían sido robados?
En el hueco de la garganta de Geoff se notaba su pulso. Por debajo del dragón blanco y negro que había dibujado en su camiseta se veía claramente como subían y bajaban sus clavículas. Gemma, pálida y cansada, pero decididamente receptiva, mantenía la mirada fija en él.
Tenía un talento raro e instintivo para establecer una conexión con la persona y para llegar exactamente al centro emocional de las cosas. Cuando los ojos de Geoff se llenaron de lágrimas y el chico se tapó los ojos con las manos, Kincaid supo que lo había logrado otra vez.