Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– Tiene razón -dijo con la voz apagada-. No me gustaba coger cosas de mis amigos, pero no lo podía evitar. Y el juego no avanzaba. Trataba de convencerme a mí mismo de que no sabía por qué, pero sencillamente estaba demasiado avergonzado para admitirlo. Siempre le decía a Lucy que no se esforzaba lo suficiente.
– ¿Lo suficiente en qué?
Geoff levantó la cabeza.
– En convertirse en su personaje. En trascender el juego.
– ¿Y qué pasaría entonces? -preguntó Gemma con razonable curiosidad.
Él respondió encogiéndose de hombros.
– Viviríamos esta vida a un nivel distinto. Estaríamos más comprometidos, más dedicados… No lo puedo explicar. Pero eso es sólo mi idea, y seguramente son todo gilipolleces. -Se apoyó en el respaldo con aspecto cansado y vencido.
– Quizás -dijo Gemma bajito-, o quizás no. -Se metió un mechón de pelo en la trenza y respiró hondo-. Geoff, ¿cogiste algo de casa de Lucy para el juego?
Negó con la cabeza.
– No voy a su casa si lo puedo evitar. No le gusto… gustaba a Alastair.
Kincaid no tuvo problemas para imaginar lo que había sentido Alastair Gilbert por Geoff, o lo que hubiera dicho de él.
– Quizás la noche del miércoles fue una excepción -insistió Gemma-. Quizás había algo que necesitabas y Lucy no estaba en casa. Has entrado con facilidad en las casas de otros, tenemos pruebas de ello. Quizás pensaste que podías colarte un minuto y nadie se habría enterado. Excepto que Alastair llegó a casa inesperadamente y te cogió. ¿Te amenazó con enviarte de nuevo a la cárcel?
Geoff negó con la cabeza, esta vez con más ímpetu.
– ¡No! No me acerqué por allá, lo juro, Gemma. No sabía lo que había pasado hasta que Brian vio los coches de policía. Luego me desesperé porque pensaba que le había pasado algo a Lucy o a Claire.
– ¿Por qué? -preguntó Gemma-. ¿Por qué no pensaste que le había pasado algo al comandante, un hombre de edad mediana con un trabajo muy estresante? ¿Por qué no podía haber caído muerto de un ataque al corazón?
– No lo sé. -Geoff enroscó un dedo en su cabello y tiró de él, un gesto curiosamente femenino-. Simplemente no pensé en él. Supongo que es porque no solía estar en casa a esa hora.
– ¿En serio? -la voz de Gemma sonó extrañada-. Eran casi las siete y media cuando se recibió la llamada en el 999.
– ¿Sí? -Se movió en su silla y con un dedo se frotó una muñeca desnuda-. No me di cuenta. No he llevado reloj desde que me despedí de la hospitalidad de su Majestad la Reina -dijo con un inesperado toque de humor.
– Sabes que te he de preguntar esto. -Gemma le respondió con una sonrisa-. ¿Dónde estuviste entre las seis y las siete y media de ese miércoles?
Geoff dejó caer sus manos entrelazadas sobre su regazo. -Acabé con el jardín de Becca alrededor de las cinco, diría yo. Luego fui a casa y me bañé para limpiarme la porquería.
Ahora se siente seguro, pensó Kincaid, observando su postura relajada.
– ¿Y después? -preguntó Gemma, sentándose cómodamente en su silla.
– Me conecté en Internet. Estuve buscando un operador de Internet que rindiera un poco mejor que el que estoy usando. Brian entró un momento a decir algo, pero no estoy seguro de la hora.
La mirada de Kincaid se cruzó con la de Deveney. La conexión no sería difícil de comprobar, pero, ¿cómo podían estar seguros de que Geoff no dejó que el ordenador bajara el software mientras él cruzaba la carretera y mataba al comandante?
– Justo había acabado cuando oí las sirenas. Luego Brian subió arriba para decirme que había pasado algo en casa de los Gilbert.
Eso le pareció raro a Kincaid. Con el bar lleno de clientes, ¿por qué fue necesario que Brian informara a su hijo antes de cruzar la calle para investigar?
– ¿Te vio alguien? -preguntó Gemma esperanzada, pero Geoff negó con la cabeza.
– ¿Puedo irme a casa ahora? -preguntó el joven, aunque su voz delataba muy poco optimismo.
Gemma miró a Kincaid, luego estudió a Geoff antes de decir:
– Quiero ayudarte, Geoff, pero me temo que hemos de retenerte un poco más. ¿Entiendes que si tus vecinos identifican positivamente los objetos que encontramos en tu dormitorio tendremos que acusarte del delito de robo?
Will Darling estaba en el pasillo, fuera de la sala de interrogatorios, y parecía relajado como si hubiera estado haciendo una siesta de pie.
– Brian Genovase ha pedido hablar con usted en privado, señor -le dijo a Kincaid cuando éste salió y cerró la puerta-. Lo he dejado en la cantina con una taza de té. He pensado que estaría más cómodo allá.
– Gracias, Will. -Kincaid había dejado a Gemma y Deveney para tomarle declaración a Geoff y así poder él ponerse al día con su papeleo. Debería haber sabido que eso no iba a suceder.
El olor a grasa caliente hizo que su garganta se contrajera convulsivamente. También hizo que se diera cuenta, con unas náuseas que le revolvían el estómago, de que estaba muerto de hambre. Recordaba vagamente el almuerzo. El reloj le mostró que eran las ocho.
La sala estaba casi vacía y rápidamente divisó a Brian sentado mirando fijamente su taza. Kincaid pidió un té tan negro que podía haber sido café y se sentó junto a Brian en la pequeña mesa naranja.
– Que color tan repugnante, ¿no? -preguntó Kincaid, golpeando la mesa con los nudillos al sentarse-. Me recuerda a papilla de bebés. Siempre me pregunto quién se encarga de la decoración.
Brian lo miraba sin comprender, como tratando de descifrar una lengua extranjera, luego dijo:
– ¿Está bien? He llamado a nuestro abogado, pero no está en su oficina.
– Geoff está prestando declaración justo ahora y parece que lo lleva razonablemente bien…
– No. Usted no lo entiende -dijo Brian mientras apartaba la taza. La cucharilla cayó del platito con estrépito-. Ya sé que piensa que mi reacción es exagerada, siendo mi hijo un adulto. Pero es que ustedes no entienden lo de Geoff.
»Verá, su madre nos abandonó cuando Geoff tenía seis años. El pobre niño pensó que fue por su culpa y sentía pánico a que yo lo abandonara también. Entonces tenía un buen trabajo como representante y me podía permitir el pagar a alguien para que se quedara con él cuando estaba fuera. Pero cada vez que me iba le entraba pavor. Al principio pensé que lo superaría, pero en vez de eso empeoró. Finalmente dejé mi trabajo e invertí mis ahorros en el pub.
– ¿Y fue la solución? -preguntó Kincaid revolviendo su té sucio con desgana.
– Al cabo de un tiempo -dijo Brian mientras se apoyaba contra el respaldo. Miró a Kincaid de igual a igual-. Pero fue entonces cuando empecé a descubrir lo que ella le había hecho. Ella le dijo que era culpa suya que nos fuera a dejar, que no era lo suficientemente bueno, que no estaba a la altura. Y antes que eso, le hizo… -Sacudió la cabeza de una forma que le hizo pensar a Kincaid en un toro frustrado-. Hizo cosas viles a un niño pequeño. Se lo digo, comisario, si alguna vez me encuentro a esa puta la mataré. Y entonces seré yo quien esté en una celda. -Miró a Kincaid con agresividad, sacando la barbilla. Luego, al ver que Kincaid no respondía, se relajó y suspiró-. Me sentí responsable. ¿Lo entiende? Debía haber visto lo que estaba pasando, la debí haber parado. Pero estaba demasiado absorto en mi propio suplicio.
– Se sigue sintiendo responsable -afirmó Kincaid.
Brian asintió.
– Con los años mejoró. Las pesadillas desaparecieron. Era buen estudiante aunque no hacía amigos con facilidad. Luego, cuando estuvo en prisión empezó todo de nuevo. El médico de la cárcel lo llamó «ansiedad por separación».
– Comisario, si envían a Geoff de nuevo a prisión, no creo que se recupere jamás.
Kincaid notó un movimiento por el rabillo del ojo y levantó la mirada. Will Darling estaba dirigiéndose hacia ellos por entre las mesas como una barcaza navegando por el Támesis.