Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– Te lo prometo.
Max le puso la mano en la nuca y le dio un beso rápido.
– Cuando venga a buscarte, tienes que estar preparada.
– Lo estaré. -Lola le acarició el brazo-. Prométeme que tendrás cuidado.
– Cariño, siempre tengo cuidado.
Cuando Max se apartó, Lola le apretó el brazo.
– Prométeme que volverás.
Max le tomó la mano y se la besó.
– Haré todo la que pueda -aseguró.
Había solamente dos reglas vitales en todo conflicto, dos principios de guerra que Max seguía: ganar a cualquier precio y descartar el fracaso como opción. Max se había encontrado en demasiados conflictos para no creer en esos dos principios más que nunca.
Se hincó al lado del arroyo que bajaba por la ladera de la colina y recogió un poco de barro con los dedos. Se lo esparció por la frente, el contorno de los ojos, las mejillas y la barbilla. También se embadurnó con él los brazos y las manos.
La música procedente de la playa enmudeció y Max echó una ojeada a través del follaje. Era noche cerrada, así que no contaba con buena visibilidad. Un poco más abajo de donde se encontraba, a la izquierda, vislumbró los destellos de una fogata. Por encima del sonido de las olas, se oían los ruidos y las fanfarronadas típicos de una borrachera. La música latina volvió a sonar. Era el tipo de música con la que Max se había criado, la música que le traía recuerdos de botellas vacías y de ceniceros que se estrellaban contra la pared.
Max avanzó hasta la primera hilera de árboles y se convirtió en una sombra más. Tres de los chicos malos estaban sentados frente al fuego bebiendo mientras que el cuarto estaba repantigado en una de las sillas, aparentemente sin sentido. No veía a Baby, pero la cuerda con que la habían sujetado se encontraba atada todavía a la pata de la silla. Max se agazapó detrás de una palmera y escuchó, observó y esperó.
Los tres tipos que se encontraban frente a la hoguera eran iguales a todos los hombres que se reunían para emborracharse. Se quejaban de sus mujeres y de sus novias, y se quejaban de su trabajo. Se quejaban de lo pesado que era recoger la droga y transportarla a los barcos a tiempo, como si trabajaran para la oficina de correos.
Cuanto más tiempo pasaba escuchando, más bebían y más escandalosos se ponían. Hablaron acerca de la muerte de José Cosella y de la recompensa que su jefe ofrecía por la cabeza del hombre que la había matado. Quinientos mil pesos. Era una pena que nadie tuviera la más remota idea de quién era ese gringo ni de dónde se había metido.
Max se volvió hacia el lugar donde estaba Lola. La distinguió en la oscuridad, sentada, con los codos sobre las rodillas, observando la playa con los prismáticos. El vestido era un lago azul en su regazo y la luna acariciaba sus largas piernas y sus labios carnosos. Centró de nuevo su atención en la playa, pero sus pensamientos no se encontraban por completo en el trabajo. Levantó la mano y se la acercó a la nariz. Todavía estaba allí, entre sus dedos. El olor de Lola Carlyle. El aroma de su sexo. Lo inhaló con fuerza y sintió que su cuerpo reaccionaba. El deseo se le despertó en la entrepierna y la polla se le puso dura debajo de los téjanos. Cerró los ojos y se imaginó que la besaba allí. Allí, entre los muslos, donde ella estaba mojada y lo deseaba. Lo deseaba a él.
Si alguien le hubiese dicho que algún día él tendría una relación sexual con Lola Carlyle mientras unos traficantes de droga se montaban una fiesta no muy lejos, se habría partido de risa. Max se había considerado siempre un chico afortunado, pues había sobrevivido a muchas circunstancias extremas, pero nunca habría pensado que lo fuese tanto.
Desde el día que había requisado el Dora Mae, Max se la había imaginado desnuda debajo de su cuerpo. Se la había imaginado como la culminación de la fantasía de cualquier hombre. Había imaginado que Maximilian Zamora, hijo de un inmigrante cubano alcohólico, follaba con una supermodelo.
Max cerró el puño y bajó la mano. Había sido poco previsor. Lo habían pillado con la guardia baja, la cual no era frecuente. No tenía ninguna sensación de triunfo masculino. No tenía ninguna prisa por contárselo los colegas. Sólo sabía que se había dejado arrastrar por la lascivia en circunstancias extremadamente peligrosas. Había ido demasiado lejos y, si se presentaba una nueva oportunidad, volvería a hacerlo, una y otra vez.
Max se quedó sentado en las sombras durante media hora más y luego desanduvo el camino entre los árboles y arbustos y se dirigió a un punto donde la isla se curvaba y la playa se perdía de vista. Si había algo en lo que Max siempre había confiado, era su instinto; pero últimamente su instinto estaba fallando. Le había fallado durante la operación en Nassau y le había fallado respecto a Lola también. O quizá no era que su instinto le fallase, sino que él no lo escuchaba.
Las olas le lamieron la punta de las botas cuando se agachó para sacar el cuchillo de la caña de la bota. En el caso de Lola, la última posibilidad parecía la acertada. La deseaba y, por mucho que se dijera a sí mismo que eso podía conducirlo a la muerte, no prestaba atención.
Ahora que ya había estado con ella, sabía sin sombra de duda que había sido un error, y no por la amenaza física que conllevaba. Hacer el amor con Lola Carlyle no había sido lo espectacular que se había imaginado. No había sido lo lascivo que podían ser mil fantasías sexuales diferentes. No, había sido mejor. Mucho mejor. Estar con ella, mirarla a la cara mientras penetraba su húmedo y cálido cuerpo, lo había hecho atisbar algo mucho más fuerte que el sexo. Algo más fuerte que el deseo que nacía en la entrepierna y marcaba el ritmo y la profundidad. Poseerla hasta el punto de que ella no supiese dónde empezaba él y dónde terminaba ella le había hecho entrever la que podía ser su vida junto a ella. Y, durante unos instantes, se había prestado a eso. Había permitido que ese sentimiento se le instalara en el pecho, le quitara el aliento y le robara la razón.
Pero no había sido más que un destello. Una fantasía, después de todo. En la vida real, Max no era un chico «para siempre» y Lola no era el tipo de mujer que se quedaría con alguien como él, un hombre que no podía garantizar que estaría allí al día siguiente.
Max se adentró en el agua y apartó esos pensamientos de su mente. Lola era una civil, exactamente igual que cualquier otro civil. Y ése era su trabajo, exactamente igual que tantos otros que había realizado. Los años de disciplina le habían enseñado a distanciarse de todo excepto de lo necesario. Cuando las olas le llegaron al pecho, Max se colocó el cuchillo entre los dientes para no perderlo y empezó a nadar. Recorrió unos ciento cincuenta metros procurando que lo único que emergiese del agua fuera su cabeza a la altura de los ojos. No provocó la más mínima perturbación en la superficie mientras nadaba paralelamente a la costa.
En la distancia, el Dora Mae semejaba una enorme ballena embarrancada, un desecho triste, patético. Cuanto más se acercaba, más se parecía esa silueta a un yate, pero no por ello resultaba menos triste o patético. La planeadora se encontraba fondeada unos seis metros a la izquierda del yate, pero sobresalía tan poco del agua que Max no la habría visto si no hubiera sabido dónde se encontraba.
La lancha se mecía suavemente sobre las olas cuando Max la alcanzó y subió a ella. Se sacó el cuchillo de la boca y esperó unos momentos a que la vista se le acostumbrara a la luz del interior del casco. Había tres barriles de plástico en el lado de estribor, junto a la que parecía ser una caja de municiones del ejército. Max echó un vistazo a la playa y divisó a los cuatro hombres. Entonces levantó la tapa.
Bingo. Un alijo de todo tipo de armas. A la luz de la luna, Max distinguió varias ametralladoras MP4, pero no encontró munición. Había aproximadamente una docena de cartuchos de dinamita y de cabezas detonadoras, pero sonrió cuando su mano topó con algo.