El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Me mareó la visión de tanta belleza reunida en un mismo lugar. Pasamos junto a un par de jarrones de porcelana que llegaban a la altura de mis hombros, pintados con preciosos diseños orientales. Lorenzo me los señaló con un gesto.
– Un regalo del sultán Qa'it-Baj. -Señaló la pared-. Un retrato de mi viejo amigo Galeazzo Maria Sforza, duque de Milán, antes de que muriera y Ludovico ocupase su lugar. Aquella es una pintura de Uccello, y otra de del Pollaiuolo, una de mis favoritas. -Aquellos eran nombres conocidos para cualquier florentino educado, aunque pocos habían tenido la fortuna de ver sus obras-. Esa de allí es una bonita obra de fra Angelico.
Fra Angelico. Era el famoso monje dominico que había pintado soberbios frescos en los muros del convento de San Marcos -incluso en las celdas de los monjes- a instancias de Cosme de Médicis. A medida que miraba la pintura, no pude menos que preguntarme si Savonarola aprobaba un adorno tan innecesario. San Sebastián, nuestro protector de la plaga, aparecía en plena agonía, con su plácida mirada dirigida hacia el cielo incluso mientras se desplomaba, atado a un árbol, con el cuerpo e incluso la frente cruelmente atravesados por flechas.
Antes de que pudiese comenzar a disfrutar de tales maravillas, Lorenzo llamó de nuevo mi atención. Me condujo hasta una larga mesa que contenía «parte de mi colección de monedas y gemas». Había colgado una lámpara sobre la mesa, para que la luz hiciese resplandecer los metales y las piedras. Había alrededor de unas doscientas piezas. Nunca había imaginado que se pudiese acumular tanta riqueza en el mundo, y mucho menos en Florencia.
– Estas son de los tiempos de los cesares. -Señaló una hilera de monedas opacas y gastadas, muchas de las cuales eran de forma irregular-. Otras provienen de Constantinopla y Oriente. -Recogió torpemente un rubí del tamaño de la mitad de su puño y me lo ofreció. Se echó a reír ante mi renuencia a cogerlo-. No pasa nada, niña. No tiene dientes. Sostenlo a la luz, de esta manera, y busca las irregularidades: grietas o pequeñas imperfecciones en la piedra. No encontrarás ninguna.
Hice lo que me pedía, mientras procuraba no temblar al saber que sujetaba en mi mano algo que superaba toda la riqueza de mi familia, y lo sostuve ante la lámpara para mirar a su través.
– Es hermoso.
Asintió, complacido, mientras se lo devolvía.
– También tenemos muchos medallones diseñados por nuestros mejores artistas. Este lo diseñó hace muchos años nuestro Leonardo. Solo hay unos pocos ejemplares. -Dejó el rubí casi despreocupadamente y luego cogió con mucho cuidado una moneda de oro. Vi en su rostro una leve melancolía.
Cogí la moneda y leí la inscripción: duelo público. Allí aparecía Juliano, que levantaba inútilmente las manos contra las dagas empuñadas por sus asesinos. Al mismo tiempo que apreciaba su belleza, me estremecí al recordar el relato de Zalumma de lo que habían hecho con el cadáver de micer Iacopo. «Ochenta hombres en cinco días», había dicho mi padre. ¿Podía ser este hombre tan amable capaz de semejantes crímenes?
– Por favor, acéptalo como un regalo -dijo.
– Tengo uno -respondí, y de inmediato me avergoncé por mi rechazo de un generoso ofrecimiento-. Mi madre me lo dio.
No había dejado de observarme atentamente, y al oír mi respuesta, su mirada se agudizó todavía más; después se suavizó gradualmente.
– Por supuesto. Había olvidado que regalé algunos a los amigos.
Así que me dio otro medallón, en el que aparecía su abuelo Cosme y el escudo de los Médicis. Era obra de otro artista, muy hábil aunque carecía de la delicadeza de la mano de Leonardo; sin embargo, me sentí igualmente asombrada por la generosidad del Magnífico.
Me pareció que estaba agotado, pero insistió en mostrarme otra colección, una de camafeos de calcedonia que iban desde el blanco más puro a un gris casi negro, y otra de cornalinas de color rojo brillante y naranja. Algunas de las hermosas tallas hechas por el famoso Ghiberti llevaban incrustaciones de oro.
También había una exposición de copas hechas en piedra tallada, tachonadas con gemas y filigranas de oro y plata. Para entonces, Lorenzo estaba casi al final de sus fuerzas, así que no me mostró ninguna en particular. En cambio, me llevó hasta un pedestal donde había un único plato llano, apenas un poco más grande que el que había utilizado en la cena.
– Este también es de calcedonia, aunque la copa sea marrón rojiza -explicó con voz ronca. Sobre el fondo oscuro había un camafeo de color blanco lechoso con diversas figuras de tiempos remotos-. Es el mayor de mis tesoros. Este es Osiris, con la cornucopia, y esta es su esposa, Isis, sentada. Su hijo Horus ara la tierra. -Hizo una pausa, y el orgullo apareció en su voz-. Esta copa fue utilizada por los reyes y las reinas de Egipto en sus rituales. La propia Cleopatra bebió de ella. Cuando Octavio la derrotó, se perdió durante un tiempo, pero después reapareció en Constantinopla. De allí pasó a la corte del rey Alfonso de Nápoles. Finalmente acabó en Roma, donde la compré. -Advirtió mi mal disimulada ansia y sonrió-. Adelante. Tócala.
Lo hice, y me maravillé de su perfección a pesar de su antigüedad; parecía tan nueva que había creído, antes de escuchar la explicación de Lorenzo, que se trataba de otra creación florentina. Los bordes eran fríos y suaves al tacto. Miré a ser Lorenzo con una sonrisa y descubrí que no era la copa lo que miraba con gran aprecio y contento, sino a mí.
Mi embeleso se rompió con el sonido de unas pisadas. Al volverme, vi a Giovanni Pico, con una copa llena de un líquido oscuro en la mano. La sorpresa fue mutua. Pillada con la guardia baja, me eché hacia atrás. Me sonrió cortésmente; yo no pude.
– Vaya. Si es la hija de Antonio Gherardini -dijo. Dudaba que recordase mi nombre-. ¿Cómo estás, querida?
Lorenzo lo miró con una expresión de profundo cansancio.
– Veo, Giovanni, que conoces a nuestra madonna Lisa.
– Soy un gran amigo de Antonio. -Pico saludó con un gesto. Era muy poco cortés, pero no dije nada. No había vuelto a ver al conde Pico desde el día del funeral de mi madre. Si bien había ido con frecuencia a visitar a mi padre. Yo me negaba siempre a recibirlo y me quedaba en mi habitación. Pese a su actitud, sin duda sabía que lo detestaba.
La expresión de Pico era estudiada, pero no podía ocultar del todo la curiosidad por mi presencia allí; aunque era parte del entorno de los Médicis, al parecer no había sido invitado a la fiesta de esa noche, ni sabía cuál era el motivo de la misma.
– Te he estado buscando, Lorenzo -dijo en un amable tono de reproche-. Ya ha pasado la hora de tomar tu pócima. -Me sonrió con una expresión resabiada-. Nuestro anfitrión a menudo está tan pendiente de las necesidades de los demás que olvida cuidar de sí mismo.
Lorenzo hizo una leve mueca.
– Ser Giovanni ha sido durante muchos años uno de nuestros más queridos allegados. No estamos de acuerdo en algunas cuestiones… pero continuamos siendo amigos.
– Aún confío en convertirte -replicó Pico con buen humor. No obstante había cierta inquietud en el aire, como si su alianza estuviese ahora forjada más en la conveniencia y en el deseo de mantener un ojo vigilante en las actividades del otro-. Perdonadme por interrumpir vuestra conversación. Por favor, madonna Lisa y Lorenzo, continuad. Esperaré con suma paciencia hasta que acabéis. Pero ten presente, querido Lorenzo, que no debes olvidar tu salud.
Lorenzo advirtió mi curiosidad respecto a la pócima; después de todo, nos había dejado a Leonardo y a mí solos en el patio con el comentario de que volvía al interior para tomarla.
– Me entretuvieron otros asuntos -murmuró solo para mis oídos.
– Has sido muy amable, ser Lorenzo -respondí. Deseaba marcharme cuanto antes, porque la presencia de Pico me provocaba una profunda inquietud; el recuerdo de la muerte de mi madre era todavía muy fresco-. Pero creo que te sentaría muy bien un descanso. Con tu permiso, preferiría marcharme.