El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Quizá percibió la angustia en mi voz -o quizá estaba exhausto- porque no protestó.
– Déjame la pócima -le dijo a Pico-. Ve a ver si está preparado el carruaje de ser Antonio, y dile a él que su hija no tardará en bajar. Lo encontrarás en la capilla. Después busca a Piero y envíamelo.
Recuperé la tranquilidad en cuanto salió Pico.
– La presencia de ser Giovanni te inquieta -señaló Lorenzo.
Agaché la cabeza y miré el brillante suelo de mármol.
– Estaba presente cuando murió mi madre.
– Sí, recuerdo que lo mencionó. -Hizo una pausa para poner en orden sus pensamientos-. No hay nada más terrible que perder a aquellos que más amamos. Una muerte prematura, una muerte injusta, provoca una pena muy profunda. Hace que el corazón se vuelque fácilmente hacia el odio. -Bajó la mirada-. No paré mientes en buscar la venganza cuando murió mi hermano. Ahora es una carga en mi conciencia. -Calló durante un momento para mirar hacia el lugar donde había estado Pico-. Ser Giovanni es un hombre dado a los extremos. No existe un hombre más educado; sin embargo ahora su corazón pertenece a fray Girolamo. El mundo ha perdido a uno de sus mejores filósofos. ¿Has oído hablar de su teoría del sincretismo? Sacudí la cabeza.
– Sostiene que todas las filosofías y religiones contienen la semilla de la verdad, y que todas contienen errores. Nuestro Giovanni afirma que cada una debe ser analizada para determinar las verdades comunes y descartar las falacias. -Esbozó una sonrisa severa-. Por eso, el Papa quería que lo quemasen en la hoguera. Vino aquí, hace dos años, para disfrutar de mi protección. Ahora apoya a un hombre que solo busca mi caída.
Su rostro se nubló súbitamente; exhaló un suspiro que pareció surgir de lo más profundo de su ser.
– Niña, me temo que tendré que ser descortés y sentarme en tu presencia. Esta velada me ha agotado mucho más de lo que esperaba.
Lo ayudé a sentarse en una silla. Esta vez, se apoyó pesadamente en mi brazo, incapaz ya de mantener la ficción de que había mejorado. Se sentó con un leve gemido debajo del cuadro de san Sebastián moribundo y se apoyó en la pared. Cerró los ojos; a la sombra de la antorcha, parecía tener el doble de su edad. Asustada, le pregunté:
– ¿Quieres la pócima?
Una leve sonrisa asomó en sus labios, luego abrió los ojos y me miró con afecto.
– No. Pero ¿querrás sujetar la mano de un viejo, querida, y consolarme hasta que llegue Piero?
– Por supuesto. -Me acerqué a su lado y me incliné un poco para sujetarle su mano; estaba tan fría y delgada que podía notar los huesos deformados.
Permanecimos en un cómodo silencio hasta que Lorenzo me preguntó en voz baja:
– Lisa, si te llamo ¿vendrás de nuevo?
– Por supuesto -repetí, aunque no podía imaginar cuál podía ser la razón de su deseo.
– Nuestro Leonardo se ha quedado muy impresionado contigo -comentó-. Confieso que le he visto dibujar tu boceto en el patio. Le encargaré que pinte tu retrato cuando pueda descargarse de algunas de sus obligaciones en Milán por un tiempo. ¿Te parece bien?
El asombro me dejó sin habla. Mi primer pensamiento fue para mi padre. Tal honor aumentaría considerablemente su prestigio y ayudaría a la prosperidad de su negocio. Sin embargo, dudaba que pudiese superar su fanática devoción a las enseñanzas de Savonarola. Fortalecería su relación con los Médicis de un modo que seguramente despertaría la desaprobación de sus nuevos asociados.
Pero aquel no era el momento de manifestar mis dudas. Cuando pude hablar, contesté:
– Será para mí un gran honor. Me entusiasma la idea.
– Bien -dijo con gesto firme-. Hecho.
No volvimos a hablar hasta que se abrió de nuevo la puerta y entró uno de los hijos de Lorenzo.
– Giuliano. -El tono manifestó su irritación-. Mandé llamar a tu hermano. ¿Dónde está Piero?
– Indispuesto -respondió Giuliano en el acto. Tenía el rostro arrebolado, como si hubiese venido corriendo en respuesta a la llamada; al verme, su expresión se iluminó levemente-. ¿No te sientes bien, padre? -Miró en derredor y vio el vaso con la pócima sin probar-. No te has tomado la pócima a su hora. Déjame que te la acerque.
Lorenzo me soltó la mano y descartó con un gesto las palabras de su hijo.
– Mi hijo menor -me comentó con cariñoso orgullo-, es tan rápido en atender mis deseos como lo es mi hijo mayor no haciéndoles caso.
Giuliano sonrió; algo en el gesto me recordó al busto de terracota del patio.
– Lamento no poder acompañarte hasta donde espera tu padre -añadió Lorenzo-, pero Giuliano es un joven responsable. Tienes mi garantía de que te llevara allí sana y salva. -Buscó de nuevo mi mano y la apretó con una fuerza notable para alguien tan enfermo-. Que Dios te acompañe, querida.
– Lo mismo digo. Gracias por tu bondad al invitarme a tu casa, y por el encargo del retrato… -Nos soltamos las manos con renuencia. Sentí una extraña tristeza cuando apoyé mi mano en el brazo del joven Giuliano y dejé a su padre, un viejo feo y enfermo, rodeado por la belleza y la riqueza de siglos.
25
En el pasillo, Giuliano y yo caminamos entre más cuadros, esculturas y delicados jarrones de porcelana que medían la mitad de mi altura, todo iluminado con las velas de los elegantes candelabros de bronce, oro y plata. Lo hicimos en un silencio incómodo; yo apoyaba la mano rígidamente en su antebrazo, mientras él miraba fijamente al frente y andaba con una dignidad más propia de alguien diez años mayor que él. Como su padre, vestía prendas de color oscuro y una sencilla túnica hecha con la mejor lana de mi padre.
– Lamento, madonna Lisa, que la enfermedad de mi padre interrumpiese tu visita.
– Por favor, no te disculpes -respondí-. Yo lamento que ser Lorenzo continúe enfermo.
En la oscilante luz, vi cómo en el rostro de Giuliano aparecía una expresión solemne.
– Mi padre le quita importancia ante sus invitados, pero ha estado tan enfermo durante los últimos meses que todos creímos que moriría. Aún está muy débil; los médicos le han dicho que no reciba invitados, pero estaba decidido a ver de nuevo a sus amigos. En particular quería ver a Leonardo, y, aunque no me lo dijo, supongo que deseaba verte para algún futuro arreglo matrimonial.
– Sí -contesté. La mención del artista de Vinci, que había hecho un esfuerzo especial para asistir a aquel encuentro, reavivó mis ilusiones-. Pero es terrible lo de tu padre. ¿Qué mal lo aflige?
– Es el corazón. -Giuliano se encogió de hombros con una expresión de impotencia-. Al menos, eso es lo que dicen, aunque creo que saben menos de lo que admiten. Siempre ha sufrido de gota; algunas veces hasta tal punto que grita al menor roce de las sábanas con su piel. Le duelen los huesos. A esto se han sumado últimamente una docena de enfermedades distintas, que ninguno de sus médicos ha podido aliviar. Está débil; no puede comer; está inquieto y dolorido… -Sacudió la cabeza y se detuvo de repente-. Estoy muy preocupado por él. Tiene cuarenta y tres años, pero parece un anciano. Cuando yo era pequeño, le sobraban las energías, corría y jugaba con nosotros como si fuese uno más. Me aupaba en su caballo y cabalgábamos juntos… -Se le quebró la voz; guardó silencio hasta recuperar el control.
– Lo siento mucho. -Acababa de perder a mi madre. Comprendía el miedo que ahora sentía el muchacho-. Pero ha mejorado, ¿no?
– Sí… -asintió rápidamente sin mirarme.
– Entonces sin duda continuará la mejoría. No debes perder la esperanza.
– ¡Perdóname, madonna! -dijo bruscamente-. Eres nuestra invitada, y yo te importuno con mis quejas. No debería preocuparte con mis cuitas.
– Deseo saberlas -repliqué-. Ser Lorenzo ha sido muy bondadoso conmigo; me ha mostrado su colección, a pesar de su agotamiento.