El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Esta era una más rápida y burda representación de algo que azuzó mi memoria; había visto esa imagen en alguna parte. Me llevó unos instantes recordar que la había visto con mi madre, en una pared cercana al palacio de la Signoria.
Era la de un hombre colgado de una cuerda, con el rostro hacia abajo y las manos atadas a la espalda. Debajo, el artista había escrito: «La ejecución de Bernardo Baroncelli».
Era una imagen terrible, en absoluto apropiada para enviar a una muchacha; no se me ocurrió qué había incitado a Leonardo a hacerlo. ¿Qué relación podía tener Baroncelli conmigo?
La carta aumentó todavía más mi confusión. «Espero con más ansia de la que puedo expresar verte de nuevo.» ¿Era una alusión al amor? Pero había firmado la carta con una indiferencia inusuaclass="underline" «Tu buen amigo». Amigo, y nada más. Al mismo tiempo, la carta me emocionaba; el encargo de Lorenzo era una realidad, y no simple palabrería para halagarme.
Por lo tanto, cada noche esperaba a mi padre, ansiosa por saber algo del retrato o, más importante aún, saber si había llegado una invitación para visitar Castello.
Cada noche me llevaba una desilusión. Mi padre no hacía ningún comentario al respecto, y gruñía una respuesta negativa cada vez que me atrevía a preguntarle si había sabido algo de ser Lorenzo sobre un posible casamiento.
Sin embargo, tras una nueva decepción, al regresar a mis aposentos, Zalumma me esperaba, lámpara en mano; se apresuró a cerrar la puerta.
– No me preguntes cómo la he recibido. Cuanto menos sepas, mejor -dijo, y sacó del corpiño una carta sellada. La cogí, segura de que la había enviado Lorenzo. El lacre mostraba el escudo de los Médicis, pero el contenido distaba mucho de ser el esperado. La leí a la luz de la lámpara de Zalumma.
Mi estimada madonna Lisa:
Perdona la libertad que me tomé cuando viniste a visitar el palacio de mi padre, y perdona que ahora la repita al escribirte esta carta. Sé que soy demasiado atrevido, pero mi coraje surge del deseo de verte de nuevo.
Mi padre está muy enfermo. Incluso así, me ha dado permiso para que te lleve, con una escolta de su elección y otra escogida por tu padre, a nuestra villa en Castello. Ahora mismo, mi hermano Piero le está escribiendo a ser Antonio para solicitar su permiso y dejar que nos acompañes.
La perspectiva de verte de nuevo me llena de impaciencia. Hasta entonces, te saluda,
Tu humilde servidor,
Giuliano de Médicis
27
En los días siguientes, aparté todos los pensamientos de Leonardo da Vinci, aunque en privado no dejaba de buscarle un motivo al dibujo de Bernardo Baroncelli. Tonta como era, me centré en cambio en el momento en que Giuliano se había inclinado para darme un beso en la mejilla. Soñaba con El nacimiento de Venus y La primavera de Botticelli. Solo las conocía por las descripciones; ahora intentaba imaginar cómo serían en las paredes de Castello. Incluso imaginé cómo se vería mi propio retrato colgado junto a ellas. Anhelaba sumergirme de nuevo en la belleza, como había hecho con la amable guía de ser Lorenzo. Por la noche, yacía en la cama, y por primera vez desde la muerte de mi madre, tenía pensamientos que me llevaban fuera de mí misma, fuera de la casa de mi padre y de mi dolor.
Desde hacía algún tiempo, el negocio de mi padre había ido en aumento, y le obligaba a regresar más tarde de lo habitual; en consecuencia había renunciado a esperarlo y me retiraba sin hablar con él hasta la mañana. A menudo llegaba a casa en compañía de Giovanni Pico, y ambos se dedicaban a beber y a hablar, sin apenas tocar la cena servida.
Pero ahora había tomado una decisión: esperaba, sin hacer caso de los gruñidos de mi estómago, y permanecía sentada a la mesa no sé durante cuánto tiempo hasta que llegaba. No le hacía ninguna pregunta; me limitaba a comer, convencida cada noche de que él acabaría por mencionar la invitación de Lorenzo. Así lo hice durante cuatro noches, hasta que no pude soportar más la impaciencia.
Le pedí a la cocinera que mantuviese la cena caliente, y después me senté a la mesa. Allí estuve durante tres horas, quizá más, hasta que prácticamente se agotaron las velas y mi hambre se hizo casi insoportable; estuve a punto de decirle a la cocinera que me sirviese la comida.
Por fin apareció mi padre; afortunadamente sin el conde Pico. A la luz de las velas, se le veía macilento y desaseado; no se había molestado en recortar su barba de hebras doradas desde la muerte de su esposa. Aquí y allá, algunos pelos rebeldes aparecían fuera de lugar, y el bigote, demasiado largo, rozaba su labio inferior.
Al verme pareció desilusionado, aunque no sorprendido.
– Ven a sentarte -le dije, y le señalé su silla. Después fui a decirle a la cocinera que sirviese la cena. Al volver, él se había sentado, pero sin molestarse en quitarse la capa, a pesar de que el fuego en la chimenea había caldeado la habitación.
Permanecimos en silencio mientras la cocinera traía la minestra y la servía. Después de que se marchara, dejé pasar un momento mientras mi padre comenzaba a tomar la sopa, y luego, sin conseguir ocultar mi nerviosismo, le pregunté:
– ¿Has recibido alguna carta que me concierna?
Dejó la cuchara lentamente y me miró a través de la mesa, con una expresión inescrutable en sus ojos color ámbar. No me respondió.
– ¿De Lorenzo de Médicis, o quizá de Piero? -insistí.
– Sí, recibí una carta -dijo. Luego volvió su atención a la sopa.
¿Acaso disfrutaba atormentándome? Me vi obligada a preguntar:
– ¿Cuál ha sido tu respuesta?
Hizo una pausa, con la mirada puesta en el plato, y a continuación -con una furia mal contenida que me sobresaltó- estrelló la cuchara contra la mesa.
– No habrá ninguna respuesta -afirmó-. Mantendré la promesa hecha a tu madre: dejaré que Lorenzo sea tu casamentero. Pero más vale que escoja a un buen devoto, si vive lo suficiente para tomar una decisión.
Su cólera encendió la mía.
– ¿Por qué no puedo ir? ¿Qué mal hay en ello? ¡He sido tan infeliz! ¡Esto es lo único que puede aliviar mi sufrimiento!
– ¡No volverás a pisar la casa de los Médicis nunca más! -La cólera ardía en sus ojos-. Su tiempo está a punto de acabar. Dios los derribará; su caída será total. Disfruta con el recuerdo de todos los hermosos tesoros que has visto, porque desaparecerán muy pronto, convertidos en cenizas.
Me dije que solo repetía las palabras de su nuevo salvador y no le hice caso. De todos modos, le pregunté furiosa:
– ¿Cómo sabes que me mostraron tesoros? ¿Cómo lo sabes?
No se molestó en responder a mi pregunta.
– He sido muy paciente contigo, por cariño y respeto a tu dolor. Pero temo por tu alma. Vendrás conmigo mañana a escuchar la prédica de Savonarola. Rezarás a Dios para que aparte tus pensamientos de las cosas mundanas y los dirija a lo celestial. También rezarás para que te perdone por tu cólera contra fray Girolamo.
Apreté los puños; los apoyé en la mesa, angustiada al comprender que se me negaba un mundo de luz y belleza, un mundo lleno de arte con los Médicis, con Leonardo y la representación de mi propia imagen por sus manos hábiles y delicadas.
– Eres tú quien debe implorar perdón a Dios. Tú eres quien causó la enfermedad de tu esposa; tú quien la condujo a la muerte. Tú eres quien ahora frecuenta a sus asesinos, y permaneces ciego a su culpa para aliviar la tuya propia.
Se levantó con tal violencia que la silla rechinó contra el suelo. Sus ojos se llenaron con lágrimas de ira; su mano derecha tembló mientras se esforzaba por mantenerla junto al cuerpo, para no levantarla y golpear a quien había desatado su ira.
– No sabes nada… Tú no sabes nada. ¡Solo te lo pido porque te quiero! Que Dios te perdone.