El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– No lo sé. Creo que fue el calor.
Estaban sufriendo una ola de calor interminable, pero, con gran angustia, Joe le hizo ver que ninguna otra monja se había desmayado, ni siquiera las más ancianas.
Gabriella esperó otras dos semanas para estar del todo segura. Y a finales de septiembre, pese a no poder confirmarlo científicamente, ya no le cabía duda. Tenía todos los síntomas y aunque carecía de experiencia, sabía que estaba embarazada. Un día se las arregló para salir del convento y llamó a Joe. Quedaron en el apartamento y nada más verla Joe comprendió que algo iba mal. Y cuando Gabriella le dio la noticia, lleno de estupefacción la abrazó y rompió a llorar. Estaba muy turbado. No era forma de empezar un matrimonio. Y el embarazo iba a precipitar las cosas. Gabriella supuso que había ocurrido la primera vez, de modo que estaba casi de dos meses. No disponía de mucho más tiempo para tomar una decisión. Independientemente de lo que hiciera Joe, ella tenía que dejar el convento. No haría nada que pudiera poner en peligro al bebé, y tampoco él lo deseaba. De hecho, habría hecho cualquier cosa por impedirlo. Ambos tenían opiniones muy religiosas al respecto.
– No te preocupes, Joe -dijo Gabriella, consciente de su turbación y de la enorme presión añadida a una situación ya de por sí insostenible-. Quizá tenía que ser así. Puede que sea lo que necesitaba para decidirme.
– Oh, Gabbie, no sabes cómo lo siento… es culpa mía… nunca pensé que podría ocurrir… debía suponerlo.
¿Pero cómo podía un sacerdote pensar en comprar preservativos? Y dada su situación, Gabriella tampoco podía disponer de ningún método. Se habían visto obligados a arriesgarse. Y con lo ingenuos que eran, jamás se les ocurrió que algo así pudiera suceder tan rápidamente.
Ahora Joe tenía que pensar en dos personas, una esposa y un hijo, y carecía de medios para mantenerlos. Veía ante sí un futuro desesperanzador y la presión le resultaba casi intolerable.
– Dejaré el convento dentro de un mes -dijo Gabbie. Había tomado la decisión cuando se dio cuenta de su embarazo-. Se lo contaré a la madre Gregoria en octubre.
Eso proporcionaba a Joe un mes para reflexionar. Dadas las circunstancias, era cuanto Gabriella podía ofrecerle. Y aunque le diera más tiempo, ella tenía que actuar antes de que las hermanas se dieran cuenta de su estado y estallara el escándalo en el convento.
Joe la abrazó durante largo rato, temeroso ahora de tocarla, de dañar al bebé, y rompió de nuevo a llorar.
– Tengo tanto miedo de fallarte, Gabbie… ¿Y si no puedo hacerlo? -era su más terrible temor.
– Podrás. Joe, si de verdad quieres. Ambos podemos y tú lo sabes. -Gabriella parecía muy segura de sí misma para su falta de experiencia.
– Yo sólo sé que te quiero con locura -dijo Joe, consciente de que ahora no sólo tenía que pensar en ella, sino también en el bebé. Quería dejar la Iglesia por los dos. Quería estar con Gabriella y cuidarla, pero todavía no estaba seguro de poder hacerlo-. Eres muy fuerte, Gabbie. No puedes comprenderlo. Yo no conozco otra vida que la del sacerdocio.
Y Gabriella no conocía otra vida que la del convento, además de una infancia de maltratos. ¿Por qué pensaban todos que era tan fuerte? Su padre le había dicho lo mismo la noche que la abandonó. El recuerdo desenterró un pavor quedo y profundo en Gabriella. ¿Y si Joe la dejaba también? ¿Y si la abandonaba a ella y a su hijo? Presa de pánico, no dijo nada, simplemente se abrazó en silencio a su amado, decidida a no aumentar su angustia.
Joe la besó una última vez y ella regresó al convento tan absorta en sus pensamientos que no advirtió que la madre Gregoria la estaba observando ni que la hermana Anne estaba dejando un sobre en el despacho de la monja. Esa tarde la madre superiora telefoneó a San Esteban. Por la noche se reunió con el monseñor y regresó al San Mateo con el corazón encogido. Nadie sabía nada con certeza, pero corrían rumores, y el San Esteban había recibido ciertas llamadas telefónicas de una joven que siempre dejaba un nombre diferente. El padre Connors salía con suma frecuencia últimamente y comprendió de repente la madre Gregoria, pasaba mucho tiempo en el San Mateo. Ella y el monseñor habían llegado a un acuerdo. El padre Connors dejaría de confesar y oficiar misa en el convento durante una temporada.
Gabriella no podía saberlo, y cuando entró en el confesionario al día siguiente y dijo “te quiero”, no reconoció la voz del otro lado de la rejilla. Hubo un largo silencio y luego el cura continuó la confesión como si nada hubiera ocurrido. Al marcharse, a Gabriella el corazón le latía con fuerza, y ni siquiera recordaba la penitencia impuesta. Se preguntó si le había ocurrido algo a Joe, si estaba enfermo, si había dicho que se marchaba o, peor aún, si le habían descubierto. Sabía que Joe no habría dicho nada a sus superiores sin consultarlo con ella primero, pero quizá el embarazo le había impulsado a anunciar que dejaba el sacerdocio.
Seguía dándole vueltas al asunto cuando la madre Gregoria la llamó a su despacho. Tras un largo silencio, la mujer miró tristemente a Gabriella por encima del escritorio.
– Creo que tienes algo que decirme.
– ¿Sobre qué? -blanca como la nieve, Gabbie miró a la monja que, durante doce años, había llamado madre y a la que quería como si le hubiera dado la vida.
– Lo sabes muy bien. Me refiero al padre Connors. ¿Has estado telefoneándole? Quiero que seas sincera conmigo. Uno de los sacerdotes del San Esteban creyó verte con él en Central Park en agosto. No tiene la certeza de que fueras tú y yo tampoco, pero todos lo sospechan. Si me dices la verdad todavía estaremos a tiempo de evitar un escándalo.
– Yo… -Gabriella no quería mentir, pero todavía era pronto para decir la verdad. Primero debía hablar con Joe y averiguar qué había contado pues estaba segura de que había sido interrogado-. No sé qué decir.
– La verdad -espetó severamente la madre Gregoria mirando con el corazón encogido a la joven que quería como a una hija.
– Sí… le he llamado… y nos vimos en el parque una vez.
Era cuanto estaba dispuesta a reconocer. El resto era demasiado íntimo y sólo les pertenecía a ella y a Joe.
– ¿Puedo preguntar por qué? ¿O acaso la respuesta es demasiado obvia? El padre Connors es un joven muy atractivo y tú una joven muy guapa. Pero aunque no hayas pronunciado aún tus últimos votos, tú me aseguraste que estabas convencida de tu vocación y yo te creí. Ahora ya no lo tengo tan claro. Y el padre Connors lleva varios años de sacerdote. Ninguno de los dos sois libres para violar vuestros compromisos.
– Lo sé.
Gabriella tenía lágrimas en los ojos, pero se resistía a llorar o suplicar clemencia.
– ¿Hay algo más sobre esta fea historia, Gabriella? Si lo hay, quiero saberlo. -no era una historia fea, y a Gabriella le entristecía que la monja la describiera así. Lo único que podía hacer era negar con la cabeza. No quería decir más mentiras-. Supongo que no te sorprenderá saber que van a llevar a cabo una investigación en el San Esteban. Llamarán al arzobispo hoy mismo y no veremos al padre Connors durante algún tiempo. -se detuvo para coger aire y buscó en los ojos de Gabriella respuestas que ésta no estaba dispuesta a darle-. Te sugiero que pases una buena temporada examinando seriamente tu conciencia y tu vocación. Lo harás en el convento de nuestras hermanas en Oklahoma.
Gabriella recibió la orden como una sentencia de muerte.
– ¿Oklahoma? -dijo con una suerte de aullido que ni ella misma reconoció-. Ni hablar. No pienso irme de aquí.
Era la primera vez que desafiaba a la madre superiora desde sus diferencias sobre la universidad. La monja, no obstante, estaba decidida. Pese a su apariencia tranquila, estaba furiosa, con Gabriella y con el cura que la había tentado y que había estado a punto de aniquilar su espíritu. En su opinión, era un pecado imperdonable. El padre Connors no tenía derecho a hacerle eso a Gabriella, una muchacha joven e inocente. Había abusado de la confianza del convento.