Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—Maia por Lamai.
—Muy bien, vuelve a contar tu historia. Desde el principio esta vez, si no te importa.
Maia era dolorosamente consciente de que el coste se había comido ya la mitad de sus exiguos ahorros. .
—Todo comenzó cuando mi hermana y yo empezamos nuestro primer trabajo de viaje, en los cargueros Wotan y Zeus. Cuando llegamos a Lanargh vi a un hombre vestido con ropa llamativa, que no era un marinero, bajar a los muelles y reunirse con nuestros marineros, que luego se comportaron de un modo extraño, pellizcándome y diciendo cosas del verano aunque era otoño y yo iba sucia y, bueno, podrían haber olido a cualquiera, verá, sabe, yo sólo soy una…
—Una virgen. Comprendo —dijo la agente—. Continúa.
—De hecho, mi hermana y yo… —Maia deglutió con dificultad, obligándose a concentrarse en los hechos desnudos. ¡El maldito reloj parecía acelerar!—. ¡Vimos actuar a los hombres de esa forma por toda la ciudad! Y luego en Grange Head empecé a trabajar en el ferrocarril y vi que sucedía lo mismo delante de una casa en Holly Lock, una casa dirigida por el mismo clan de placer y Tizbe…
—¡Espera… espera! —La mujer de la pantalla sacudió la cabeza, aturdida—. ¿Por qué hablas tan rápido?
Llena de agonía, Maia vio cómo el contador consumía sus últimos ahorros. Ya estaba condenada a trabajar durante un mes para las Jopland.
—Yo… no puedo permitirme seguir hablando con usted. No sabía que sería tan caro. Lo siento.
Abatida, extendió la mano para cortar la conexión.
—¡Alto! ¿Qué estás haciendo? —La mujer alzó una mano—. Espera… espera un segundo.
Se volvió hacia la izquierda, saliendo del campo de visión de Maia. La var miró la esquina de la pantalla donde el contador siguió corriendo un momento y luego… ¡se paró! Se quedó boquiabierta. Un segundo después, los dígitos se invirtieron, convirtiéndose en una fila de ceros.
—¿Así está mejor? —preguntó la mujer, que volvió a aparecer en la pantalla—. ¿Puedes hablar más tranquila ahora?
—Yo… no sabía que podía hacer eso.
—¿Tus madres nunca te mencionaron el cobro revertido para hacer llamadas importantes a las autoridades?
Maia sacudió la cabeza.
—Supongo… que pensaron que eso nos volvería derrochadoras, o perezosas.
La mujer policía hizo una mueca.
—Bueno, ahora ya lo sabes. Bien. ¿Estamos más tranquilas? Volvamos atrás, pues. ¿Cuándo dices que viste por primera vez esa botella de polvo azul?
Al final, Maia advirtió que no tenía gran cosa que ofrecer.
Sus fantasías habían oscilado entre el desastre (que su historia resultara trivial o estúpida) y lo milagroso. ¿Podría ser de esto de lo que hablaba la sabia en la tele, cuando ofreció grandes recompensas a cambio de «información»?
La verdad parecía encontrarse a medio camino. La agente, que se identificó como la agente investigadora Foster, prometió a Maia una pequeña pero digna recompensa que llegaría a Grange Head al cabo de catorce días, y le dijo que contara su historia con detalle a una magistrada que estaría allí para entonces. Sus gastos también serían cubiertos, siempre que fueran modestos. La agente Foster no ofreció ninguna explicación a los hechos que Maia había presenciado, pero por su conducta, atenta pero no demasiado interesada, Maia tuvo la impresión de que ésta era una de muchas pistas en un caso que ya estaba en marcha desde hacía tiempo.
Parecen terriblemente tranquilas al respecto, pensó Maia. Sobre todo si alguien estaba modificando el ciclo sexual de las estaciones. Ya había causado un accidente, ¿y quién sabía qué caos podría producirse si escapaba al control?
La agente le dio su número para que lo utilizara si alguna vez tenía que volver a llamar, y se despidió, dejando en la pantalla algo que Maia no conocía, una petición al Clan Jopland para que proporcionara a su invitada una noche de albergue y una comida, a expensas de la colonia.
Cuando se acercó a la puerta, Maia encontró a la matriarca allí de pie, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Has terminado tu consulta, hija? —preguntó ansiosamente.
—Sí. Ya he terminado.
—Bien. Haré que una de las criadas te muestre un jergón en el cobertizo. Por la mañana discutiremos cómo cancelarás tu deuda.
Por primera vez en semanas Maia experimentó una sensación de deleite, de expectación. A Leie le habría encantado esto.
—Perdona, Reverenda Madre, pero el granero no servirá. Por la mañana, después de un buen desayuno, me alegrará discutir contigo, um, mi transporte de regreso a la ciudad.
La anciana Jopland palideció, luego se sonrojó por la sorpresa. Empujó a Maia a un lado y leyó rápidamente la pantalla, boquiabierta de furia.
—¿Cómo has hecho esto? Te lo advierto, si es algún truco…
—Lysos, no lo creo. Puedes llamar a la Seguridad de Equilibrio Planetario, si quieres verificarlo.
Maia ni siquiera sabía lo que significaban las palabras, pero tuvieron un efecto dramático. La anciana se tambaleó como si la hubieran golpeado.
Sólo con visibles esfuerzos consiguió hablar en un ronco susurro.
—Te llevaré a tu habitación.
En el pasillo, Maia oyó distantes sonidos de música y risas. Al parecer, después de todo, habían conseguido celebrar una fiesta decente. Como var estaba acostumbrada a no ser invitada a tales actos, y no se sorprendió cuando la anciana la condujo en dirección opuesta. Pero resultó un poco preocupante cuando bajaron las escaleras hacia el patio. Dos perros vinieron a ladrar brevemente a Maia antes de perderse tras una brusca orden de su anfitriona.
—No te preocupes, no te llevo al granero. Pero vamos a rodear la casa. No quiero que molestes a nuestros invitados.
A través de las ventanas del frente, Maia oyó risas masculinas. Más lejos, pasaron ante varias habitaciones tenuemente iluminadas de donde surgían roncos y acompasados sonidos que anunciaban inconfundiblemente un momento de pasión. Bueno, pensó, sintiendo que se le caldeaban las orejas, las Jopland estarán contentas. Parece que esta noche van a recuperar su inversión. Con suerte, al menos una clon de invierno sería potenciada por el esfuerzo de aquellos trabajadores.
En el extremo del ala sur había varios apartamentos pequeños, cada uno con su propia puerta y su porche de madera. No tenían llave ni cerrojo. La matriarca entró en el último y se alzó de puntillas para enroscar una bombilla desnuda. La iluminación resultante era muy apagada, lo que explicaba por qué no había interruptor. La bombilla nunca se pondría demasiado caliente al contacto. En un rincón, un par de mantas plegadas descansaban sobre un colchón relleno de paja. Maia se encogió de hombros. Había dormido en sitios peores.
—Cuervo para desayunar, o nada —dijo su reacia anfitriona, marchándose sin añadir otra palabra. Maia cerró la puerta y se dispuso a preparar la cama. Encontró una jarra de agua en una mesa y se lavó la cara, tomó un largo sorbo, y extendió la mano para apagar la luz.
Por todas partes, en el extenso complejo, la gente estaba muy ocupada emitiendo fuertes armonías átonas. «La música de la alegría», lo llamaban a veces las poetas. A Maia le parecía mucho más seria.
Naturalmente, había ritmos distintos en cada época del año. En verano eran los hombres quienes buscaban ansiosamente, mientras que las mujeres, escépticas, se dejaban convencer a veces. Eran las pautas de conducta que Maia había conocido toda la vida. El modo de obrar de la naturaleza.
Bueno, el modo de obrar que Lysos y las Fundadoras eligieron para nosotras, reflexionó Maia, escuchando en la oscuridad. Es difícil imaginar algún otro.