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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Oh, ¿eso debes hacer, hija—variante? ¿Supones que tienes algo que decir en lo que las sabias puedan estar interesadas?

—Así es, Madre. Y veo que vuestro sistema es operativo. —Señaló la vieja tele. Por la expresión de la anciana, Maia acababa de darle un motivo más para odiar la máquina, aunque era un accesorio de valor para atraer a los hombres a veladas como aquélla—. Según los antiguos códigos —concluyó Maia—, os pido ayuda para hacer mi llamada.

Un ceño fruncido. La anciana obviamente odiaba que una desarriagada sin estatus le citara los códigos.

—Uf. Has venido en mal momento. —Hubo una pausa—. No estamos obligadas a pagar tus gastos. Espero que puedas cubrirlos.

Cuando Maia echó mano a su bolsa, la vieja susurró:

—¡Aquí no, tonta! ¿No tienes vergüenza?

Maia parpadeó, confundida. ¿Había alguna costumbre Perkinita local que impedía manejar dinero delante de los hombres?

—Perdóname, Madre. —Volvió a hacer una reverencia.

—Mmm. Sígueme. ¡Y tú! —La anciana chasqueó los dedos a una de las criadas var—. ¡El vaso de ese caballero está vacío!

Con una mueca de desdén, se dio la vuelta y precedió a Maia por un estrecho pasillo.

El corredor pasaba frente a una sala en la que Maia vio a varias mujeres jóvenes haciendo preparativos. Las hembras Jopland eran criaturas hermosas en su juventud, concedió Maia, entre los seis y los doce años de edad. Sobre todo si te gustaban las mandíbulas fuertes y las cejas marcadas. Pero claro, no había manera de explicar los gustos de los hombres, que se volvían cada vez más remilgados a medida que la Estrella Wengel retrocedía y morían las auroras.

Las jóvenes Jopland compartían espejo con una pareja y un trío de clónicas de otras familias; las primeras de pelo rizado, y las otras anchas de hombros y caderas, con pechos lo bastante grandes como para amamantar cuatrillizas. Al parecer, Jopland compartía los gastos de alojamiento con un par de clanes aliados. Por el entusiasmo que Maia había visto en el salón principal, probablemente tenían que celebrar varias veladas como aquélla sólo para conseguir unos cuantos embarazos de invierno.

Dado el tamaño de la casa, Maia esperaba haber visto a Jopland más fecundas, hasta que se dio cuenta. Se habla de una caída de la población del valle, justo cuando aumenta en todas partes. Naturalmente. El aumento demográfico de la costa se debe sobre todo al «exceso» de nacimientos del verano. Pero estas mujeres son Perkinitas. ¡Mantienen a los hombres apartados en verano para evitar ese tipo de embarazo! Eso explicaba por qué no había visto a hijas—var, mujeres que se parecieran a medias a sus madres Jopland.

Maia quiso retrasarse, curiosa por ver cómo aquellas mujeres de la frontera conseguían algo que incluso para las atractivas Lamatia resultaba difícil en ocasiones.

—Por aquí —susurró la Jopland anciana, interrumpiendo sus pensamientos.

—Uh, lo siento, señora. —Inclinando la cabeza, Maia corrió tras su reluctante anfitriona.

La cámara de comunicaciones era poca cosa, apenas una habitacioncita. La consola estándar se hallaba sobre una vieja mesa, y un manojo de cables salía por un agujero en la pared.

Sólo las sillas parecían cómodas, para que las madres las utilizaran durante las llamadas de negocios de largo alcance, pero estaban retiradas y delante de la mesa sólo había un taburete pelado. Con un dedo retorcido, la vieja Jopland accionó un interruptor que hizo que la pantallita cobrara vida con un brillo perlado.

—Llamada de invitada. Cuenta al terminar —le dijo a la máquina, luego se volvió hacia Maia—. Si no puedes cubrir los gastos, trabajarás para cancelar la deuda. Un mes por centenar. ¿De acuerdo?

Maia sintió un ramalazo de furia. La oferta era vergonzosa. La veraniega más burda de Puerto Sanger es más educada que tú, «Madre». Pero claro, educación y estilo no eran lo que hacía falta para conseguir crear un nicho en la pradera. Una vez más, Maia recordó: una var no es quién para juzgar.

—De acuerdo —rezongó. La Jopland sonrió.

¡Será mejor que esto no cueste mucho! Trabajar para clones como éstas debe de ser un infierno.

Maia se sentó ante la consola modelo estándar. En alguna parte había oído que era uno de los nueve modelos fotónicos que aún se producían en cadena en viejas fábricas del Continente del Aterrizaje. Otros incluían los motores multiuso empleados en el ferrocarril solar, y en el Juego de la Vida que había visto minutos antes, en el salón principal. Maia nunca había utilizado una consola. Intentó recordar las lecciones de la Sabia Judeth, allá en Lamatia. Déjame ver… funciona en modo voz, así que si formulo mi petición…

Maia advirtió de pronto que no había oído cerrarse la puerta. Al girarse, vio a la matriarca Jopland apoyada contra el marco, cruzada de brazos.

—Apelo al derecho—cortesía de la intimidad —dijo Maia, odiando a la otra mujer por hacerlo necesario.

La anciana sonrió.

—El reloj ya está contando, virgie. Que te diviertas.

Con un chasquido, la puerta se cerró tras ella. .

¡Maldición! Maia vio ahora el cronómetro en la esquina superior izquierda de la pantalla, contando rápidamente. ¡Ya indicaba un gasto de once créditos! Nerviosa, habló con la máquina.

—Uh, necesito hablar con alguien… ¿Una sabia? ¿O alguien de la Guardia?

Aquello no iba bien.

—¡Oh, sí! ¡De Caria City!

La pantalla, que hasta el momento había permanecido en blanco, mostró por fin una pauta de cajas. Una disposición lógica, recordó de las lecciones. En la parte superior, apareció:

DIRECCIÓN ZONA DE PETICIÓN: CARIA CITY

Referencia—tipo genérica buscada

Claves parciales imprecisas: «sabia» y/o «guardia»

Aclaración sugerida: ¿TEMA?___________________

Maia advirtió que sería un error intentar formular su pregunta de la manera adecuada. Lo que ahorrara en costes de procedimiento lo perdería en tiempo de conexión. Tal vez, si sólo le hablaba, la máquina extraería lo que necesitaba.

—No estoy segura. He visto cosas extrañas, en Lanargh y en Ciudad Barro. Hombres actuando como si fuera verano, pero no lo es, ¿sabes? Creo que deben de haber comido o esnifado algo. Algo que la gente quiere mantener en secreto. Una especie de polvillo azul… En botellas de cristal…

La pantalla fluctuó varias veces, con las cajas, cada una conteniendo una o más de sus palabras, reagrupándose. Una fila de flechas entrelazadas mantenía las conexiones entre las cajas mientras hablaba. Maia trató de concentrarse para no quedar hipnotizada por el deslumbrante rompecabezas.

—… había una muchacha de uno de los clanes de placer, creo que utilizan un emblema con un toro y una campana. Llevaba las botellas como si fuera una especie de correo…

De repente las cajas parecieron desmoronarse, como si sus pensamientos hubieran formado de pronto cubos perfectos que se unían en una configuración de prístina claridad, un todo lógicamente consistente. La imagen duró sólo un instante, demasiado breve para ser leída conscientemente. Maia sintió una punzada de pérdida cuando se desvaneció.

Un rostro humano sustituyó la pauta: una mujer cuyo pelo castaño, ligeramente ondulado, le caía de lado sujeto por un elegante pasador de oro. Era de mediana edad, atractiva; la mujer observó a Maia un buen rato, luego habló con autoridad.

—Has conectado con Seguridad de Equilibrio Planetario. Declara tu nombre y filiación de nacimiento.

Maia nunca había oído hablar de tal organización. Nerviosa, se identificó. Para propósitos oficiales, las vars usaban el apellido de su clan materno, aunque le pareció extraño pronunciar las palabras.

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