El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– Recuerda que las miran con mucho detenimiento -dijo Bernal-. El peligro es que no recuerden la cara en que se encuentra; pero a menudo encuentran la ficha basándose sólo en la foto de la boca -prosiguió para contar el hallazgo de la cabeza y el tórax, y el ensamblaje de las piezas que había hecho Peláez-. El cadáver es femenino, edad entre veintidós y veinticuatro años, pelo rubio y ojos azules. La corrupción se encuentra en estado avanzado, al parecer por estancia en un lugar frío y húmedo, a consecuencia de lo cual ha comenzado la formación de adipocira, lo que indica que la muerte ocurrió hace entre seis y ocho semanas. Siento deciros que tenemos otro molde dental que empezar a rastrear mañana, a ver si identificamos a esta chica del mismo modo que al transexual. Peláez ha notado la reciente extracción del segundo molar inferior izquierdo en el caso de la chica y tendréis que preguntar al respecto.
Hubo quejas generales cuando todos se dieron cuenta de que tendrían que volver a visitar a los dentistas que ya habían consultado.
– Lo mejor será que descanséis un poco -añadió Bernal-. Mañana es el día de reflexión previa antes de las elecciones generales del miércoles. Así que encontraréis a los dentistas trabajando, pero el día de las elecciones será otro cantar.
Cuando se hubieron ido todos, Bernal recibió una llamada telefónica.
– Soy yo, Luchi. ¿Qué te ha pasado esta tarde?
– Quise llamarte al banco antes de que salieras, Consuelo, pero ya te habías ido. Al asesino del Metro le da ahora por descuartizar a las víctimas.
– Dios mío, eso es horrible. No te olvides de que tienes que llevarme a Portazgo dentro de media hora, al mitin socialista.
– Caramba, me había olvidado de eso. ¿Es necesario?
– Me lo prometiste, Luchi. Dentro de diez minutos estaré en la esquina de Carretas.
PORTAZGO
La Línea 1 estaba hasta los topes y Bernal y Consuelo Lozano buscaban un sitio donde respirar. Casi todos sus compañeros de viaje eran esto precisamente, «compañeros de viaje», con insignias de plástico en la solapa que ostentaban la mano empuñando la rosa roja, símbolo del PSOE. Luis no se sentía a gusto con su traje azul de funcionario, pero Consuelo estaba radiante con su vestido rojo y su pañuelo rojo de gasa alrededor del cuello, en los ojos el brillo del entusiasmo político.
– ¿No es emocionante, Luchi? ¿Toda esta gente que manifiesta sus sentimientos por vez primera después de treinta y ocho años?
La joven olía a perfume francés caro, quizá Givenchy, sobre todo cuando empezó a sudar en medio del gentío, y aquello excitó a su acompañante.
Bernal murmuró una respuesta evasiva cuando el tren llegó a la estación de Portazgo y cientos de personas bajaron para unirse a los muchos miles que ya abarrotaban el campo de fútbol del Rayo Vallecano.
La calle era un mar de gente, de vendedores que ofrecían objetos y carteles rojos y amarillos, y cintas magnetofónicas de la Internacional, el Himno de Riego y Els Segadors. Consuelo le condujo más allá de las barreras metálicas y luchó por abrirse camino hasta las gradas superiores.
– Estamos un poco lejos, pero desde aquí lo veremos todo. ¿Por qué no te subes a ese antepecho?
– Me daría vértigo y me caería -se quejó Luis-. Ya sabes que no soporto las alturas.
En aquel momento se oyó un helicóptero y aumentó el clamor de la multitud cuando la noticia de que llegaba Felipe González corrió por todo el campo. Una hilera de muchachas vestidas de rojo y ondeando banderas rojas avanzó hacia la tribuna alzada en un extremo del terreno de juego, mientras en los altavoces se oían los primeros compases de la Internacional, que el gentío se puso a corear inmediatamente.
– ¿Cómo es que conocen la letra, Luchi? Ha estado prohibida durante tantos años…
– Será una especie de memoria popular, supongo. Los viejos enseñan a los jóvenes mientras cantan.
Bernal contempló fascinado a una familia cercana. El hijo, la hija y el yerno alzaban en alto a los niños para que vieran el campo, mientras que la abuela, pobremente vestida de negro, se enjugaba las lágrimas -de alegría, sin duda, pero también de nostalgia-. Espiritualmente, la anciana parecía haber retrocedido cuarenta años, a la Segunda República, y el trago era más fuerte que ella.
– ¡Felipe, capullo! ¡Queremos uno tuyo! -canturreaban las multitudes entusiasmadas, con ese ritmo distribuido en dos compases. Acto seguido, se pusieron a gritar las más groseras consignas sobre políticos de la derecha: ¡Fulano de tal, cabrón! ¡Bájate el pantalón!
La personalización, aquello era lo malo de la política, se dijo Bernaclass="underline" se creaban héroes que no tardarían en desilusionarles, igual que ocurría con los futbolistas y los cantantes de moda. No podían o no querían mirar las ideas que había detrás de las caras. Tuvo que admitir que el discurso, lo que alcanzó a oír por los ensordecedores altavoces y entre las frecuentes y fervientes interrupciones, era inteligente y eficaz. Un orador con carisma, se dijo, ya tenemos otro. El ligero acento andaluz daba a la pronunciación un aire sencillo que hacía que todo sonara a más sincero. Cuando la euforia de la muchedumbre llegó al punto culminante, comenzó repentinamente a sentirse partícipe de las opiniones de su mujer: todo iba a repetirse.
– Consuelo, vámonos antes de que la gente tapone las salidas.
ALONSO MARTÍNEZ
El martes catorce de junio, jornada de reflexión general, los expertos en dactiloscopia que trabajaban en los archivos de huellas del DNI identificaron el pulgar y el índice del transexual llamado «Carol». La fotografía de la ficha se parecía poco a Eusebio Flores García bajo la forma femenina con que se le encontró muerto en Concepción, pero la cartulina le asignaba un domicilio en La Carihuela, Málaga, en 1976, lo que fue suficiente para que Bernal solicitara la ayuda de la policía malagueña.
SOL
A mediodía, Bernal tenía la dirección madrileña de Flores, que el inspector de Benalmádena había obtenido de la hermana del muerto. Ésta había tomado el Talgo de la mañana para identificar el cadáver.
Bernal y Varga se dirigieron a la calle Norte en el coche oficial, tras pedir al inspector del distrito de Universidad que se reuniera con ellos en aquella dirección. Bernal dio a Navarro instrucciones para sus detectives, a fin de que después de comer se concentrasen sólo en la identificación de la dentadura del cadáver descuartizado.
NOVICIADO
El inspector Gravina, de la comisaría de Universidad, esperaba a Bernal y a Varga en la puerta de la casa de la calle Norte, vía estrecha y paralela a San Bernardo, tras los archivos del Ministerio de Justicia.
– ¿Qué tal, Gravina? -le saludó Bernal con cordialidad-. Hace tiempo que no trabajamos juntos.
Gravina se ruborizó de placer y comentó que, en efecto, habían colaborado más de veinte años atrás en el caso de la chocolatería de San Bernardo.
– ¿Ya has hablado con el portero?
– Aún no, comisario. Pensaba dejárselo a usted, ya que está relacionado con los crímenes del Metro. Está en su portería. He dejado en el coche a los números del uniforme, por si hacen falta, pero no quise despertar la malsana curiosidad del vecindario.
– Bien hecho. Antes charlaremos un poco con el portero.
Entraron en la vieja casa, donde anchos peldaños de madera ascendían en un hueco de escalera sombrío.
– Buenos días. Somos de la Dirección General de Seguridad -dijo Bernal al portero cortésmente, enseñándole la chapa metálica con el águila imperial-. ¿Hay aquí un inquilino llamado Flores?
El portero se rascó la cabeza con desconcierto.
– Ah, ¿Carol, el travestí? Sí, vive en el ático. Está un poco alto, se lo advierto. Hace un par de días que no la veo. Seguramente se ha ido a ver a su hermana, que vive en Málaga.