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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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—Por supuesto que no lo es — dijo Blaine —. La transmisión telepática sobre un cable. No tendrías que decírmelo a mí.

Se quedó mirando fijamente al hombre que yacía en el suelo.

—Es una de las cosas de que él hablaba. Algo más grande de lo que el Anzuelo pudiese haber tenido idea — dijo él.

La chica no contestó.

—Estoy pensando en el número con que contará — dijo Shep.

—Ella dijo que vendrían por Godfrey ¿En qué forma vendrán por él? ¿Y cuándo? ¿Con qué rapidez? — Y en la voz de Harriet había un leve tinte de histerismo.

—Ellos vuelan — le dijo Blaine — Son levitadores. Brujas.

Y Blaine dejó escapar una amarga sonrisa.

—Pero tú…

—¿Cómo quieres que les conozca? Nos tendieron una emboscada una noche cuando huía con Riley. Y a causa de aquello se organizó un pequeño infierno. Riley echó mano de un revólver y…

—¡Riley!

—Sí, el hombre que murió en el hospital. Murió en un accidente.

—Pero, Shep. ¿Tú estabas con Riley? ¿Cómo pudiste venir con él?

—Le eché una mano en la carretera. Se asustaba horriblemente por las noches y necesitaba a alguien que le acompañara. Entre los dos fuimos haciendo marchar su viejo camión…

Harriet le miraba fijamente, con una mirada asustada.

—Espera un momento — dijo Blaine —. Tú dijiste algo allá en el hospital. Dijiste, si no recuerdo mal, que habías estado…

—Sí, buscándolo. Godfrey lo había alquilado y se retardaba en la llegada y…

—Pero…

—¿Qué ocurre, Shep?

—Hablé con él momentos antes de morir. Trató de darme un mensaje; pero no consiguió expresarlo. El mensaje era para Finn. Fue la primera vez que oí hablar de Finn.

—Todo ha ido equivocadamente — dijo la chica con desesperación —. Todo en absoluto. Contábamos con la máquina estelar…

La chica se detuvo en lo que estaba hablando y cruzó la habitación para reunirse junto a Blaine.

—Pero tú no sabes acerca de esa máquina, ¿verdad? ¿O lo sabías?

Blaine sacudió la cabeza.

—¿Como las que tiene el Anzuelo? ¿Las que nos ayudan a enviar la mente a las estrellas?

Ella aprobó con un gesto de cabeza.

—Sí, eso era lo que Riley guardaba encerrado en el camión Godfrey lo había arreglado todo para conseguirla y quería utilizarla con Pierre de cualquier forma. Por eso alquiló a Riley…

—¡Una máquina estelar de contrabando! — dijo Blaine un tanto asustado —. Tú sabes que todas las naciones, y por todo el mundo, tienen leyes que prohíben la posesión de talas máquinas. Solamente son legales si están en el Anzuelo.

—Godfrey sabía todo eso. Pero necesitaba una a toda costa. Trató de construirla; pero no pudo. No existen los fotocalcos necesarios.

—Puedes apostar por tu vida a que no los hay, desde luego.

—Shep, ¿qué es lo que va mal en ti?

—Pues no lo sé. No creo que haya nada de especial. Sólo que estoy un poco confuso, quizá. De pensar de que forma, a todo lo largo de este drama, he sido atrapado en todo esto.

—Tú siempre puedes huir. —Harriet, tú lo sabes mejor que yo. No hago otra cosa hasta ahora que correr y huir. No hay sitio para mí donde ir.

—Siempre podrías entrar en contacto con cualquier grupo financiero. Estarían encantados con tenerte. Te darían un magnífico empleo, y te pagarían cuanto quisieras por todo lo que sabes acerca del Anzuelo.

Blaine meneó la cabeza cavilosamente, pensando que allá, en la fiesta de Charline, estando con Dalton, aquel hombretón de largas piernas y cabellos revueltos como un nido de ratones y siempre mascando el habano, le había dicho: «Como capacidad consultiva, usted vale una fortuna».

—Bien, podrías hacerlo — añadió Harriet.

—No tendría estómago para hacerlo, Harriet. Además hice una promesa. Le dije a Godfrey que estaba con él. Y no me gusta el camino que han tomado las cosas. No me gusta la gente que a cada instante puede cogerme y colgarme, por el solo hecho de ser un paranormal-kinético. No me gustan las cosas que vi a lo largo de las carreteras y…

—Estás amargado, Shep. Y tienes razón para estarlo.

—¿Y tú?

—No estoy amargada. Sólo asustada. Asustada hasta el tuétano de los huesos.

—¡Asustada tú! ¡Una periodista combativa!

Y Blaine se volvió hacia ella, recordando algo, el lugar donde aquella mujer ciega vendía rosas. Aquella noche él había quitado la máscara que ocultaba a la verdadera Harriet Quimby y ésta era la segunda vez. Y su cara, le dijo la verdad… la dura periodista también, a veces, podía mostrarse y hallarse realmente asustada. Blaine la estrechó en sus brazos y ella se mostró dulce y acariciante, realmente femenina.

—Todo irá bien… Todo irá bien, cariño.

Y se imaginó ante la repentina ternura y protección que brindaba a aquella bella muchacha, qué parte realmente ajena a su mente era la de otro mundo en relación con lo que existía acerca de Harriet, a la que tenía entre sus brazos.

—Pero el camión se ha destrozado y el chófer muerto y la policía, o quizá el mismo Finn, tengan ahora la máquina estelar. Y ahora aquí está el desventurado Godfrey muerto y la policía viene a buscarnos…

—Bien, peguemos contra todos. Nada habrá que pueda detenernos… — dijo Blaine a Harriet.

Una sirena dejó oír su aullido lejano, un quejido que dispersaba el viento de la pradera.

Ella se apartó rápidamente de él.

—¡Shep, ya vienen!

—¡La puerta trasera! — repuso Blaine rápidamente — Corre hacia el río. Nos esconderemos entre los rompientes.

Blaine saltó hacia la puerta y soltó el cerrojo, arrancándolo de un tirón. Al abrir la puerta, el abanico de luz envolvió el gracioso rostro de Anita Andrews y tras ella, otras caras juveniles.

—Habéis llegado a tiempo.

—¿Es este cuerpo?

—¡Sí, pronto!

El grupo de jóvenes entró inmediatamente.

La sirena sonaba más y más cerca.

—Era un gran amigo nuestro — dijo Harriet con cierta vacilación — Esto parece un camino mortal…

—Señorita — dijo Anita —, tendremos cuidado de él. Le daremos todos los honores fúnebres que se merece.

La sirena aullaba tan cercana, que el ruido parecía llenar toda la habitación.

—¡Pronto! — ordenó Anita telepáticamente —¡Volad bajo! Procurad que no se aprecie nuestra silueta contra el cielo…

Y mientras se expresaba así la habitación quedó vacía y sin cuerpo alguno sobre el suelo.

Ella vaciló un momento, mirando a los dos.

—Algún día me dirás lo ocurrido.

—Te lo prometo. Y gracias, Anita.

—En cualquier ocasión — dijo Anita —. Nosotros los parakinos tenemos que luchar siempre juntos. Tenemos que hacerlo o nos aplastarán si no lo hacemos.

Ella se aproximó mentalmente a Blaine y él sintió el contacto de Anita mente contra mente, y se produjo un repentino efecto sensible de luciérnagas que brillaban entre la bruma de un atardecer y el olor de lilas embalsamando el ambiente en la dulzura calmosa de la orilla de un río. Después se marchó y la puerta se cerró. Alguien golpeó fuertemente en la puerta frontal del apartamento —Siéntate — dijo Blaine a Harriet telepáticamente —.Actúa con naturalidad tanto como te sea posible. Afecta un aire indiferente y relájate. Estamos aquí, sencillamente hablando y pasando el tiempo tranquilamente. Godfrey había estado con nosotros; pero se fue al pueblo después. Alguien vino y se lo llevó en su coche. No sabíamos quién era. Debería estar de vuelta dentro de una o dos horas.

—De acuerdo. Adelante — repuso Harriet.

La chica se sentó en una silla y puso las manos sobre la falda indolentemente.

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