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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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Blaine se dirigió hacia la puerta para dejar paso a la Ley.

XXII

Belmont empezaba a mostrar los signos de un fin de jornada. Todas las casas, conforme pasaban conduciendo, habían cerrado sus ventanas y en los distritos comerciales las luces de los comercios se iban apagando poco a poco.

Calle arriba, a un bloque o dos de distancia, la marquesina de un hotel todavía brillaba en la neblina y al lado un anuncio de neón proclamaba que el «Bar del Salvaje Oeste» estaba todavía dispuesto a recibir a cualquier cliente.

—No creo — dijo Harriet — que puedas engañar a esos policías por mucho tiempo.

Blaine estuvo de acuerdo.

—Quizá no. Pero al menos hemos parado el primer intento. No hubo nada que pudieran hallar.

—Pensé por un momento que irían a llevarnos detenidos.

—Yo también. Pero tú, sentada allí, te divertiste de lo lindo con ellos. Creo que se alegraron de marcharse. Tuvieron que sentirse como una partida de imbéciles.

Blaine señaló el letrero luminoso del bar.

—Quizá deberíamos empezar por ahí.

—Es tan buen sitio como otro cualquiera. Seguramente el mejor que tengamos a mano.

El bar estaba vacío de público cuando entraron. El dependiente tenía un codo sobre el mostrador, con aire aburrido, y con la otra mano limpiaba unas manchas imaginarias de la barra. La pareja se sentó en sendos pupitres, en la parte opuesta al dependiente.

—¿Qué va a ser?

La pareja encargó unas bebidas. El dependiente puso los vasos y fue a buscar el pedido.

—Poca gente esta noche — comentó Blaine.

—Es casi la hora de cerrar — repuso el dependiente —. Esta gente no se divierte. En cuanto se hace de noche se van a esconderse, todo el mundo es igual en este pueblo.

—¿Mal pueblo?

—No, especialmente. Es como un toque de queda legal. Este pueblo ha conseguido una mala situación. Las patrullas vienen constantemente y la policía es dura. Ellos hacen eso realmente imposible.

—¿Y qué tal con respecto a usted? — preguntó evasivamente la chica.

—Oh, a mí me va bien, señorita. Los muchachos me conocen. Ellos saben las circunstancias. Saben que tengo que andar por aquí, para el caso de que un último cliente, como ustedes, por ejemplo, vengan a tomar un trago. Del hotel vienen la mayor parte. Por eso me conceden unos minutos extra.

—Eso suena duro, realmente — dijo Blaine.

El dependiente movió la cabeza preocupado.

—Y es por nuestra propia protección. Las gentes han perdido el sentido. Si no fuese por el toque de queda, estarían fuera de casa a todas horas donde cualquier cosa podría ocurrirles.

Se detuvo en lo que estaba haciendo.

—Se me acaba de ocurrir — anunció — Acabo de adquirir algo nuevo. Podrían probarlo ustedes.

—¿De qué se trata? — preguntó Harriet.

—Es algo nuevo — dijo el dependiente del bar —. Viene precisamente del Anzuelo. Lo han tomado de un mundo lejano, según creo. El jugo de un árbol o cosa parecida. Probablemente cargado con una gran cantidad de hidrocarburos. He conseguido un par de botellas del factor del Puesto Comercial. Sólo para probar, ¿saben? Pensé que habría mucha gente que le gustaría hacerlo.

Blaine sacudió la cabeza negativamente.

—Para mí no, gracias. Dios sabe lo que eso tenga.

—Y para mí tampoco — dijo Harriet.

El dependiente retiró la botella con cierto sentimiento.

—No se lo reprocho, señores — dijo, sirviendo las botellas que habían pedido —. Yo me tomé un trago de prueba. Sólo para probarlo, porque no soy hombre bebedor. Y no es que tenga nada contra ello — añadió con gesto histriónico.

—Claro que no, por supuesto — comino Harriet simpatizando.

—Es curioso el gusto que tiene esa sustancia — añadió —. No es malo, saben, ni bueno tampoco. Tiene un sabor añejo. Quizá les gustaría tomándose un par de tragos. Y permaneció en silencio por un momento, con las manos plantadas sólidamente en la barra.

—¿Saben lo que estoy pensando?

—Pues no — repuso Harriet.

—Estoy imaginándome toda esta tarde si el factor del Puesto Comercial habrá destilado él mismo ese licor. A lo mejor lo ha hecho como una especie de broma, ¿qué les parece?

—Oh, no se habría atrevido.

—Bien, supongo que tendrá usted razón, señorita. Pero todos esos factores son una partida de individuos algo granujas, ¿sabe? La gente no tiene mucho trato con ellos (al menos, socialmente), pero aún así se las arreglan para saberlo todo, desde luego mucho más que nadie en la población. Tendrán que pasarse todo el tiempo escuchando, porque están al dedillo de todo lo que ocurre. Y — continuó, con marcado énfasis — jamás le dicen a uno una palabra.

—No hay derecho — repuso Harriet, dándole la razón al buen hombre.

El dependiente cayó en un profundo silencio Blaine miró de reojo a la oscuridad de la calle. —Hay mucha gente en el pueblo — dijo—¿Ocurre algo especial?

El dependiente cambió su tono anterior por una voz más confidencial.

—¿Quiere usted decir que no han oído nada de particular?

—No Hace sólo un par de horas que hemos llegado. —Bien, señor, no querrá usted creerlo; pero hemos conseguido una máquina estelar.

—¿Una… qué?

—Una máquina estelar. Uno de esos inventos raros que los parakinos usan para viajar a las estrellas —Nunca oí hablar de semejante cosa. —Sí, claro, es natural. El único sitio legal para tales máquinas es el Anzuelo.

—¿Quiere usted decir que esa es ilegal?

—No podría ser más ilegal. La policía del Estado la guardó allá abajo en el viejo cobertizo de la carretera general. Es el único que existe en el borde oeste del pueblo. Seguramente ha pasado usted por allí al venir en el coche.

—No recuerdo.

—Bien, de todos modos, está allí. Y encima de todo este asunto, el que irá a mostrarla será Lambert Finn.

—¿Lambert Finn, ese personaje tan famoso?

—Sí, no hay otro Está ahora en el hotel. Ha venido para llevar a cabo una reunión de masas, mañana en el cobertizo de la carretera general. He oído que la policía está de acuerdo en sacar esa máquina y mostrarla al público, mientras que Finn pronunciará un gran sermón, a la vista de todo el mundo. Le digo a usted, señor, que será una cosa digna de ver y de oír. Finn echará por la boca más rayos y truenos que de costumbre. Atacará a los parakinos especialmente, y les sacará la piel a tiras. No se atreverán ni a mostrar la cara en público.

—No habrá muchos parakinos por aquí, seguramente, en una población como esta.

—Bien — dijo el dependiente, remarcando las palabras —. No es que los haya en el pueblo en sí. Pero hay un lugar muy cerca de aquí, río abajo, que se llama Hamilton. Todas las gentes lo son. Es un pueblo entero de parakinos Es la nueva población que construyeron para vivir en comunidad. Está lleno de parakinos de todas partes. Hay una palabra para un sitio así, y sé esa palabra, pero no puedo acordarme ahora de ella. Es algo así como el lugar que usan para guardar a los judíos en Europa.

—Un ghetto.

—¡Eso es! ¿Cómo habría olvidado esa palabra? Sí, señor, esa es la palabra. El ghetto. Sólo que antiguamente estaba en la parte más pobre de una ciudad y ahora se encuentra en el país, en la zona más pobre del país La tierra que ocupa ese pueblo, allá río abajo, es miserable. No es sitio para edificar una ciudad; pero a los parakinos les gusta vivir allá. Mientras que ellos no molestan a nadie, la gente los deja en paz. Pero en cuanto asoman la nariz, ya estamos encima. Así, sabemos dónde están, y ellos saben que nosotros lo conocemos. Así, también, en cuanto algo empiece a ir mal, ya sabemos a dónde tenemos que mirar.

Y miró al reloj.

—Si van ustedes a tomarse otra ronda, aún tienen el tiempo justo para hacerlo.

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