La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– ¿Has estado en mi despacho? ¿Husmeando en mis cosas?
– ¡Pues claro que sí, qué puñetas! Tú nunca me cuentas nada. Ni siquiera que alguien te ha estado enviando cartas amenazadoras. ¿Te has creído que soy idiota? ¿Crees que no sé que se trata de las mismas cartas de las que hablan en el periódico? Las que le han estado enviando a Christian. Y, por si fuera poco, ahora Magnus está muerto. -Le salía la ira por las orejas-. ¿Por qué no me las has enseñado? ¿Un enfermo nos amenaza y a ti no te parece que yo tenga derecho a saberlo? ¡Yo, que me paso los días sola en casa, sin protección!
Erik lanzó una mirada a Kenneth, irritado ante la idea de que el colega pudiera oír cómo Louise lo ponía en evidencia. Al ver su expresión, se quedó de piedra. Kenneth había dejado de mirar la pantalla. Miraba perplejo los cinco sobres blancos que Louise había arrojado sobre el escritorio. Estaba pálido. Miró a Erik un instante y luego volvió la cara de nuevo. Pero ya era tarde. Erik se había dado cuenta.
– ¿Tú también has recibido cartas como estas?
Louise se sobresaltó al oír la pregunta de Erik y miró a Kenneth. En un principio, parecía que no lo hubiese oído, continuó observando detenidamente una hoja de cálculo complejísima con los gastos y los ingresos. Pero Erik no pensaba dejarlo en paz.
– Kenneth, te he hecho una pregunta. -La voz imperativa de Erik. La misma que había usado siempre, a lo largo de todos los años, desde que se conocían. Y Kenneth reaccionó del mismo modo que cuando eran niños. Aún seguía siendo el blando, el que iba detrás y se sometía a la autoridad de Erik y a su necesidad de liderazgo. Hizo girar lentamente la silla, hasta que quedó de cara a Erik y Louise. Cruzó las manos sobre las rodillas y respondió en voz baja:
– He recibido cuatro. Tres en el buzón y una que me encontré en la mesa de la cocina.
Louise se puso blanca. Había encontrado más combustible para la ira que sentía contra Erik.
– Pero ¿qué es esto? ¿Christian, tú y Kenneth? ¿Qué habéis hecho? ¿Y Magnus? ¿Él también recibía cartas? -Miró acusadora a su marido, luego a Kenneth y de nuevo a Erik.
El silencio duró unos instantes. Kenneth miraba inquisitivo a Erik, que negó despacio con la cabeza.
– No, que yo sepa. Magnus nunca dijo nada al respecto, pero eso no tiene por qué significar nada. ¿Tú sabes algo? -Dirigió la pregunta a Kenneth, que también negó sin pronunciar palabra.
– No. Si Magnus se lo hubiese contado a alguien, habría sido a Christian.
– ¿Cuándo recibiste la primera? -El cerebro de Erik empezaba a procesar la información; le daba vueltas y más vueltas, tratando de hallar una solución y de recobrar de nuevo el control.
– No estoy seguro. Pero bueno, fue antes de Navidad. O sea, en diciembre.
Erik alargó el brazo y cogió las cartas, que estaban en la mesa. Louise se había venido abajo, la ira se había esfumado. Se quedó allí, delante de su marido, viendo cómo ordenaba las cartas por la fecha del matasellos. La primera quedó debajo, así que la cogió y entornó los ojos para descifrar la fecha.
– Quince de diciembre.
– Pues yo creo que coincide con mi primera carta -dijo Kenneth antes de bajar la vista de nuevo.
– ¿Tienes las cartas todavía? ¿Puedes comprobar la fecha del matasellos de las que te llegaron por correo? -preguntó Erik con aquel tono tan eficaz de ejecutivo.
Kenneth asintió y respiró hondo.
– Cuando dejaron la cuarta en la mesa de la cocina, al lado habían puesto un cuchillo.
– ¿Y no lo habías dejado allí tú mismo? -preguntó Louise, que ya articulaba bien. El miedo la había despejado y había disipado la bruma que le invadía el cerebro.
– No, sé que todo estaba recogido y la mesa limpia cuando me fui a la cama.
– ¿La puerta no estaba cerrada con llave? -La voz de Erik seguía sonando fría y formal.
– No, creo que no. No siempre me acuerdo de echar la llave.
– Pues a mí, por lo menos, solo me han llegado por correo -constató repasando los sobres. Luego recordó algo que había leído en el artículo sobre Christian.
»Christian fue el primero en empezar a recibir las amenazas. Empezaron a llegarle hace un año y medio. A ti y a mí no empezaron a llegarnos hasta hará unos tres meses. Así que, imagínate, ¿y si todo esto tiene que ver con él? ¿Y si él era el objetivo del remitente de las cartas y nosotros nos hemos visto involucrados en este enredo solo porque daba la casualidad de que lo conocíamos? -Erik hablaba ahora un tanto alterado-. Pues que se prepare si sabe algo y no nos ha dicho nada, si nos deja a mí y a mi familia a merced de un loco sin avisarnos.
– Bueno, él no sabe que también nosotros hemos estado recibiendo estas cartas -objetó Kenneth. Erik hubo de admitir que tenía razón.
– No, pero ahora se va a enterar, desde luego. -Erik recogió los sobres y los juntó pulcramente golpeándolos contra la mesa.
– ¿Piensas hablar con él? -Kenneth parecía angustiado y Erik suspiró. A veces no soportaba aquel temor que su colega tenía a los conflictos. Siempre fue igual. Kenneth seguía la corriente, nunca decía que no, siempre decía que sí. Claro que esa actitud había servido a sus intereses. Solo podía haber uno al mando. Hasta ahora había sido él, y así seguiría siendo.
– Pues claro que pienso hablar con él. Y con la Policía. Debería haberlo hecho hace mucho, pero hasta que no leí lo de las cartas de Christian no empecé a tomármelo en serio.
– A buenas horas -masculló Louise. Erik la miró con encono.
– Es que no quiero que Lisbet se altere. -Kenneth levantó la barbilla con un destello rebelde en la mirada.
– Alguien entró en tu casa, dejó una carta en la mesa de la cocina y puso un cuchillo al lado. Si yo fuera tú, estaría mucho más preocupado por eso que por inquietar a Lisbet. Se pasa la mayor parte del tiempo sola en casa. Imagínate que esa persona consigue entrar mientras tú estás fuera.
Erik comprendió que a Kenneth ya se le había pasado por la cabeza aquella posibilidad y, mientras se irritaba al pensar en la abulia de su colega, trataba de obviar el hecho de que tampoco él había denunciado las amenazas, precisamente.
– Muy bien, pues entonces, haremos eso. Tú vas a casa y te traes las cartas, así se las entregamos todas a la Policía, que podrá empezar a investigar el asunto enseguida.
Kenneth se levantó.
– Voy ahora mismo. No tardaré.
– Anda, sí, ve -dijo Erik.
Cuando Kenneth se hubo marchado y una vez cerrada la puerta, se volvió hacia Louise y la observó durante unos segundos.
– Tenemos un par de cosas de las que hablar.
Louise se quedó mirándolo. Luego levantó la mano y le propinó a su marido una bofetada.
– ¡Te digo que no le pasa nada! -La voz de su madre rezumaba indignación, estaba a punto de llorar. Él se alejó y se escondió detrás del sofá, a unos metros de allí. Pero no tanto que no pudiese oír lo que decían. Todo lo que atañía a Alice era importante.
Había empezado a gustarle un poco. Ya no lo miraba de aquel modo exigente. Pasaba la mayor parte del tiempo tranquila y en silencio y a él eso le parecía muy agradable.
– Tiene ocho meses y no ha hecho el menor intento de gatear ni de moverse. Debemos llamar y que la vea un médico. -Su padre hablaba en voz baja. El tono al que recurría cuando quería convencer a su madre de algo que ella no quería hacer. Repitió sus palabras, le puso las manos en los hombros para obligarla a prestar atención a lo que le decía.
»A Alice le pasa algo. Cuanto antes pidamos ayuda, tanto mejor. No le haces ningún favor cerrando los ojos a la realidad.
Su madre negaba con la cabeza. Las lágrimas le rodaban por las mejillas y él supo que, a pesar de todo, ella había empezado a resignarse. Su padre se volvió a medias. Lanzó una mirada fugaz hacia donde él se encontraba, detrás del sofá. Él le sonrió, no sabía lo que quería decir. Comprendió que no era apropiado sonreír, porque su padre frunció el ceño como si estuviera enfadado, como si quisiera que él pusiera otra cara.