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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Ella le apoyó la mano en la barriga y se acurrucó más bajo su brazo.

– Me gusta -murmuró-. Pero ahora tengo una sobredosis de odio. No te he preguntado siquiera cómo fue tu día.

– No lo hagas, por favor.

Ella sintió despacio cómo él se relajaba bajo su peso. Su respiración se hacía más profunda y ella cayó en el mismo ritmo. Mirando el pliegue que se formaba por encima de la cintura del pantalón, entendió que el cinturón de su marido estaba demasiado ajustado.

– ¿Te parece que podríamos poner cortinas, Yngvar?

– ¿Eh?

– Cortinas -repitió ella-. Aquí en la sala. Pienso que las ventanas se ven demasiado grandes y oscuras ahora en invierno.

– Si yo no tengo que elegirlas, cómpralas y colócalas.

– Vale.

Tenían que levantarse. Ella debía poner los papeles en orden. Si las niñas iban a levantarse mañana las primeras, como solían hacer, todo se volvería un caos más grande de lo que ya era.

– Qué bien hueles -musitó ella.

– Todo es bueno a mi lado -dijo adormilado, y había en su voz una seguridad que ella no sentía desde hacía mucho tiempo-. Además soy el mejor, mejor, mejor policía del mundo.

– ¡Policía! ¡Oye, muchacho! ¡Alto! ¡Alto, he dicho!

Un chico joven acababa de saltar de un Volvo XC90 verde oscuro. Las chapas de registro del vehículo eran ilegibles de tan sucias, a pesar de que el resto del coche estaba bastante limpio. «El truco más antiguo del libro», pensó el oficial Knut Bork cuando salió del vehículo civil de la Policía y empezó a correr tras el muchacho.

– Detén ese coche -le gritó a su colega, que ya estaba en camino a bordo de una tremenda motocicleta.

Durante exactamente cinco días había estado prohibido comprar sexo en Noruega. La nueva disposición legal había pasado el trámite del Parlamento sin mucho ruido, pese a que no parecía que la decisión fuese a significar una reducción significativa de la venta de sexo. La flagrante prostitución callejera había crecido, temporalmente amparada, quizá para poder así apreciar mejor la situación real. De todos modos, todavía abundaban las ofertas en Oslo, de ambos sexos, y tampoco los clientes habían desaparecido. Todo el asunto se volvió más complicado para todas las partes, y quizás ésa era la intención.

El muchacho se tambaleaba, pero era rápido. De todos modos, el teniente Bork no necesitó correr más de quince metros hasta alcanzarlo.

El cliente del coche caro estaba aterrado. Tenía alrededor de treinta y cinco años y había tratado de ocultar con una manta vieja dos asientos para bebé que llevaba en el asiento trasero. La bragueta de los vaqueros de marca estaba todavía bajada cuando la puerta delantera se abrió violentamente. En cuanto salió a la calzada como se le pidió, empezó a llorar.

– ¡Joder! -gritó el muchacho al otro lado de la calle-. ¡Me vas a matar!

– Para nada -dijo el oficial Bork-. Y si te portas bien, no voy a esposarte, ¿vale? No es muy agradable, o sea, que yo en tu lugar…

Podía sentir que, aunque a regañadientes, el muchacho comenzaba a resignarse. El cuerpo flaco se relajaba poco a poco. Cuando el muchacho se volvió, le pareció todavía más joven que desde la distancia. El rostro era infantil y blando en las facciones, a pesar de que apenas debía pesar más de sesenta kilos. Una cicatriz de herpes le subía desde el labio superior hasta la fosa nasal izquierda, que estaba agrandada por una úlcera con costra. El oficial Bork sintió un escalofrío y le dieron más ganas de dejarlo escapar que de cualquier otra cosa.

– ¡Yo no hecho nada malo!

Rozó el borde de la cazadora bajo la nariz.

– No está prohibido venderse. ¡Es ese desgraciado el que tiene que ir a la cárcel!

– Te vamos a poner una multa, me parece. Pero como tú eres nuestro testigo, también hemos de mantener una charla contigo. Vamos a nuestro coche. Ven. ¿Cómo te llamas?

El muchacho no respondió. Testarudo, se quedó quieto cuando Knut Bork le hizo señas para que comenzara a caminar.

– Escucha -dijo el policía-. Hay dos formas de hacer esto. Está la forma buena y fácil, y está la que no es en absoluto divertida. Ni para ti ni para mí. Pero puedes elegir.

Ninguna respuesta.

– ¿Cómo te llamas?

Todavía ninguna respuesta.

– Ok -dijo Knut Bork, y sacó las esposas-. Las manos a la espalda, por favor.

– Martin. Martin Setre.

– Martin -repitió el policía, que guardó las esposas-. ¿Llevas algún tipo de identificación encima?

Débil negativa con la cabeza y encogimiento de hombros.

– ¿Qué edad tienes?

– Dieciocho.

Knut Bork se rio, despectivo.

– Diecisiete -dijo Martin Setre-. Pronto. Pronto diecisiete.

Los lloriqueos del cliente se hacían cada vez más elevados. Era casi la una de la madrugada y el tráfico era moderado. Escucharon el traqueteo del tranvía desde Prinsensgate y un taxista hizo sonar, indignado, su bocina ante los dos coches mal aparcados cuando pasó al lado con la luz del techo encendida, en busca de pasajeros. Los banquetes navideños y la crisis financiera habían puesto coto a la vida nocturna en enero y la ciudad estaba como vacía.

– Knut -gritó fuerte el colega-. ¡Me parece que debes venir un momento!

– Ven aquí -dijo Knut Bork, y agarró al muchacho por el antebrazo; era tan delgado que pudo darle la vuelta con la mano sin problemas.

El muchacho lo siguió con desgana.

– Me parece que tenemos que arrestar a este tipo -dijo el colega cuando se acercaron-. ¡Mira lo que tenemos aquí!

Bork miró dentro del coche.

La consola del medio entre los asientos delanteros estaba abierta. En el espacio que había bajo el apoyabrazos, pensado para colocar algún artículo pequeño y necesario, había una bolsa repleta que apenas cabía allí. Knut Bork se colocó un par de guantes de plástico y cogió un poco del contenido.

– ¡Mira por dónde! -dijo, y probó la sustancia-. ¿Hachís, me imagino?

La pregunta era innecesaria y, por lo tanto, no obtuvo respuesta. El policía sopesó el paquete con la mano y pareció cavilar.

– Medio kilo, más o menos -dijo al final-. ¡Vaya, vaya!

– No es mío -lloriqueó el hombre-. ¡Es suyo!

Señaló a Martin.

– ¡Eh! -gritó el muchacho-. ¡Muchas putas gracias! ¡Te dije cinco gramos por el trabajo y mira lo que me das!

Abrió la cremallera de la cazadora y buscó algo en el bolsillo interno. Finalmente encontró lo que buscaba, lo extrajo y lo sostuvo entre el índice y el dedo corazón.

– Como mucho, tres gramos -dijo balanceando ante sí el pedacito envuelto en filme plástico-. ¡Como mucho! ¡Como si yo hubiese dejado el coche si el paquete grande hubiera sido mío! ¡Como si no me lo hubiese llevado de ser el dueño! ¿Me crees imbécil o qué?

– Tiene su cosa, ¿no crees?

El cliente sollozó cuando el policía le apoyó una mano en el hombro en espera de una respuesta.

– ¡Por favor! ¡Sólo les pido que no se lleven el coche! Haré lo que quieran, puedo…, pueden quedarse con…

– ¡Apapapap…! -advirtió Knut Bork, levantando la mano-. No lo hagas peor para ti. Hagamos esto bien tranquilos, de forma que…

– ¿Puedo irme? -preguntó Martin, bajito-. Yo no soy el que ustedes quieren. Me van a mandar al correccional de menores, que es sólo un montón de papeleo para ustedes, y después…

– Creía que habías dicho que eras mayor. Vamos.

Pasó un bus nocturno. Tuvo que zigzaguear entre los coches, que bloqueaban cada uno su carril. Sólo un pasajero miró con curiosidad a los cuatro hombres antes de que el bus siguiese su camino; entonces pudieron hablar otra vez.

– Mi coche -lloriqueaba el hombre mientras lo guiaban al coche de la policía-. ¡Mi mujer lo necesita mañana temprano! ¡Tiene que llevar a los niños al parvulario!

– Por decirlo de alguna manera -contestó Knut Bork, ayudando al hombre a sentarse en el asiento trasero-, mañana temprano tu mujer tendrá problemas mucho más grandes que conseguir que alguien la lleve al parvulario.

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