Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Chico de la calle
El problema era que mucha gente había empezado a quejarse de la mala ventilación. Del mal olor, propiamente. El conserje había tenido más que suficiente trasladando huéspedes a medida que éstos regresaban de las habitaciones asignadas y que no podían ocuparse. Lo extraño era que no se trataba de un sector del hotel. Por el contrario, las quejas llegaban de una habitación por aquí y otra por allá, y al final el esquema de distribución se estancó. Teniendo en cuenta el número de habitaciones que ya no podían utilizarse, el hotel estaba críticamente superpoblado.
El hotel Continental de Oslo era un establecimiento orgulloso, que definitivamente no aceptaba el mal olor en las habitaciones de sus huéspedes.
El factótum Fritjof Hansen había tratado de encontrar una solución durante más de cincuenta minutos. Empezó con la primera habitación rechazada: el cliente era un irritado francés que amenazaba con mudarse al Grand. Un olor dulce y empalagoso lo golpeó en cuanto abrió la puerta. Hasta donde podía ver, no había nada que pudiese explicar el hedor. El baño estaba recién limpiado. Todos los cajones estaban vacíos, a no ser por la edición obligatoria del Nuevo Testamento y algunos folletos sobre la vida nocturna en Oslo y otras posibilidades de entretenimiento. Era cierto que encontró un parche de algodón sucio bajo la cama, además de un condón, embarazosamente oculto por una de las patas del mueble. Pero nada que oliese. Hasta donde pudo comprobar, no había zonas de la habitación en donde el olor fuese más pronunciado que en otras. Y en cuanto se salía al pasillo, olía otra vez a lujo, sequedad y limpiador de alfombras. En la habitación vecina todo estaba en orden. Cuando abrió otra puerta más cercana a la entrada, la pestilencia estaba otra vez allí.
Simplemente no se podía creer.
Precisamente ahora estaba abajo en el vestíbulo, con las piernas separadas y con las manos a la espalda, mientras olisqueaba el aire. Si bien Fritjof Hansen era un hombre de sesenta y tres años y tenía el olfato algo debilitado después de haber fumado un buen número de cigarrillos diarios durante cuatro décadas, una vez que hubo terminado con eso, hacía ya tres años, tanto ese sentido como el del gusto se le habían aclarado.
– Edvard -dijo, reteniendo con un gesto de la mano al botones que pasaba vacilante con una cartera bajo el brazo y una maleta en cada mano-. ¿Notas un olor raro por aquí?
– No -jadeó Edvard sin detenerse-. ¡Pero el sótano huele que apesta!
– ¡Ajá!…
Fritjof Hansen juntó los pies como un soldado y se sacudió una mota de polvo imaginaria del mono que vestía. Era verde, estaba recién planchado y las rayas en las piernas del pantalón se marcaban como cantos afilados. Los zapatos negros le brillaban. La tarjeta de identidad, que combinada con su cinta magnética y el poco sabiamente elegido código 1111, le permitía tener acceso a todos los cuartos del edificio, colgaba de un mosquetón en el cinturón mediante un cordón extensible. Cuando empezó a caminar lo hizo también a la estricta manera militar.
El sótano del Continental era un laberinto poco claro, aunque no para Fritjof Hansen. Había manejado grandes y pequeños detalles en el hotel durante más de dieciséis años. Cuando le dieron el título de gerente de mantenimiento el año anterior, entendió que, de algún modo, era sólo para premiar su lealtad. Realmente no era jefe de nada. Antes de obtener ese trabajo en el Continental, había precintado paquetes para una empresa de seguridad en Groruddalen. Como parecía ser muy hábil con las manos, se convirtió en una especie de conserje informal del lugar. Hasta que su jefe lo recomendó para un puesto en el Continental. Se había presentado a la entrevista recién afeitado, con su caja de herramientas y un buen traje. Consiguió el puesto, y desde entonces no faltó un solo día.
No le gustaba el sótano.
Las complejas máquinas de allí abajo las mantenían especialistas. Podía suceder que Fritjof Hansen cambiase una lamparita o reparase una puerta que se hubiese salido de registro, pero el hotel tenía contratos con firmas externas para el mantenimiento y la continua modernización del cuarto de calderas. También del sistema de ventilación. En el techo y en su propio local en el piso superior estaba el módulo que tomaba aire fresco de fuera. En el sótano estaba el sistema mecánico. Con los años, se habían construido y suplementado de tal manera que en la práctica funcionaban como dos sistemas separados. En la última modernización, se había aconsejado que el hotel lo cambiase todo de una vez. Resultó demasiado caro, y a través de un acuerdo entre la dirección del hotel y el proveedor del equipo, en su lugar se proveyó un nuevo agregado menor para aliviar el viejo sistema. Fritjof Hansen podía oír el rumor monótono desde mucho antes de llegar al pasillo más alejado, donde estaba la puerta cerrada que se abría al cuarto de las máquinas.
En cuanto bajó las escaleras, arrugó la nariz. No olía igual que en las habitaciones contaminadas, pero aquí también había un olor extraño, dulce, mezclado con polvo y humedad, además del olor característico de lo viejo.
Fritjof Hansen no creía en fantasmas. Creía en su hermano, en el Partido Socialdemócrata y en la dirección del hotel, que le había prometido que tendría trabajo allí mientras pudiese sostenerse en pie y caminar. Con los años había empezado también a confiar en sí mismo. Los fantasmas eran invisibles. Lo que no se podía ver, no existía. De todas maneras siempre sentía esta extraña incomodidad cuando buceaba en los largos pasillos estrechos con las muchas puertas de estancias que escondían cosas que conocía, pero que, por lo general, no comprendía.
Cuando torció el pasillo hacia la izquierda, el olor se hizo más penetrante. Se acercaba al sistema de aire acondicionado, que se encontraba en dos cuartos separados, uno al lado del otro. A cada paso que daba, la incomodidad iba en aumento. Pensó que tal vez debería buscar a alguien. Edvard era un buen tipo al que le gustaba conversar cada vez que podía.
Sin embargo, era sólo el botones. Él era jefe de mantenimiento, con un cartel identificatorio sobre el pecho y un código para entrar a cualquier lugar en todo el edificio. Aquél era su trabajo, y el conserje había dicho que tenía una hora para solucionar el asunto antes de que la dirección del hotel llamase a un servicio profesional.
Como si él no fuese un profesional.
Aunque casi todo era viejo en el sótano, la cerradura del cuarto era un moderno lector de tarjetas. Pasó la suya por el lector de la puerta más cercana e introdujo el código con tanta decisión como pudo.
Abrió la puerta.
La fetidez lo golpeó con una fuerza que le hizo retroceder un par de pasos. Se tapó la nariz con la mano antes de adelantarse de nuevo con obstinación.
Se quedó parado en el vano de la puerta del cuarto oscurecido, y con la mano libre buscó el interruptor. Cuando lo halló, casi se quedó ciego por el resplandor de los tubos fluorescentes, que, de pronto, inundó el cuarto con una incómoda luz azul.
Cuatro metros más allá, medio ocultas tras un artefacto que no sabía qué era, vio unas piernas, de la rodilla hacia abajo. Era difícil decir si pertenecían a una mujer o a un hombre.
Fritjof Hansen tenía un ritual nocturno. Diariamente, a las nueve y treinta y cinco de la noche, veía CSI en TV Norge. Una cerveza, una pequeña bolsa de patatas fritas y Crime Scene Investigation antes de irse a la cama. Le gustaban tanto la versión de Miami como la de Nueva York. Aunque, de todos modos, su favorito era Gil Grissom, en la serie original de Las Vegas. Ahora, cuando estaban a punto de cambiar a Grissom por el negro, no estaba tan seguro de querer seguir viéndola.
Grissom era el mejor de todos.