Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– No tontees. Me interesa. ¿Qué es lo que haces?
Ella bebió un trago del vaso. La mezcla de tés era fresca y liviana, y olía ácida.
– Pensaba -dijo ella despacio, antes de hacer una pausa- que quiero acercarme a la expresión «odio» desde fuera. También desde dentro, por supuesto, pero para decir algo con significado sobre los crímenes de odio pienso que tenemos que adentrarnos más en la expresión propia. Con todo ese dinero que nos arrojan de pronto… -Levantó la vista, como si pensase profundamente-. Puedo, por ejemplo, involucrar a esa chica de la que te hablé.
– ¿Chica?
– Charlotte Holm. Historia de las ideas. La que te conté que había escrito… -Miró rápidamente en torno suyo hasta que encontró una carpeta y la cogió-. «Amor y odio: un análisis histórico de las expresiones» -leyó Yngvar despacio.
– Excitante -dijo ella, y arrojó el documento-. Hablé con ella, y probablemente va a empezar conmigo ya en febrero.
– ¿Cuántos van a ser, entonces? -preguntó Yngvar, que arrugó la frente, como si la idea de que un grupo de investigadores que emplearan dinero de los contribuyentes para adentrarse más en el odio lo tornase profundamente escéptico.
– Cuatro. Posiblemente. Será divertido. Antes siempre trabajé más o menos sola. Y esto aquí…
Levantó una hoja en una mano y dejó que la otra trazase un arco que cubría el resto de los papeles que flotaban en torno a ella.
– Es todo el odio legal. El odio verbal que está protegido por la libertad de expresión. Como los motivos de las expresiones de odio contra las minorías coinciden en gran medida con los que respaldan lo que claramente son crímenes de odio, pienso que es interesante ver cómo se corresponden. Dónde están los límites.
– ¿De qué?
– De lo que se entiende como libertad de expresión.
– ¿No entra ahí casi la mayor parte?
– Sí, por desgracia.
– ¿Por desgracia? ¡Podemos dar gracias a Dios por eso, por poder decir lo que queramos en este país!
– Por supuesto. Pero escucha…
Ella recogió mejor las piernas. El la miró. Cuando llegó a casa, tenía más bien ganas de zambullirse en la cama, aunque todavía no eran ni las diez. Aun así estaba cansado después de un día largo y productivo, pero no tenía ganas de dormir. Con los años, Inger Johanne y él habían caído en un ritmo de convivencia en donde la mayor parte de las cosas giraba en torno a su trabajo, las preocupaciones de ella y las niñas. Mirándola como ahora, sentada en un mar de documentos sin acordarse de las niñas cada poco, recordó en una ráfaga como era estar intensamente enamorado de ella.
– La libertad de expresión tiene un gran alcance -dijo ella mientras buscaba un artículo en aquel caos-. Así debe ser. Pero como sabemos, tiene una serie de limitaciones. La más interesante es la que se encuentra en el Código Penal, en el párrafo 135 a. Sin aburrirte con demasiado derecho, solamente…
– No me aburres. Nunca.
– Sí que lo hago.
– No ahora, en todo caso.
Una sonrisa rápida, y ella siguió:
– Algunos pocos han sido condenados por transgredir esa disposición. Los menos. El punto por discutir, o quizá puedo decir mejor «por considerar», se relaciona con la libertad de expresión. Y si he de juzgar por todo lo que flota en torno a mí, aquí estoy sentada… -vencida, golpeó con las manos hasta dar por fin con el libro que buscaba-, entonces es la libertad de expresión la que manda. Punto.
– Eso es así -dijo Yngvar-. Por suerte. Somos una sociedad moderna.
– Moderna y moderna, señorita Blom. He visto lo que hay detrás de todo lo que estos idiotas homofóbicos han dicho últimamente…
– No son muy intelectuales estas expresiones tuyas.
Ella dejó que él la interrumpiese. Respiró profundo y se llevó las manos al cuello.
– En este momento no me siento especialmente intelectual. Estoy cansada. Agotada. Para que algo sea definido como crimen de odio, no basta con que el culpable odie a la víctima como individuo. El odio debe estar dirigido a la víctima como representante de un grupo. Y si hay algo que apenas puedo entender, es el odio contra grupos en una sociedad como la noruega. En Gaza, sí. En Kabul, también. Pero ¿aquí? ¿En la Noruega segura, social, democrática?
Se llenó la boca de té y lo retuvo allí un par de segundos antes de tragar.
– Primero empleé dos meses en analizar las expresiones públicas de musulmanes, negros y otras minorías étnico-culturales. Es pensamiento grupal en su peor versión. Es «ellos» y «nosotros», todo el tiempo. -Los dedos marcaban comillas en el aire-. Al final me dieron náuseas. ¡Náuseas, Yngvar! No puedo entender cómo lo hacen una madre o un padre noruego y musulmán para dormir de noche. Cómo es para ellos cada noche, cuando preparan a sus hijos para dormir y los ponen en la cama y les leen, sabiendo la cantidad de mierda que la gente dice y escribe sobre ellos, piensa de ellos, siente acerca de… -Los ojos se le hicieron más estrechos, y se quitó las gafas-. Es como si todo eso se hubiera vuelto legal. La mayor parte debe, por supuesto, serlo. La libertad de expresión política en Noruega se acerca a lo absoluto. La cultura de las expresiones, por otro lado… -Empañó el vaso con un soplido y lo limpió con el faldón de la camisa-. Disculpa -dijo, y sonrió levemente-. Es sólo que yo hubiese estado tan preocupada si perteneciese a una minoría mal vista y tuviera hijos…
Yngvar rio bajo.
– En ese punto tienes mucho que enseñarles. En la preocupación por los niños, quiero decir. Pero… -Se puso de pie y empujó la taza de té hacia el otro extremo de la mesa. Apartó con rapidez hacia la otra punta del sofá los papeles más cercanos a Inger Johanne y se sentó junto a ella. La rodeó con un brazo. Le dio un beso en el cabello, que olía a tortitas-. Pero ¿qué tiene que ver esto con los crímenes de odio? -preguntó en voz baja-. Estamos de acuerdo en que esto no es criminal, sino, por el contrario, que está protegido por la libertad de expresión.
– Tiene… -buscó las palabras- como la sustancia de lo que se dice -comenzó de nuevo antes de interrumpirse otra vez-. Como el contenido de lo que se dice y se escribe está en precisa concordancia con…, con lo que los otros sostienen, esos que golpean…, esos que matan…, pienso que… -Agarró la taza, sin beber-. Si queremos poder decir algo significativo acerca de los crímenes de odio, tenemos que saber qué los provoca. Con eso quiero decir conocer no solamente las explicaciones tradicionales, que se basan en condiciones de vida, experiencias desdichadas, historias de conflicto, distribución de recursos, enfrentamientos religiosos, etc. Hemos de saber qué es lo que desencadena esos crímenes. Yo quiero investigar si existe alguna relación entre las que se pueden considerar expresiones legales de odio, por un lado, y por el otro, la criminalidad ilegal motivada por el odio.
– ¿Quieres decir, que la una estimula a la otra?
– Entre otras cosas.
– Pero ¿es que no es obvio? ¡Sin que por ello podamos prohibir esas expresiones!
– De hecho, no puede tomarse como evidente. La relación, digo. Hay que investigarla.
– ¡Papá! ¡Papá!
Yngvar pegó un brinco. Inger Johanne cerró los ojos y rogó intensamente que Kristiane no se despertase. Todo lo que podía oír era la voz baja y calmada de Yngvar, que se mezclaba con el refunfuñar soñoliento de Ragnhild. De nuevo, todo quedó en silencio. Los vecinos de abajo ya debían de haberse acostado. Antes, durante la tarde, le había irritado el ruido de una película, evidentemente de acción; le había parecido que estaba sentada, ahí, en primera línea de combate.
– Todo bien -dijo Yngvar, y se dejó caer al lado de ella en el sofá-. Un sueño, probablemente. No estaba del todo despierta. ¿Dónde estábamos?
– No sé bien -contestó ella débilmente-. De veras, no lo sé.
– Creí que te entusiasmaba este proyecto. Que te gustaba, quiero decir.