Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Se quedó sentada, inclinada hacia delante, con ambas manos en el volante. La adrenalina la hacía pensar con una claridad absoluta. Por un momento consideró lo absurdo que era creer que alguien podía interesarse en vigilar a una niña rara de catorce años que vivía en Tasen.
En cuanto puso de nuevo el coche en marcha, volvió a sentirse tan angustiada como antes.
– No debería preocuparse por no tener suficiente quehacer -dijo, risueña, la secretaria alcanzando una carpeta a Kristen Faber-. El que un cliente no aparezca facilita las cosas, así se pueden hacer muchas más cosas. Arreglar los papeles de su escritorio, por ejemplo. Allí reina un alegre caos.
El abogado cogió la carpeta y la abrió mientras caminaba hacia la puerta de la oficina. Detrás de él, junto al escritorio de la secretaria, quedó un olor de cuerpo sin lavar, de loción para después del afeitado y de alcohol barato. Ella abrió un cajón y extrajo un aerosol perfumado. Pronto el olor de borrachera rancia se mezcló con el intenso aroma de lirios, y la secretaria olisqueó el aire con una mueca antes de devolver el pulverizador a su lugar.
– ¿Ni siquiera ha llamado? -gritó el abogado Faber, antes de que un ataque de tos hiciese innecesaria la respuesta.
En lugar de eso, la secretaria se paró, tomó una humeante taza de café bien caliente de encima de un archivador y lo siguió.
– No -dijo cuando finalmente el hombre terminó de escupir flemas en un cesto rebosante de papeles-. Probablemente algo se lo impidió. Tome. Beba esto.
Cuando Kristen Faber tomó la taza, logró hacerlo sin derramar nada.
– Este miedo a volar que tengo es una desgracia -murmuró-. Tuve que beber alcohol desde fucking Barbados.
La secretaria, una mujer amigable y de constitución frágil que rondaba los sesenta, podía imaginarse muy bien que había habido mucho fucking en Barbados. También sabía que él no había bebido tan sólo en el viaje.
Había trabajado durante casi nueve años para el abogado Faber. En el bufete eran sólo ellos dos, más un apoderado que trabajaba media jornada. Según los papeles compartían la oficina con otros tres abogados, pero los locales estaban distribuidos de tal forma que podían pasar días sin que ella viese a los otros. El abogado Faber tenía su propia entrada, su recepción y su toilette. Como su oficina era grande, no era común que ella tuviese que preparar café y agua mineral en el gran cuarto de reuniones, que era compartido.
Dos veces al año, en julio y para las Navidades, Kristen Faber se desconectaba de todo. Junto a un grupo de viejos amigos de estudios, todos hombres, divorciados y forrados de dinero, viajaba a lujosos destinos para comportarse como si todavía tuviesen veinticinco años. Salvo en lo que respectaba al dinero. Cada vez que lo hacía regresaba igual de cansado. Le llevaba una semana recuperarse, pero entonces no tocaba una gota de alcohol antes de que llegase la oportunidad de un nuevo viaje con sus amigos. La secretaria suponía que él sufría de una especie de alcoholismo. Sin embargo, se podía vivir con eso, pensaba.
– ¿El avión llegó a la hora? -preguntó, más que nada por decir algo.
– No. Aterrizamos en Gardermoen hace dos horas, y si no hubiera sido por esta entrevista, hubiera podido pasar por casa para darme una ducha y ponerme ropa limpia. ¡Joder!
Chasqueó los labios con el café fuerte.
– Un poco más, por favor. Y creo que debe cancelar la entrevista de las dos. Tengo que…
Levantó el brazo y se olisqueó la axila. Los restos salados de sudor marcaban un anillo claro en su traje oscuro. Se enderezó con violencia.
– ¡Pufff! ¡Tengo que irme a casa!
– Como usted quiera -sonrió la secretaria-. También tiene un cliente a las tres. ¿Estará de vuelta entonces?
– Sí.
Miró su reloj de pulsera y dudó un momento.
– Por cierto, retrase la entrevista de las dos hasta las dos y media, y entonces haremos que la entrevista de las tres se demore un poco.
Ella buscó la jarra con café y trajo un platito con chocolates. El ya estaba ocupado con sus papeles y no se lo agradeció.
– Tipo del demonio -murmuró, y dejó que la mirada corriese sobre el documento-. ¡Las veces que insistió en que lo recibiera en cuanto llegase de vuelta!
La secretaria no contestó y regresó a su lugar.
El dolor de cabeza lo estaba matando. Metió el pulgar en una órbita y el índice en la otra. La presión no ayudaba en lo más mínimo. Tampoco el café, le daban palpitaciones por la cafeína combinada con el alcohol.
La bandeja con los casos que estaban en proceso estaba llena hasta rebosar. Cuando dejó la última carpeta sobre la pila, ésta se deslizó y cayó al suelo. Irritado, se puso de pie y la recogió. Pensó un segundo, abrió un cajón e introdujo allí el documento. Cerró el cajón de un golpe y salió del cuarto.
– ¿He de llamar a este… -la secretaria miró la agenda por encima de las gafas, que tenían la forma de medialuna- Niclas Winter? -continuó-. ¿Para una nueva entrevista, digo? Ha insistido, como usted dice, muchísimas veces, y…
– No. Espere a que él llame. Ya tengo suficiente trabajo esta semana. Es todavía su responsabilidad, ya que ni siquiera se molesta en dejar un mensaje.
Agarró la maleta grande de la que se había desembarazado al llegar y desapareció sin cerrar la puerta detrás de sí. Ni siquiera una vez preguntó cómo había pasado la Navidad su secretaria, en Tailandia, junto a sus hijos y nietos. Ella permaneció sentada escuchando los pasos de él en las escaleras. La maleta golpeó en casi todos los escalones. Sonaba como si fuese cojo y tuviese una pata de palo.
Al final todo quedó en silencio.
La fuerza con la que caía la nieve amortiguaba todos los ruidos. Era como si la paz de los días sacros descansase todavía sobre el vecindario. Rolf Slettan había elegido ir caminando del trabajo a casa, pese a que había una hora y media de marcha entre la clínica veterinaria en Skøyen y la vivienda en Holmenkollåsen. Las veredas estaban cubiertas por casi un metro de nieve suelta, y hubo de caminar el último par de kilómetros dentro de la estrecha franja dejada en medio de la calle por el tractor.
Los pocos vehículos que, de vez en cuando, pasaban resbalando, lo forzaban a trepar a menudo por los bordes todavía blancos como la tiza. Respiraba con dificultad y estaba empapado de sudor. De todos modos, comenzó a correr en cuanto dobló la última esquina.
Desde lejos, la casa se veía como la escena de un film nazi. Capuchones de nieve blanca colgaban sobre el portón y ocultaban a medias la inscripción de gruesas letras: «Se está bien fuera, pero es mejor en casa». Grandes montones de nieve enmarcaban el patio, que dentro de algunas horas tendría que volver a limpiar.
Se detuvo en la entrada, frente al portón.
Marcus no podía haber llegado todavía. Una capa de diez centímetros de nieve virgen revelaba que nadie había entrado o salido durante un buen rato. El pequeño Marcus debería de estar en casa con un compañero de clase y no llegaría hasta eso de las ocho. La casa estaba oscura y en silencio, pero la gran cantidad de lámparas exteriores de hierro forjado iluminaban con calidez y producían destellos en la nieve. El tejado de turba había desaparecido bajo la nevada. Era como si los dragones que alargaban sus lenguas desde cada extremo del caballete pudiesen emprender el vuelo en cualquier momento ayudados por sus nuevas alas blancas.
Se sacudía la nieve de las piernas cuando la huella dejada por un automóvil llamó su atención. El vehículo había avanzado hasta el portón y allí había trazado una curva profunda en la nieve. No podía haber sido hace mucho. Cuando se puso en cuclillas pudo apreciar el dibujo de las cubiertas. Pensó que probablemente alguien había maniobrado en el lugar para dejar pasar el tráfico que venía en sentido contrario. Mientras se incorporaba, siguió con la vista el trazo de los neumáticos hasta la calle.