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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– No he visto a Hawre desde hace muchísimo -dijo el muchacho con amargura.

– Bueno, eso me lo creo.

– No sé nada de Hawre -murmuró Martin.

– ¿Erais amigos?

El muchacho esbozó una mueca.

– ¿Eso quiere decir sí o no?

– No es muy fácil hacer amigos cuando se vive como yo. ¡No puedo vivir en el mismo sitio durante más de unas semanas!

– Eres tú el que se escapa -lo interrumpió la asistente social-. Yo entiendo que las cosas son muy difíciles para ti, pero no es fácil comprender…

– De eso se puede hablar más tarde -interrumpió Silje Sørensen-. Tengo que preguntarte otra vez, Martin: ¿conocías bien a Hawre?

Él retomó el hockey de mesa, sin contestar.

– Te sonrojas. ¿Erais amantes?

– ¿Eh?

La herida de la nariz había empezado a sangrar. Una línea delgada y roja zigzagueaba hacia abajo por la costra irregular y amarilla que bajaba desde la fosa nasal izquierda hasta el labio.

– ¿Yo y… Hawre? ¡Hawre ni siquiera es verdaderamente homo! ¡Sólo necesita dinero!

– Pero ¿tú lo eres?

– ¿Qué?

– Homo.

– Eso usted no me lo puede preguntar.

Una sirena empezó a sonar en el patio trasero. Dos urracas se sentaron en el marco externo de la ventana y los miraron con ojos negros como el carbón, sin hacer caso del ruido. Los ojos de Martin se achicaron, y finalmente dejó las manos quietas.

– Pero ya que pregunta, la respuesta es sí. No es nada de lo que avergonzarse.

Todo el cuerpo tenso irradiaba obstinación y ahora era él el que no quería perder su mirada.

– En eso estoy totalmente de acuerdo -dijo Silje.

Si el muchacho hubiese pesado diez kilos más y la herida en la cara estuviese curada, quizás hubiese sido guapo. Desgraciadamente tenía los dientes destruidos, un espectáculo raro entre los jóvenes noruegos en 2009. Cuando hablaba, podía vérsele la capa de sarro gris que, de todos modos, no lograba ocultar las malas amalgamas en los incisivos. Pero los ojos eran grandes y azules, y las largas pestañas se curvaban con gracia, como las de un niño pequeño.

– ¿No puede irse esta gente? -preguntó.

– ¿Quién?

Martin señaló a la asistente social y al policía.

– Yo puedo irme -dijo Knut Bork-. Pero Andrea Solli tiene que quedarse. No disponemos de permiso para interrogarte sin que un custodio esté presente.

Sin decir más, se puso de pie. Dejó la carpeta al lado de la hoja frente a Silje Sørensen y empujó la silla nuevamente debajo de la mesa.

– Llámame cuando hayáis terminado -dijo-. Estaré en mi oficina.

Cuando la puerta se cerró tras él, Martin miró mohíno a Andrea Solli.

– No necesito custodia -dijo-. También puedes irte.

Silje se adelantó a la representante de Protección al Menor.

– No va a hablar -dijo con decisión-. Olvídate. Mejor cuéntame cosas sobre ti y Hawre.

Martin había empezado a lamerse la herida. La sangre de la nariz se volvió de un color rojo claro al mezclarse con la saliva, y de pronto un pedazo grande de la costra se soltó.

– ¡Mierda! -gritó, y se llevó la mano a la boca.

La sangre fluyó y Andrea Solli extrajo un paquete de Kleenex de su espaciosa cartera. Martin agarró tres hojas y las apretó contra la herida.

– Hawre y yo no éramos amantes -dijo excitado, y gritó dando a entender que no había terminado del todo de cambiar la voz-. ¡Sólo éramos amigos!

– Los amigos suelen tener alguna idea sobre dónde está el otro -respondió Silje.

El muchacho no respondió. Tenía los ojos húmedos, pero Silje no sabía si era por el giro de la conversación o por el dolor del labio. Eso le hizo dudar sobre cómo continuar. Para ganar tiempo, abrió una botella de medio litro de Farris y escanció tres vasos sin preguntar si alguien quería.

– Hawre está muerto -dijo despacio.

Las urracas abandonaron juntas el marco de la ventana, graznaron y desaparecieron en la oscuridad sobre la ciudad. Finalmente había dejado de nevar. Se habían hecho las cuatro y cuarto de la tarde. Desde el pasillo podían oír los pasos ansiosos de la gente que se apresuraba para regresar a casa.

– Era lo que yo creía -susurró Martin.

Arrojó el papel ensangrentado al suelo antes de poner los brazos sobre la mesa y esconder la cara.

– Era lo que yo creía -sollozó una vez más.

Silje Sørensen tenía más ganas de rodearlo con el brazo que de otra cosa. Hubiera querido contenerlo. Consolarlo, como si hubiese alguna forma de consolar a un muchacho de sólo dieciséis años que ya hacía mucho había perdido la posibilidad de llevar una vida decente.

– ¿Cuándo lo viste por última vez? -insistió.

– No me acuerdo -lloró el muchacho.

– Esto es muy importante, Martin. A Hawre lo mataron.

Hubo una pausa en los sollozos.

– ¿Lo mataron?

En la postura en la que estaba, su voz sonaba estrangulada.

– Sí. Y por eso es muy importante que trates de recordar.

– ¿Usted cree que maté a Hawre?

No estaba siquiera enojado. No de manera acusadora. Martin Setre simplemente daba por hecho que todos pensaban que él tenía la culpa de todo.

– No, de ninguna manera. No creo, en absoluto, que hayas matado a tu amigo.

– Bien -moqueó el muchacho, y enderezó lentamente la espalda.

Andrea Solli señaló el paquete de Kleenex. Él no lo tocó.

– ¡Porque nunca haría algo así!

– ¿Puedes tratar de recordar cuándo lo viste por última vez? Podemos partir del 21 de noviembre. Entonces os trajeron juntos. Era un viernes. ¿Recuerdas algo de eso?

El asintió casi imperceptiblemente.

– Aquí dice que os entregaron a Protección de Menores y os llevaron a Agudos. Hawre, sin embargo, logró escaparse durante el traslado. ¿Volviste a verlo desde entonces?

– Sí…

Realmente parecía como si pensase. Una arruga inclinada le dividía el ceño en dos.

– Yo me fugué al día siguiente. En todo caso, nos encontramos… el domingo. Y en… -Por primera vez cogió el vaso de agua mineral-. ¿Me pueden dar Coca-Cola en vez de agua? -preguntó.

– Claro. Aquí tienes.

Le alcanzó una botella. Él la abrió y bebió sin preocuparse del vaso. Una mueca de dolor le cruzó la cara cuando la boca del envase le tocó la herida, que todavía sangraba.

– Nos encontramos ese domingo. De eso estoy bien seguro, porque…

Se interrumpió bruscamente.

– ¿Por qué? -preguntó Silje Sørensen.

– No se lo voy a decir.

– Tienes que entender que…

– No le voy a decir nada sobre esa noche, ¿vale? No es importante, de todas maneras, pues volvimos a vernos con Hawre al día siguiente.

– Muy bien -dijo Silje, y tecleó en su móvil hasta llegar al calendario-. Eso sería… ¿el lunes 24 de noviembre?

– No tengo ni puta idea de qué fecha era, pero era el lunes, después de que nos cogieran, en todo caso. Íbamos…

Finalmente tomó una de las servilletas y se la llevó con cuidado a la boca. Todavía tenía lágrimas en las pestañas. Ya no lloraba, pero el chico parecía todavía más miserable que antes, si eso era posible.

– Sólo queríamos ir a dar un par de vueltas. Después íbamos a ir al cine. Necesitábamos dinero.

Silje Sørensen tenía delante una pluma y un papel. Aun así, hasta ahora no había tomado una sola nota. Ahora cogió la pluma con cuidado, pero sin tocar la hoja.

– ¿Qué película? -preguntó antes de agregar rápido-: Así podré verificar la fecha.

– Max Manus.

– Vamos, Martin. El estreno de Max Manus fue justo antes de Navidad.

– Vale. No me acuerdo. Es cierto. No recuerdo qué íbamos a ver; de todos modos, no fuimos al cine.

– ¿Qué hicisteis?

– Íbamos a… ¡Ah, sí! Sólo íbamos a conseguir algo de dinero. Fuimos a la estación central.

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