Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Ahora él buscó de nuevo la mirada de la policía, como para confirmar que entendía lo que le quería decir. Ella asintió con cuidado y él lo interpretó como un sí.
– Había un montón de gente. Lleno de personas.
– ¿A qué hora era esto?
– No sé. Por la tarde, quizá. En todo caso no era tan tarde. Después íbamos a ir al cine. Nos quedamos donde estamos normalmente, y…
– ¿Dónde es eso?
– En la entrada del andén.
– ¿Y entonces?
– No vino nadie.
– ¿Nadie? Pero dijiste que…
– Nadie de los que buscábamos. Nadie que…
Jugueteó con la cajita de tabaco. Ella reparó en que los dedos eran inusualmente largos y delicados, casi femeninos.
– O sea, que decidimos irnos a City. Oslo City. Pero justo cuando estábamos saliendo, llegó un tipo que nos habló en inglés. O, más bien, hablaba en norteamericano. No estoy seguro. Norteamericano, creo.
– Bien. ¿Qué quería?
– Lo común -dijo Martin con terquedad-. Pero sólo que no se decidía a decirlo de una vez. Por lo menos no usaba las mismas… Creepy type. Había algo raro en él.
– ¿Como qué?
– No sé bien. En todo caso yo no quería irme con él. Era…
La pausa fue tan larga que Silje le hizo otra pregunta:
– ¿Recuerdas cómo era?
– Parecía un viejo libidinoso. Ropas caras. Un poco gordo, en realidad.
– ¿Qué quieres decir con viejo?
– ¡Por lo menos de cuarenta! Asqueroso. Como preguntón. No me gustan los viejos. Veinticinco está bien. No mucho más, en todo caso. Pero Hawre necesitaba el dinero más que yo, así que se fue con él. -Miró la botella de Coca-Cola-. Estaba vestido como para que se pudiese ver lo rico que era, ¿entiende?
Silje Sørensen entendía perfectamente. Era la subinspectora de Policía más rica del país, tras haber heredado una fortuna cuando tenía dieciocho años. No le afectaba mucho. Cuando eligió la academia de Policía, en principio fue para atemperar su esnobismo. Ahora ya estaba tan acostumbrada que compraba sus ropas, por lo general, en Hennes & Mauritz. Pero sabía bien lo que él quería decir, y asintió.
– ¿Y desde entonces?
Él levantó la mirada. Sus ojos la asustaron; la confusión por su compañero muerto se había convertido en total apatía. El muchacho se encogió de hombros y murmuró algo que ella no entendió.
– ¿Qué?
– No me acuerdo mucho más de ese día.
– Pero ¿no volviste a ver a Hawre desde entonces?
No podía dejar de tocarse la herida con la lengua. Sacudió la cabeza en lugar de responder.
El informe de la autopsia preliminar mostraba que Hawre Ghani murió probablemente entre el 15 y el 25 de noviembre. Martin Setre había visto a Hawre el 24 de noviembre, cuando desapareció con un cliente desconocido.
– Tienes que ayudarme -dijo Silje.
Él siguió sentado en silencio.
– Tengo que hacer un dibujo del hombre que se fue con Hawre. ¿Puedes ayudarme con eso?
– Ok -dijo por fin el muchacho-. Si antes puedo comer algo.
– Te daremos de comer. ¿Qué quieres?
Por primera vez, ella vio la insinuación de una sonrisa sobre el rostro desfigurado.
– Un bistec con cebolla y muchas patatas asadas -le contestó-. Estoy muerto de hambre.
Yngvar Stubø tosió tratando de acallar los ruidos que hacía su estómago. Apenas una hora antes había comido una manzana y un plátano, pero ya se sentía otra vez vacío. La noche de Año Nuevo había utilizado la balanza del baño por primera vez en dos años. Los números que brillaron frente a él en el visor tenían tres cifras, y lo asustaron. Como no era posible encontrar tiempo en su ya ajustada agenda para ejercitarse de forma sistemática, tuvo que renunciar a comer. En absoluto secreto se había enrolado en vektklubb.no, un sitio de Internet que le había informado rápidamente y sin misericordia que su consumo diario era de 4.000 calorías. Bajar hasta 1.800 era simplemente infernal.
Todavía tenía tres Kvikklunsj en el escritorio. Abrió el cajón V miró los paquetes envueltos en papel con franjas. Media tableta no podría significar mucho. Era cierto que tres días atrás había consultado la cantidad de calorías que contenía el chocolate en vektklubb.no, y entonces había decidido no tocar otra vez ese invento del demonio. Pero ahora tenía tanta hambre que no pensaba con claridad.
Sonó el teléfono.
– Yngvar Stubø -dijo más amable que de costumbre, profundamente agradecido por la interrupción.
– Soy Sigmund.
Sigmund Berli era amigo de Yngvar, además de su colega más cercano en los últimos casi diez años. Estaba lejos de ser el cuchillo más afilado en el cajón de herramientas de Kripos, pero era muy trabajador y enormemente leal. Sigmund votaba a la derecha, era hincha del Vålerenga y cenaba Fjordland siete días a la semana desde que se había divorciado, hacía apenas un año. El poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a sus dos hijos, a los que adoraba. Sigmund Berli era el ancla que Yngvar tenía en las masas. Y él le estaba agradecido justamente por eso. Cada vez más, los amigos y colegas universitarios de Inger Johanne lo obligaban a pasarse toda la comida sin pronunciar ni una palabra. Por lo común era inútil referirles cómo era de veras la vida en este país. Gracias a Sigmund Berli y a sus burdas generalizaciones, en todo caso había fundamentos de una existencia vivida entre gente común.
– Hallamos una pila enorme de las llamadas «cartas de odio» -dijo Sigmund.
– ¿Todavía estás en Bergen?
– Sí, en una caja de seguridad en la oficina de la obispo.
– ¿Estás dentro de la caja de seguridad?
– Ja, ja. Las cartas. Había una caja de seguridad ahí, de la que tuvimos conocimiento hace unos días. La secretaria tenía un código, pero por lo visto no era el correcto. Un tipo de la empresa arregló el asunto. Y había un montón de mierda, por decirlo así.
– ¿De qué se trata?
– Adivina, pues.
– No tengo ganas de jugar ahora, Sigmund.
– ¡Homosexi, homosexa! -Hasta podía oír la sonrisa de Sigmund al otro lado-. Qué si no -agregó.
– ¿Hablamos de mensajes electrónicos? -preguntó Yngvar-. ¿O de correo normal? ¿Anónimos?
– Un poco de todo. La mayoría son mensajes electrónicos impresos. De esos la mayor parte son anónimos, pero también hay alguno que otro firmado con nombre completo. En su mayor parte es basura, Yngvar. Una cloaca, propiamente. ¿Y sabes qué es lo que nunca he entendido?
«Bastante», pensó Yngvar.
– Cómo es posible que algunos pueden sentirse tan provocados por lo que la gente hace en la cama. Mira: el que entrena a mis chicos en hockey sobre hielo es maricón. Masculino y recio con los muchachos, pero increíblemente simpático. Va a todos los entrenamientos, lo que no hacía el otro idiota que tenían antes, pese a que tenía mujer y cuatro hijos. Algunos de los padres empezaron a hacer ruido cuando el tipo salió en los diarios, ¡pero ahí deberías haber visto al viejo Sigmund Berli! -La risa crepitaba en el teléfono-. ¡Puse las cosas en su lugar! No se puede comparar a un homo cualquiera con un jodido provocador, ¿sabes? Me gané un amigo para toda la vida, con el tipo. Hemos salido a tomar cervezas un par de veces y es un chaval estupendo. Buenísimo en el hielo, también. Estaba en el equipo juvenil hasta que pudo. Son una caterva de homofóbicos, ésos.
Yngvar escuchaba con asombro creciente. Todavía sus ojos volvían al papel con franjas de los chocolates.
– ¿Qué pasa con las cartas?
Sigmund masticó algo.
– Disculpa -dijo con la boca llena de comida-. Debía tener algo en el estómago. ¡Tienen unos bollos de canela increíblemente buenos, aquí en Bergen!
El cajón con los chocolates se cerró ruidosamente antes de que Sigmund siguiera.