Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Esta vez, Live Smith cedió sin discutir. El enorme llavero se agitó otra vez y al cabo de unos segundos pudo abrir la puerta. El interior del armario estaba dividido en seis cajones. Cada uno con su correspondiente candado y llave.
– Éste es el cajón donde estaba la carpeta de Kristiane -dijo señalando el superior.
Inger Johanne no logró ver huellas de que alguien hubiera forzado nada ni siquiera poniendo toda su voluntad. Inspeccionó por todos lados el pequeño agujero de la llave. El armario era ciertamente viejo, con alguna que otra raya en el esmalte. Sin embargo, no parecía que nadie hubiera tocado el candado.
– Gracias -murmuró.
Live Smith cerró y echó la llave cuando salieron.
– Entonces -dijo aliviada, una vez que todo estuvo cerrado-. Lamento sinceramente haberla alarmado sin razón.
– No hay problema -dijo Inger Johanne, y se obligó a sonreír en respuesta-. Como hemos dicho es mejor anticiparse. Gracias.
Ya estaba en la puerta. Entonces se dio cuenta de que tenía puesto el abrigo. Tenía calor, casi estaba sudando.
– Llámeme si aparece -pidió.
– «Cuando» aparezca -rio la inspectora de enseñanza-. Por supuesto que lo haré. De paso debo decirle que es una alegría observar los avances que hace Kristiane.
Fue como si la mujer de mediana edad hubiera experimentado un súbito cambio de personalidad. La estúpida sonrisa desapareció. Las manos, que todo el tiempo habían estado nerviosas tocándose los cabellos y llevándolos detrás de las orejas, reposaron tranquilas en su falda cuando se sentó. Inger Johanne permaneció de pie.
– Es una niña fascinante -continuó Live Smith-. ¡Pero además nos brinda tanto! Lo especial con Kristiane es lo impredecible de su enorme predictibilidad. He tenido muchos autistas en la escuela, pero…
– Kristiane no es autista -se apuró a decir Inger Johanne.
Live Smith se encogió de hombros.
Pero sin sonreír.
– Autista, asperger, o quizá sólo… especial. No importa mucho cómo quiera usted llamarla. La cosa es que es un placer tenerla aquí. Tiene una fantástica capacidad de aprendizaje, y no hablo solamente de estudiar. Puede formular las preguntas más extrañas que, si uno utiliza sus mismas premisas, pueden tener una lógica asombrosa.
Ahora la sonrisa era genuina. De vez en cuando reía, una risa alegre y cristalina que Inger Johanne no le había oído nunca. Para saber tan poco de la familia, conocía notablemente a Kristiane.
– Pero todo esto usted ya lo sabe. Yo sólo quería que entendiese que no son únicamente sus maestros más cercanos los que han aprendido a querer a Kristiane. Todos nos preocupamos por ella y aprendemos algo nuevo de ella todos los días.
Inger Johanne sacó un pañuelo. Sabía a sal cuando su lengua rozó el labio superior.
– Gracias -dijo despacio.
– Yo soy quien debo darle las gracias. Tengo el mejor trabajo del mundo, y hay niños como su hija que me hacen estar agradecida por cada día de escuela. Tantos de nuestros pequeños encuentran límites en todo lo que hacen. Pueden ser tres pasos adelante y dos hacia atrás. Pero no con Kristiane.
– Tengo que irme -dijo Inger Johanne.
– Desde luego. ¿Sabe cómo se sale?
Inger Johanne asintió y abrió la puerta. Cuando la dejó cerrarse detrás de ella, sintió en la nariz el olor de jabón verde. Se apuró a través del largo corredor. Las botas resonaban contra el linóleo recién encerado, y cuando llegó finalmente a las grandes puertas de vidrio de la entrada, no las pudo abrir lo suficientemente rápido.
El frío del invierno la golpeó haciendo que respirase más fácilmente.
Disminuyó la velocidad y metió las manos en los bolsillos del abrigo. Como de costumbre, Kristiane había insistido para que aparcasen a algunos cientos de metros de la escuela, así podrían dar exactamente el mismo rodeo de siempre hasta llegar al edificio.
Finalmente había llegado el cambio de clima.
Una larga helada había endurecido el suelo y lo había preparado para la nieve seca y ligera que cubría ahora todo Østlandet. Las pistas de esquí distribuidas en los pulmones verdes que la capital todavía consideraba sensible mantener habían estado repletas de niños y padres de criaturas en los últimos días de las vacaciones escolares. Las pistas de trineo se rellenaban cada día echándoles nieve ligera. En las canchas de fútbol congeladas, grandes y chicos daban vueltas con cajones y palas. No sólo la ciudad estaba más luminosa cubierta de blanco; era como si, colectivamente, sus habitantes suspirasen aliviados porque la naturaleza se había dado de alta. En todo caso por esta estación.
Inger Johanne se ajustó mejor la bufanda contra la nevada y trató de pensar racionalmente.
Seguramente la carpeta se había extraviado, sin más.
Pero no lograba creerlo.
– Joder -se dijo-. Joder, joder, joder.
No entendía por qué se había alterado tanto. Era cierto que se sentía siempre preocupada por Kristiane, pero aquello ya era excesivo.
Extraviada, había dicho Live Smith.
Caminó más rápido.
Una angustia nueva y aterradora se había asentado en ella. Había llegado con el hombre que había visto en el jardín. Ese que las niñas no supieron quién era, pero que llamó a Kristiane por su nombre. Lo único que reconocía en la constante inquietud que la perseguía desde entonces era que estaba completamente sola con ella. Isak manejaba a Kristiane como si la niña fuese sana y normal, y se reía siempre ante cualquier preocupación. Yngvar siempre la tranquilizaba, sobre todo en los peores momentos. Ahora tenía menos paciencia. Los gestos de desaliento cada vez que ella insinuaba que pasaba algo extraño con su hija, que algo no iba como debería, hicieron que se quedase cada vez más callada. Trataba de calmarse diciéndose que había leído demasiado. Toda la sabiduría de la que se había adueñado en el curso de los años con Kristiane se había vuelto una carga. Mientras que Ragnhild ya sabía que los extraños podían ser peligrosos, Kristiane era a menudo totalmente incapaz de discernir. Podía dejarse llevar por quien fuera.
Delincuentes sexuales.
Ladrones de órganos.
No debía darle tantas vueltas. Kristiane estaría protegida siempre, siempre.
Se acercó al coche. No podía haber pasado más de una hora desde que había aparcado. Aun así, el automóvil estaba cubierto de nieve. Además, un tractor limpiacalles había pasado por su lado y había dejado un muro de nieve de un metro de alto entre el viejo Golf y la estrecha calle de una sola dirección.
Inger Johanne se detuvo. No tenía una pala en el coche. Había olvidado los guantes en la oficina de la inspectora de enseñanza.
Por primera vez se animó a considerar la idea en su conjunto: había alguien que los vigilaba.
No a ellos.
A Kristiane.
La familia Vik Stubø nunca había tenido cortinas en las ventanas de la sala. Las miradas de la calle no les molestaban, y la habitación era más luminosa sin ellas. En los últimos días, sin embargo, Inger Johanne había comenzado a buscar algún género liviano. Algo que los protegiese de las miradas de los que se movían allí fuera. Esos que ella no conocía, pero que estaban ahí. La parte racional de su cerebro sabía que un hombre detrás de una cerca de jardín, un tipo amigable en la tienda de los ositos y un fichero desaparecido difícilmente completaban una secuencia. Pero la sensación en su estómago le decía algo totalmente diferente.
Furiosa, con las manos desnudas, comenzó a remover la nieve que cubría el automóvil. Pronto se le entumecieron los dedos, pero no cejó hasta dejar libre todo el vehículo. Entonces empezó a deshacer a patadas el muro que había dejado el tractor. Le caían las lágrimas y le dolían los talones cuando por fin juzgó que le sería posible salir.
Se dejó caer en el asiento del conductor, introdujo la llave en la ranura y la giró.
Acelerando más de lo necesario, torció las ruedas hacia la calle pasando por encima de toda la nieve que no había podido quitar del paso. Puso la reductora y condujo al doble de la velocidad permitida. Al llegar al primer cruce se dio cuenta de lo que hacía y frenó abruptamente, justo a tiempo para evitar la colisión con un camión que avanzaba desde la derecha.