Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
El fantasma de una sonrisa asomó a los labios de Andrew.
– Algo más en lo que estamos de acuerdo, pues tampoco yo lo olvidaré. Ni aunque viva cien años. Y ahora, dígame… ¿qué la tiene tan confundida?
Catherine consideró recurrir a la mentira. También estuvo tentada de marcharse. Sin embargo, lo mejor sin duda era sincerarse.
– La cabeza y el sentido común me dicen que me vaya sin volver la vista atrás. Sin embargo, el resto de mi ser no quiere hacerlo. No soy ninguna doncella inocente y virginal, y sé adonde este… flirteo podría conducirnos. Aun así, no sólo puedo pensar en mí y en mis deseos. Por lo tanto, tengo mucho en lo que pensar. Y decisiones que tomar.
– También yo.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de decisiones tiene usted que tomar?
Una sombra de malicia destelló en los ojos de Andrew.
– Debo decidir cuál es la mejor manera de convencerla para que tome la decisión que quiero que tome.
En un tono igualmente malicioso, Catherine dijo:
– Se da usted cuenta, naturalmente, de que la arrogancia es un irritante rasgo de su carácter que en ningún caso le hará ganar enteros a su favor en mi toma de decisiones.
– No es arrogancia de lo que bebe mi discurso, sino sinceridad… un rasgo que mucha gente aprecia y que considera admirable.
– ¿Está diciendo que pretende seducirme?
– Estoy diciendo que pretendo cortejarla.
A Catherine se le detuvo el corazón. Una ridícula reacción a una ridícula declaración.
– No sea ridículo.
Andrew arqueó las cejas.
– ¿Preferiría entonces no ser cortejada?
– No hay razón alguna para que lo haga.
– Entonces preferiría simplemente que la sedujera.
– Sí. ¡Quiero decir no! Lo que quiero decir es que… ¡oh! -Se apartó de él y se apretó más el albornoz alrededor de cuerpo-. Es usted tan…
– ¿Incontenible? ¿Irresistible?
Un regocijo que Catherine no pudo negar la recorrió por entero y sus labios se arrugaron.
– Iba a decir irritante.
– Debo confesar que prefiero con mucho mis elecciones.
– Sí, estoy segura.
– ¿Por qué no tiene sentido que la corteje?
– El cortejo es el precursor del matrimonio y, como no tengo intención de volver a casarme, sus esfuerzos serían en vano.
– ¿Es que un hombre no puede cortejar a una mujer simplemente porque disfruta del placer de su compañía?
– ¿Disfruta usted de mi compañía, señor Stanton?
– Andrew. Y sí, así es. Cuando no se muestra usted quisquillosa. Aunque debo reconocer que disfruto de su compañía incluso cuando está quisquillosa. Simplemente la disfruto más cuando no lo está.
– No soy quisquillosa.
– Si no lo cree así es porque obviamente desconoce la definición de la palabra. Entre eso y no saber lo que es una sorpresa, creo que se impone tener siempre un diccionario al alcance de la mano.
– ¿Y a esto le llama usted cortejarme? ¿Irritarme hasta provocarme jaqueca?
– No. Sin embargo, no creo que importe demasiado puesto que acababa de decir que no desea ser cortejada.
Catherine se mordió los labios, sin saber a ciencia cierta si estaba más divertida o enojada. Dedicándole un ceño exagerado, preguntó:
– ¿Sabe quién es más irritante que usted?
Un evidente regocijo chispeó en los ojos de Andrew.
– No, pero no me cabe duda de que está a punto de decírmelo.
– Nadie, señor Stanton. No he conocido a nadie más irritante que usted.
– Andrew. Y qué afortunado me siento de ocupar la primera plaza.
Sonrió. Fue una sonrisa plena y hermosa, completa con aquellos seductores hoyuelos que la obligaron a apretar con fuerza los labios para evitar así responderle con idéntico gesto. Maldición, ¿dónde había ido a parar su irritación? No tendría que haber tenido ganas de sonreír. Se suponía que tenía que estar molesta. Fastidiada.
¿Por qué, entonces, estaba tan absolutamente… encantada?
Sin duda había llegado el momento de despedirse de él.
Dio un paso adelante, pero él la detuvo tomándola con suavidad del brazo. Todo vestigio de humor había desaparecido de su mirada y alargó la mano para pasarle la yema del dedo por la mejilla.
– Creo que hemos compartido algo bueno esta noche, Catherine.
Un hormigueo le recorrió la columna. ¿Cómo podía aquel hombre provocar en ella una reacción física tan fuerte simplemente con el roce de su tacto? A pesar de que habría deseado desesperadamente lo contrario, ya no podía seguir mintiéndose y negarse que aquel hombre le parecía irresistiblemente atractivo.
Ahora la única pregunta pendiente de respuesta era: ¿qué pensaba hacer al respecto?
Capítulo 12
La mujer moderna actual debe ser consciente de que no es ningún crimen ser egoísta cuando la ocasión lo requiere. En muchos aspectos de la vida, se espera de las mujeres, y en ocasiones se las fuerza a ello, que antepongan las necesidades y deseos de los demás a los propios. En muchos casos, tales sacrificios son admirables. En otros, sin embargo, son una temeridad. La mujer moderna actual debería tomarse el tiempo de mirarse al espejo y decirse: «Quiero esto, lo merezco, voy a tenerlo».
Guía femenina para la consecución
de la felicidad personal y la satisfacción íntima
– ¿Hemos terminado ya, señor Stanton? -preguntó Spencer por tercera vez en el último cuarto de hora.
Agachado sobre el tosco suelo de madera de una parte poco utilizada de los establos, Andrew sonrió por encima del hombro. Spencer estaba de pie junto a una bala de heno con una escoba en la mano… por primera vez en su vida. Cuando, media hora antes, Andrew le había dado la herramienta, Spencer había mirado el mango de madera durante varios segundos como si fuera una serpiente, pero no tardó en imbuirse del espíritu de la tarea. La pátina de trabajo duro brillaba en el rostro del joven, como también el claro testimonio de su satisfacción por los frutos de sus esfuerzos.
– El suelo tiene buen aspecto -dijo Andrew-. Sólo tengo que clavar unos cuantos clavos más. Luego podremos empezar.
Mientras Andrew colocaba otro clavo en su sitio, Spencer se aclaró la garganta.
– Quiero darle las gracias por haber cuidado de mi madre como lo hizo después del disparo.
Andrew se volvió, concentrando en el niño toda su atención.
– Fue un placer, Spencer.
– Le habría dado antes las gracias, pero ella no me lo contó hasta ayer. -Bajó la mirada y arrancó una brizna de heno de la bala-. Cuando me lo contó, no sólo me enfadé con ella, sino también con usted por no habérmelo contado.
– No me tocaba a mí contártelo, Spencer. Y las intenciones de tu madre eran buenas. Todos intentamos proteger a nuestros seres queridos.
– Lo sé. Mamá y yo hablamos de ello. Ya no estoy enfadado. Me prometió no ocultarme ningún otro secreto.
– Bien. -Andrew se adelantó hasta la bala de heno y tendió la mano-. Espero que todavía seamos amigos.
Spencer levantó la cabeza con gesto brusco y su mirada seria encontró la de Andrew. Tendiendo él también la mano, estrechó la de Andrew con fuerza y asintió.
– Amigos. Pero… no más secretos.
La culpa sacudió a Andrew como una bofetada y se limitó a ofrecer una leve inclinación de cabeza como respuesta, resistiéndose a dar voz a tamaña falsedad. Toda su vida estaba basada en secretos. Y mentiras.
Soltó la mano del chiquillo y retrocedió para volver a coger el martillo.
– Terminaré esto para que podamos empezar -dijo. Enterrando el pesar que provocaba en él su falta de honradez ante la confianza de Spencer, puso un clavo en la madera y lo golpeó con toda la fuerza de sus frustraciones.
Diez minutos más tarde, Andrew completó la tarea y se levantó para supervisar su obra. Mientras Spencer había quitado el polvo y las telarañas, Andrew había clavado al suelo tres docenas de rectángulos de madera, de aproximadamente el tamaño de un ladrillo, formando un amplio círculo. Sí, funcionaría a la perfección.