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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Abrió la boca para responder, pero antes de poder pronunciar palabra, algo le golpeó directamente debajo de la barbilla con un golpe perfectamente colocado. Reparando al instante en que aquel algo era el puño de Spencer, dio un paso hacia atrás, tropezó con su propio pie y fue a dar directamente con su trasero contra la dura madera del suelo. Sin poder evitar una mueca de dolor, tomó nota mentalmente de caer contra el montón de heno en la siguiente ocasión.

– Dios santo, Spencer ¿acaso has… habéis… perdido el juicio? -tronó la voz de Catherine a su espalda. Andrew la oyó correr hacia delante.

Spencer apartó su mirada estupefacta de su puño cerrado para fijarla en Andrew y devolverla luego a su puño. Miró entonces a su madre, quien parecía estar sacando vapor por las orejas. Tragó saliva visiblemente y se acercó a Andrew.

– Lo siento, señor Stanton, no era mi intención…

Andrew levantó una mano para hacer callar al niño mientras se frotaba la dolorida mandíbula con la otra.

– A eso le llamo yo un golpe excelente y perfectamente ejecutado, y un magistral ejemplo de la segunda regla que te he enseñado, ¿que es…?

– Aprovecharte siempre de la debilidad de tu rival.

– Exactamente. Me he visto momentáneamente distraído por la llegada de tu madre, y de pronto me he encontrado sentado en el suelo. Muy bien hecho. -Se puso de pie de un salto, se sacudió el polvo de los pantalones y, con una sonrisa, tendió su mano a Spencer-. Estoy orgulloso de ti.

El arrebol de inconfundible satisfacción que asomó al rostro del joven, combinado con el asombro y la gratitud impresos en su expresión, caldearon el corazón de Andrew de un modo que no había experimentado en mucho tiempo

– Gra… gracias, señor Stanton. -Su sonrisa se desvaneció con la misma celeridad con la que había aparecido-. No le habré hecho daño, ¿verdad?

Andrew movió la mandíbula adelante y atrás y luego le guiñó un ojo.

– Sobreviviré.

Luego volvió su atención a Catherine y sonrió, fingiendo no reparar en su tormentosa expresión.

– Su hijo es un alumno excelente.

– ¿Alumno? Por favor, le ruego que no me diga que le está enseñando a pelear con los puños.

– Muy bien, en ese caso no se lo diré.

– ¿Qué está haciendo entonces?

– Ya que me ha pedido que no le diga que le estoy enseñando a pelear con los puños, me va a resultar muy difícil responder a esa pregunta.

Catherine le dedicó una mirada ante la que Andrew dio las gracias por no ser leche, de lo contrario se habría cuajado al instante. A continuación apartó la mirada de Andrew para posarla en Spencer.

– ¿Estás bien?

– Sí, mamá, claro. Es el señor Stanton quien ha ido a dar con el culo al suelo.

– Y estoy muy bien, gracias.

Su mirada de enojo fue alternándose entre Andrew y Spencer.

– Estoy esperando una explicación.

– Le estaba enseñando a Spencer algunos conocimientos básicos sobre pugilismo -dijo Andrew-. Y, como puede ver, es un alumno muy aventajado.

– ¿Y por qué demonios iba a enseñarle usted algo semejante? ¿Es que ninguno de los dos ha tenido en cuenta los riesgos que implica semejante actividad? Spencer podría haberse caído. Podría haber resultado gravemente herido. A punto ha estado de tropezar y caer de espaldas hace apenas un instante.

– Pero no me he caído, mamá -intervino Spencer-. El señor Stanton me ha cogido.

– ¿Y si no lo hubiera conseguido?

– Pero lo ha hecho -reiteró Spencer-. Es muy fuerte y muy rápido. Ha construido este cuadrilátero especialmente para mí. Me ayuda a mantener el equilibrio. Mira. -Le hizo una pequeña demostración y luego añadió-: el cuadrilátero está rodeado de heno para que caiga en blando si llega a darse la ocasión… algo que no ocurrirá porque el señor Stanton es un maestro excelente. Y, en cuanto a la pregunta de por qué el señor Stanton me está enseñando… -levantó un centímetro la barbilla-. Porque yo se lo pedí. Era la sorpresa que te tenía reservada.

Catherine agitó la mano, dibujando con ella un arco que incluyó la habitación entera.

– Bien, pues ciertamente estoy sorprendida.

– Y ya que te has enterado de esto, quizá sea mejor que sepas el resto, mamá.

– ¿Hay más?

– También he pedido al señor Stanton que me instruya en la disciplina de la esgrima y de la equitación.

Ayer dimos nuestra primera lección de equitación y fue muy bien. -Se volvió hacia Andrew-. ¿O no fue así?

– Ciertamente -confirmó Andrew.

El color se desvaneció del rostro de Catherine al tiempo que miraba a Andrew.

– ¿Equitación? Pero ¿está usted loco? ¿Y si se cae de la silla?

– ¿Y si es usted la que se cae de la silla? -respondió Andrew-. ¿O yo? ¿O Philip? ¿Acaso nadie debería entonces montar a caballo?

Con el ceño fruncido Catherine se volvió hacia Spencer, reparando en la expresión iluminada y esperanzada de su hijo.

– ¿Has… disfrutado de la lección?

– Mucho. Oh, al principio estaba nervioso, pero enseguida le he pillado el tranquillo y he dejado de estarlo.

– Es un joven extremadamente brillante, lady Catherine.

– ¿Lo ves, mamá? La lección de equitación de ayer fue bien y la de pugilismo de hoy también ha sido perfectamente segura -dijo el chiquillo apresuradamente. Avanzó arrastrando los pies hacia Catherine y le puso una mano tranquilizadora en el brazo-. El señor Stanton se aseguró de que así fuera. Y no te preocupes. No intento convertirme en el mejor púgil de Inglaterra. Sólo intento hacerlo lo mejor que pueda. Así, si alguien intenta alguna vez hacerte daño, podré dejarle sentado en el suelo como lo he hecho con el señor Stanton.

Catherine parpadeó varias veces.

– Eso es muy dulce de tu parte, cariño. Y terriblemente caballeroso. Pero…

– Por favor, no me pidas que lo deje, mamá. Me encanta.

– Ya… veo. -Catherine inspiró hondo-. ¿Por qué no vuelves a casa y me dejas unos instantes a solas para que hable de esto con el señor Stanton?

Spencer lanzó una mirada a la vez preocupada y esperanzada a Andrew, quien a su vez le dedicó una alentadora inclinación de cabeza.

– ¿Puedo ir a las aguas en vez de a casa, mamá?

– Sí, naturalmente.

Spencer se acercó a Andrew y susurró:

– ¿Vendrá a encontrarse conmigo para nuestra lección?

Andrew asintió. Catherine y él se quedaron en silencio, atentos al sonido del arrastrar de pies de Spencer.

Cuando las pisadas del joven se fundieron en el silencio, Catherine dijo:

– Por favor, le ruego que se explique. ¿En qué estaba pensando cuando alentó a Spencer con este peligroso cometido?

Andrew inspiró hondo y a continuación relató la conversación que había mantenido con Spencer la tarde de su llegada a Little Longstone.

– Spencer se está convirtiendo en todo un hombre -concluyó-. Desea y necesita sentir que puede hacer las mismas cosas que otros jóvenes de su edad. Me pareció muy perdido, muy titubeante e inseguro de sí mismo. Sólo pretendía darle un poco de aliento y de confianza en sí mismo… la misma clase de aliento que yo recibí de niño.

Catherine guardó silencio durante varios segundos y Andrew vio aliviado que ya no parecía tan enfadada como antes.

– Le agradezco su amabilidad, señor Stanton…

– Andrew.

Catherine se sonrojó.

– Andrew. Aun así…

– No es una cuestión de amabilidad, Catherine. Es una cuestión de cariño. Spencer me ha… tocado el corazón. Me recuerda mucho a alguien que conocí en Norteamérica, y me gustaría ayudarle en la medida de mis posibilidades. -Tendió los brazos y tomó las manos de ella entre las suyas-. Le doy mi palabra de que jamás haría nada que pudiera ponerle en peligro.

Los ojos de Catherine buscaron los suyos.

– Naturalmente, no creo que le hiciera daño intencionadamente, pero una cosa así… -Su mirada deambuló por la habitación para volver de nuevo a fijarse en la de Andrew-. No puedo evitar preocuparme. ¿Cómo puede prometerme que no sufrirá ningún daño?

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