Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
El fuerte brazo la soltó y Andrew le llevó la mano al rostro. Despacio, las yemas de sus dedos le rozaron la frente. Las mejillas, los labios… todo ello mientras con su otro brazo la sostenía fuertemente abrazada contra su cuerpo… elección de lo más conveniente, pues Catherine sospechaba que de lo contrario se deslizaría al suelo en un amasijo acalorado y deshuesado. Andrew tragó saliva y luego susurró una palabra.
– Catherine.
Sonó como una sensual caricia. Ronca y profunda, con un leve deje de asombro. El sonido de su voz hormigueó sobre la piel de Catherine, haciéndola sentir malvada y decadente. Más femeninamente viva de lo que lo había estado en años. Sólo había una palabra que pudiera dar como respuesta.
– Andrew.
Una lenta sonrisa se dibujó en los labios de él.
– Me gusta cómo suena mi nombre cuando usted lo pronuncia.
– Es todo lo que se me ha ocurrido decir, excepto «Oh, Dios».
– Estoy totalmente de acuerdo con usted.
– Pero ¿es posible eso? ¿Que volvamos a estar de acuerdo esta noche?
– Asombroso, pero cierto. Sin embargo, parece usted sorprendida de que se le haya ocurrido decir «Oh, Dios» cuando la he besado.
– Confieso que, hasta cierto punto, lo estoy. ¿Usted no?
Andrew negó con la cabeza.
– En ningún momento he dudado que sería así. Lo único que me ha sorprendido es haber sido capaz de reunir la fortaleza suficiente para detenerme.
– ¿Había pensado en besarme? -Catherine bendijo la capa de oscuridad que impedía que Andrew viera el rubor que le tiñó las mejillas ante su pregunta directa, pero quería saberlo. Necesitaba saberlo.
– Sí. ¿Eso… la molesta?
«No. Me excita. Casi insoportablemente.»
– No. -Los ojos de Catherine buscaron los de él y, tras un rápido debate, confesó la verdad sin ambages-. Nunca me habían besado así.
Andrew cubrió su mejilla con la palma de la mano y le frotó levemente los labios con el pulgar.
– Bien. Me gusta ser el primero.
Una docena de sensuales imágenes colisionaron en la mente de Catherine, quien se dio cuenta de que aquel hombre podía representar una gran cantidad de «primeras veces» para ella, «primeras veces» que su cuerpo estaba deseoso por experimentar. La excitación que seguía presionándole el vientre y el intenso y acelerado latir del corazón de Andrew bajo sus palmas indicaban que él no se mostraría en ningún modo reacio a la idea.
Pero Catherine no podía tomar una decisión tan importante como la de tomarle o no como amante mientras seguía entre sus brazos. Necesitaba pensar. Y, para ello, tenía que poner espacio entre ambos.
Despacio, retrocedió hasta que entre los dos medió una distancia prudencial. Vio descender por su cuerpo la mirada de Andrew. El camisón mojado se le pegaba a la piel, revelando todo ante sus ávidos ojos. Sin embargo, en vez de sentirse tímida, Catherine se recreó en el intenso deseo y necesidad grabados en su rostro.
– Es hermosa, Catherine. La mujer más hermosa del mundo.
El deseo que su voz despertó en ella la dejó temblorosa y asustada. Con la esperanza de enfriar el fuego que la recorría y disipar la tensión sensual que existía entre los dos, intentó reírse.
– ¿Cómo puede decir algo semejante? No ha conocido a todas las mujeres del mundo.
– No necesito tocar el fuego para saber que quema. No necesito golpearme el dedo con un martillo para saber que dolerá. Ni comerme un dulce de la confitería para saber que desearé otro. Hay cosas, Catherine, que uno sabe. -Alargó la mano y tomó la suya con suavidad, entrelazando sus dedos-. También sé que nuestro próximo beso será incluso más «Oh, Dios» que el que acabamos de compartir. Y el siguiente… -Alzó sus manos unidas, llevándoselas a los labios y depositando un cálido beso en la cara interna de la muñeca de Catherine-, indescriptible.
– ¿Nuestro próximo beso, señor Stanton? ¿Qué le hace pensar que habrá un próximo beso?
– Como ya le he dicho, hay cosas que uno simplemente sabe.
Otra oleada de calor la arrasó. Dios santo. Había llegado el momento de poner fin a aquel interludio antes de que el próximo beso se hiciera realidad. Catherine se volvió de espaldas y se dirigió con paso firme a la roca donde había dejado su ropa. Tras meter los brazos en las mangas, tensó la banda alrededor de su cintura. Cuando se volvió de nuevo, Andrew estaba a menos de un metro de ella. Catherine inspiró hondo y su cabeza se llenó con la deliciosa esencia a almizcle de él.
– Andrew -dijo él con voz queda.
– ¿Perdón?
– Acaba de llamarme señor Stanton. Preferiría que me llamara Andrew. Del mismo modo que preferiría llamarla Catherine.
Catherine le había llamado así para poner un poco de distancia emocional entre los dos, aunque dudaba de su capacidad de volver a pensar en él empleando esos formales términos. Sobre todo ahora que conocía la textura de su piel. El sedoso tacto de sus cabellos. La sensación de su lengua acariciando la suya. Y no podía negar que le gustaba el sonido de su nombre pronunciado desde los labios de él. Resultaba increíble cómo la simple elisión de la palabra «lady» lo cambiaba… todo.
– Supongo que a partir de ahora podemos llamarnos por nuestros nombres de pila. De acuerdo… Andrew. -Su nombre le dejó en la lengua un sabor decadente y voluptuoso.
Andrew alargó el brazo y la tomó de las manos, envolviéndolas con su calidez.
– ¿Se arrepiente de lo que ha ocurrido entre nosotros, Catherine?
Ella negó con la cabeza.
– No, no me arrepiento. Aunque sí… -Su voz se apagó, incapaz de encontrar la palabra exacta con la que describir el torbellino de emociones que se abrían paso en su interior.
– ¿La atemoriza? -adivinó-. ¿La confunde?
Maldición. ¿Cuándo se había vuelto tan transparente?
– ¿Tiene usted dotes de clarividente, Andrew?
– En absoluto. -Andrew levantó las manos, una tras otra, para llevárselas a la boca sin apartar en ningún momento su mirada de la de ella-. Sólo sugiero esas posibilidades porque son algunas de las cosas que yo siento.
– ¿Asustado? ¿Usted? -Catherine quiso reírse, pero el sonido que salió de sus labios pareció más un jadeante suspiro cuando la lengua de Andrew acarició el centro de la palma de su mano.
– De hecho, aterrorizado sería un término más fiel a la verdad.
El hecho de que ese hombre fuerte y viril admitiera tal cosa la conmovió de un modo que se vio incapaz de describir.
– ¿Por qué?
– Diría que por las mismas razones que usted.
– Porque, por muy agradable que haya sido nuestro beso, ¿no está seguro de que fuera una buena idea?
– No. Me parece que ha sido una buena idea. Y Catherine, nuestro beso ha sido mucho más que «agradable».
– ¿Tiene usted que estar en desacuerdo con todo lo que digo?
– Sólo cuando se equivoca. Y se equivoca al describir lo ocurrido entre nosotros empleando una palabra tan suave como «agradable».
Bien, sin duda no podía discutirle eso.
– ¿De qué tiene usted miedo?
Andrew no dijo nada durante varios largos segundos, ponderando cómo responder a la pregunta. Por fin, dijo:
– Me da miedo el mañana. Me da miedo que, cuando nos marchemos de aquí, separándonos para pasar a solas el resto de la noche, mañana, cuando vuelva a verla, haya usted olvidado lo que hemos compartido. O, que si no lo ha olvidado, haya decidido ignorarlo. Tengo miedo a que me mire con frialdad y no con calor en sus ojos. Tengo miedo a que ponga fin a lo que podríamos compartir juntos antes de que haya tenido la posibilidad de empezar.
Catherine se aclaró la garganta.
– Me temo que en este momento no hay nada que pueda decir para acallar sus temores. Pero puedo asegurarle que nunca olvidaré lo que hemos compartido esta noche.