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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– ¿Preparado? -preguntó.

– Sí. Y ansioso. -Señaló los bloques de madera con la barbilla-. Y ahora ¿quiere decirme qué son?

– Los hemos puesto para ayudarte a conservar el equilibrio durante nuestras lecciones pugilísticas. En cuanto te encuentres firmemente plantado sobre tus pies, no veo razón alguna para que no te desenvuelvas bien. Permíteme que te lo demuestre. Apoya el lado de tu pie débil a lo largo del madero y da un paso adelante con tu pie fuerte, manteniendo casi todo tu peso en la pierna adelantada.

En cuanto Spencer siguió sus indicaciones, Andrew dijo:

– Siempre que mantengas el peso hacia delante, la madera impedirá que tu pie izquierdo resbale, impidiéndote así caer hacia atrás.

Spencer flexionó despacio las rodillas varias veces y entonces una amplia sonrisa le iluminó la cara.

– Muy ingenioso, señor Stanton.

Andrew saludó sus palabras con una reverencia.

– Gracias. Estoy seguro de que no era tu intención parecer perplejo.

La sonrisa se desvaneció del rostro de joven.

– Oh, no. Yo…

– Bromeaba, Spencer. Y ahora, empecemos con las nociones básicas. El pugilismo tiene dos principios básicos. ¿Alguna idea de cuáles son?

– Golpear al otro y no dejar que te golpee.

– Exacto. -Andrew ladeó la cabeza-. Al parecer, conoces bien la materia. ¿Estás seguro de no haberlo practicado antes?

– Totalmente seguro -dijo Spencer con el rostro perfectamente serio.

Andrew reprimió una sonrisa.

– A fin de llevar a cabo esas dos cosas, debes saber cómo dar un puñetazo y cómo bloquear o evitar el del adversario.

– Imagino que la velocidad es muy importante en este deporte -dijo Spencer con voz triste.

– Cierto. Pero no es lo único. La coordinación y la capacidad de adelantarte a las intenciones de tu oponente son igualmente importantes. Lo que quizá te falte en velocidad, lo compensarás con la inteligencia. Y no olvides que el objetivo no es convertirte en el púgil más temido del reino… sino sólo hacerlo lo mejor que puedas.

– Pero ¿y si no puedo hacerlo?

– Si lo intentas y descubres que no puedes hacerlo, no pasa nada. No todo el mundo destaca en todo lo que intenta, Spencer. Lo importante es intentarlo. Estoy convencido de que puedes hacerlo. De no ser así, no habría clavado aquí este cuadrilátero casero. Si resulta que me equivoco, no pasa nada. Al menos, habrás descubierto que no te gusta.

– ¿Y no pensará que soy… tonto? ¿O estúpido? -Miró al suelo-. ¿Ni un fracasado?

La preocupación y la resignación implícitas en la voz del niño desgarraron el corazón de Andrew. Tendió los brazos, posó las manos sobre los hombros de Spencer y esperó a que el niño levantara los ojos para encontrarse con su mirada.

– Tanto si esto se te da bien como si no, siempre me parecerás un joven valeroso, inteligente y exitoso.

La esperanza que asomó a los ojos del joven ahuecó el espacio que rodeaba el corazón de Andrew. Spencer parpadeó y tragó saliva.

– ¿Lo dice de verdad?

– Te doy mi palabra. -Le soltó los hombros y luego le pasó la mano por el pelo-. No sabes hasta qué punto envidio tu valor.

– ¿Usted? -La palabra fue un bufido de incredulidad-. Tío Philip y usted son los hombres más valientes que conozco.

– Gracias, aunque creo que somos los dos únicos hombres que conoces -bromeó.

El rostro de Spencer se tiñó de un rojo carmesí.

– No es cierto. Conozco…

– Estaba bromeando, Spencer.

– Oh… ya lo sabía. -Frunció el ceño-. ¿Qué clase de valor tengo yo que usted envidie?

Andrew se paseó pensativo delante del niño varias veces y luego se detuvo en seco.

– Si te lo digo, ¿prometes no considerarme un bobo ni un fracasado?

Spencer abrió los ojos como platos.

– Nunca pensaría eso de usted, señor Stanton. Se lo prometo.

– Muy bien. -Se pasó los dedos por el pelo y a continuación inspiró hondo-. No sé nadar -soltó apresuradamente. Ya estaba. Lo había dicho. A viva voz.

– ¿Perdón?

Maldición. Al parecer tendría que volver a decirlo.

– No sé nadar.

Los ojos de Spencer se abrieron aún más.

– No me diga. ¿Está seguro?

– Totalmente. Nunca aprendí. Como bien sabes, mi padre no sabía nadar, ¿y quién más podría haberme enseñado? Cuando se ahogó, cualquier entusiasmo que yo pudiera haber albergado por el agua me abandonó de golpe. La última vez que me metí en el agua, sin mencionar la bañera, naturalmente, fue durante la ridícula celebración de una antigua travesía en canoa por el Nilo en la que me vi obligado a participar por insistencia de tu tío. Me dio demasiada vergüenza admitir que no sabía nadar y, en contra de lo que dictaba mi cordura, lo hice. La canoa volcó y a punto estuve de ahogarme. -Le recorrió un escalofrío cuando revivió el espantoso terror del agua cerrándose sobre su cabeza. Llenándole los pulmones. Sacudiéndose de encima el recuerdo, miró firmemente a Spencer-. Créeme, entiendo la inquietud que te provoca intentar algo sobre lo que crees no tener control. Pero te ayudaré. Puedes hacerlo. Si realmente lo deseas.

– Y usted también.

Andrew sonrió.

– Yo ya sé pelear.

– Me refería a nadar. ¿Ha intentado aprender?

– No. Aunque odie reconocerlo, me da miedo el agua.

– ¡Pero si ha cruzado un océano entero!

– Y no creas que no me dio miedo. Créeme, en ningún momento me acerqué a las barandillas.

– Yo podría enseñarle. ¡Podríamos empezar hoy mismo! En cuanto terminemos con nuestra lección de pugilismo.

Andrew sintió literalmente que la sangre le abandonaba el rostro.

– ¿Hoy? No, no creo que…

– Podría enseñarle a nadar, señor Stanton -prosiguió Spencer con los ojos iluminados de pura excitación-. ¿Por qué no me deja intentarlo? Sería para mí un honor enseñarle algo a cambio de todo lo que usted me está enseñando. Y, en cuanto aprenda, podrá tomar las aguas con mamá y conmigo… aunque lo cierto es que no necesita saber nadar para tomar las aguas. El agua de los manantiales sólo cubre hasta el pecho.

El «no» que había merodeado por los labios de Andrew se alejó en cuanto consideró esa oportunidad. Si aprendía a nadar… al instante se imaginó a Catherine y a él juntos de noche en el manantial, besándose, tocándose en el agua templada y calmante. Luego una relajante y divertida tarde familiar, chapoteando y nadando con Spencer y con Catherine.

– ¿Señor Stanton?

Andrew despertó de su ensimismamiento.

– ¿Sí?

– Si lo intenta, y descubre que no puede hacerlo, no pasa nada. No todo el mundo destaca en todo lo que intenta. Lo importante es intentarlo.

Una de las comisuras de los labios de Andrew se curvó hacia arriba.

– Estoy seguro de que en algún lugar está escrito: «no utilizarás las palabras de un hombre en su contra».

– Desgraciadamente para usted, no está escrito en ninguna parte -dijo Spencer sin asomo de duda-. Y estoy seguro de que no esperará de mí que siga su consejo si usted no está dispuesto a hacerlo.

Andrew parpadeó. El pequeño le tenía bien pillado.

– ¿Alguna vez has pensado en ser abogado?

– No. Pero si tengo alguna posibilidad de ganar este, mi primer caso, puede que me lo plantee. -Alargó el brazo y posó una tranquilizadora mano en el hombro de Andrew-. Sé que será difícil, sobre todo después de lo que le ocurrió a su padre. Pero un hombre muy sabio me dijo hace poco que si te limitas a hacer lo que siempre has hecho, siempre te quedarás donde estás.

Andrew negó con la cabeza.

– Me estás dando de beber mi propia medicina -masculló.

– Le agradezco su confianza por haber compartido su secreto conmigo, señor -dijo Spencer con voz muy seria-. Le doy mi palabra de que está buen recaudo.

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