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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Era evidente el fuerte deseo que Spencer tenía de sentirse necesitado e importante, de ser lo bastante bueno en algo como para poder enseñarlo a alguien más. Estaba todo ahí, en los ojos del joven, pidiéndoselo a gritos. Una llamada que Andrew no podía pasar por alto.

– Muy bien -concedió-. Lo intentaré. Pero una sola vez -añadió apresuradamente cuando el rostro de Spencer se iluminó con una sonrisa entusiasmada-. Pero si no me gusta, paramos. De inmediato.

– Trato hecho. Pero, antes, nuestra lección de pugilismo.

Andrew asintió.

– ¿Preparado?

Spencer cerró los dos puños contra el pecho y adoptó una postura de combate.

– Preparado.

– ¿Te dedicas ahora a estudiar las hojas del té, Catherine?

Ante la pregunta de Genevieve, Catherine levantó abruptamente la mirada de su taza de té y parpadeó.

– ¿Cómo dices?

– Me preguntaba si de pronto sientes algún interés especial por las hojas del té, puesto que es evidente que encuentras fascinante algo que tienes en el fondo de tu taza.

El calor abrasó las mejillas de Catherine.

– Disculpa, Genevieve. Estoy un poco preocupada.

– Sí, ya me he dado cuenta. ¿Ocurre algo?

Catherine miró la afectuosa preocupación reflejada en los ojos azules de Genevieve y cuál fue su consternación cuando sintió una cálida humedad abrirse paso desde el fondo de los suyos.

– No, no es que ocurra nada, aunque sí hay algo que me tiene preocupada.

– Me haría feliz oírlo si quieres contármelo.

– No sé realmente cómo ni por dónde empezar.

Genevieve asintió despacio.

– Entiendo. Y ello afecta al señor Stanton.

Catherine la miró fijamente.

– Dios mío. O me he vuelto totalmente transparente o todos los que me rodeáis habéis desarrollado claras tendencias clarividentes.

– Nada hay aquí de naturaleza clarividente ni transparente, querida. Simplemente te conozco tan bien, y es tanta mi experiencia en estas lides, que fácilmente puedo reconocer las señales.

– ¿Estas lides? ¿Señales? ¿A qué te refieres?

– Naturalmente, estoy hablando de ti y del señor Stanton. Anoche. De cómo te miraba. De los esfuerzos que hacías para no mirarle. De la forma en que bailasteis juntos el vals.

– No… no sé qué decir. Me encuentro tan confundida que no estoy segura de saber cómo describir lo que pienso.

– No hay nada de lo que debas estar confundida, Catherine. Lo entiendo perfectamente.

Una risa totalmente desprovista de humor escapó de labios de Catherine.

– Entonces quizá puedas explicármelo.

– Será un placer. El señor Stanton te resulta un hombre muy atractivo… a pesar de que pongas todo tu empeño en que no sea así.

– Cierto, no quiero que sea así -concedió Catherine enérgicamente-. Y, peor aún, no alcanzo a comprender por qué lo encuentro tan fascinante. Es el hombre más irritante que he conocido en mi vida.

– Razón por la cual lo encuentras fascinante -dijo Genevieve con una suave risilla-. Te resulta estimulante por cuanto no cae rendido a tus pies ni se muestra de acuerdo contigo en todo lo que dices como el resto de hombres que buscan tus favores. Sin embargo, es gentil y te tiene en muy alta estima. Por no mencionar el hecho de que es una delicia para la vista. -La mirada penetrante de Genevieve estudió a Catherine durante varios segundos-. ¿Me equivoco al suponer que te ha besado?

El fuego encendió las mejillas de Catherine.

– Sí.

– Y es un hombre que sabe besar a una mujer.

– Palabras más ciertas probablemente no hayan sido jamás pronunciadas.

– ¿Has hecho el amor con él?

Un temblor acalorado recorrió a Catherine ante esa posibilidad.

– No.

– Pero lo deseas. -Genevieve no necesitó confirmación de ello porque, antes de que Catherine pudiera decir nada, continuó-. Obviamente, también él. ¿Te ha dado alguna indicación de cuáles son sus intenciones?

– Ha dicho que pretende cortejarme.

– ¡Ah! -Los ojos de Genevieve chispearon-. No sólo es encantador, guapo, inteligente y…

– Irritante. Al parecer lo olvidas una y otra vez.

– … y viajado, sino que además es un hombre honorable.

Sintiéndose decididamente como una gallina con las plumas totalmente agitadas, Catherine dijo cáusticamente:

– Como ya le dije anoche, no hay ninguna razón para que me corteje, pues no tengo la menor intención de volver a casarme.

– Entonces tan sólo deseas que te seduzca -dijo Genevieve con una pragmática inclinación de cabeza-. Podrías convencer a la mayoría de hombres para que acepte tus términos, pero a primera vista queda claro que tu señor Stanton no es uno de ellos.

– No es mi señor Stanton.

Genevieve desestimó el comentario con su mano enguantada.

– No lo imagino desaprovechando la oportunidad de convertirse en tu amante, aunque sus intenciones de cortejarte me llevan a pensar que, a la larga, no quedará satisfecho con ese acuerdo.

– Sí, no me cabe duda de que se cansará de mí después de un tiempo. -Las palabras fueron como el serrín en boca de Catherine, quien dio un sorbo a su té para aliviar su malestar.

– No lo has entendido, querida. El señor Stanton desea cortejarte. Quiere una esposa. No se cansará de ti, sino de la naturaleza temporal de vuestra relación. Cuando eso ocurra, insistirá en que te cases con él.

– No lo conseguirá.

– Entonces, todo me lleva a pensar que en ese momento pondrá fin a vuestra relación.

Catherine hizo caso omiso de la extraña sensación que la invadió al oír la tajante afirmación de Genevieve, y se rió.

– No tenía conciencia de que los hombres pusieran fin a sus relaciones porque la mujer en cuestión se negara a casarse. ¿Qué clase de hombre desearía la responsabilidad de una esposa, sobre todo tratándose de una esposa que llega al matrimonio con el hijo de otro hombre, cuando podría disfrutar del despreocupado placer de una amante?

– La clase de hombre que desea una familia. La permanencia. Una mujer y un hijo con quienes compartir su vida. Un hombre capaz de dar a una mujer todas las cosas que alguien como tu marido no era capaz de ofrecer. La clase de hombre que está enamorado. -Genevieve se encogió de hombros-. El señor Stanton podría ser cualquiera de ellos… o quizá todos.

– Es imposible que esté enamorado de mí, Genevieve. Apenas nos conocemos.

– No tardamos mucho en enamorarnos. -Una mirada distante y melancólica asomó a los ojos de Genevieve, y Catherine supo que su amiga estaba pensando en su antiguo amante. Genevieve pareció propinarse un remezón mental y a continuación dedicó a Catherine una sonrisa triste-. Te aseguro que puede ocurrir con desafortunada rapidez. Y, desafortunadamente también, la flecha de Cupido a menudo alcanza nuestros corazones en el momento menos oportuno y nos hace enamorarnos de gente que no nos conviene. Dios sabe que soy el perfecto ejemplo de ello.

– No estoy enamorada del señor Stanton. Cielos, ¡pero si ni siquiera me gusta especialmente!

– De hecho, me refería al señor Stanton, querida. Sin duda resulta inconveniente para él albergar sentimientos por una mujer que es declaradamente contraria al matrimonio. Por no mencionar que la mujer en cuestión es socialmente superior a él. Y estoy convencida de que te gusta más de lo que crees. Sin duda, más de lo que estás dispuesta a reconocer.

Una negativa asomó a los labios de Catherine. Sin embargo, se dio cuenta de que no era capaz de pronunciar las palabras. Se limitó entonces a dejar la taza de té a un lado y se levantó para pasearse delante del sofá de zaraza floreada.

– No te negaré que me veo obligada a decidir qué hacer con esta… inconveniente atracción que siento hacia el señor Stanton.

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