Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
Guía femenina para la consecución
de la felicidad personal y la satisfacción íntima
Andrew recorría su habitación de un extremo al otro, alternando la mirada entre las candentes brasas de la chimenea y el jardín iluminado por la luna al otro lado de la ventana. Pasó con andar majestuoso por delante de la cama y lanzó una oscura mirada ceñuda al edredón azul marino. A pesar de lo cómodo que parecía el lecho, no tenía ganas de acostarse, pues sabía bien que el sueño no llegaría. Su mente, sus pensamientos estaban abrumadoramente colmados. Por ella.
Catherine. Con un gemido, se detuvo delante de las brasas encendidas de la chimenea y se pasó las manos por la cara, recordando vívidamente la expresión de júbilo de ella mientras bailaban esa noche al ritmo de vals. El exquisito contacto de sus brazos, sus hermosos ojos iluminados de pura felicidad, su delicado aroma floral llenándole la cabeza. Había tenido que echar mano de hasta el último gramo de su poder de autocontrol para evitar atraerla hacia él y profesarle su amor en presencia de toda aquella colección de invitados.
A pesar de que el delicioso recorrido en el carruaje y el posterior vals le habían proporcionado un atisbo de esperanza en relación a su plan para cortejarla, esa luz se había extinguido del todo en cuanto habían regresado a villa Bickley y Catherine se había disculpado inmediatamente, retirándose en el acto.
Una semana. Disponía de una condenada semana para cortejarla. Para lograr que se enamorara de él. Que cambiara de opinión y considerara la posibilidad de volver a casarse. Para convencerla de que se pertenecían. De que, a pesar de su cuna plebeya, sería para ella un buen marido y un buen padre para Spencer. Que la amaba tanto que vivía en una nube de dolor.
Cerró con fuerza los ojos, al verse presa del miedo. Una semana… y es que, a menos que algo drástico ocurriera, presentía con claridad que ella no le invitaría a quedarse más tiempo, y, en cualquier caso, él tenía que volver a Londres para supervisar la marcha del museo. No, en el plazo de una semana, él regresaría a su vida en la ciudad y ella se quedaría allí.
Una semana. Incluso aunque, por un milagro, fuera capaz de llevar a término todas esas tareas aparentemente imposibles y lograra convencerla para que accediera a compartir su futuro con él, no podía ignorar lo que ocurriría cuando revelara su pasado. ¿Le rechazaría Catherine cuando le confesara los secretos que nunca había contado a nadie? ¿Las circunstancias que le habían obligado a abandonar Norteamérica?
Abrió los ojos y clavó la mirada en el fuego, buscando inútilmente respuestas en las oscilantes llamas anaranjadas. Su conciencia se debatía en la misma duda a la que se enfrentaba cada vez que ponderaba la desalentadora pregunta de si revelar o no su pasado. Odiaba la idea de mentirle o de que existieran secretos entre ambos. Le gustaba pensar que, si surgía la ocasión, se lo diría.
Pero ¿lo haría? Dios santo, no lo sabía. Si era tan afortunado como para obtener finalmente su favor, ¿se arriesgaría, podía permitirse arriesgarse a perderla diciéndole la verdad? La conciencia le apremiaba a decírselo. Catherine merecía la verdad. Pero luego se imponía la racionalización que siempre le retorcía las entrañas hasta hacer con ellas un nudo imposible: nadie, salvo él, lo sabía. Si no se lo decía, ella jamás se enteraría.
Con un largo suspiro, se mesó los cabellos y apartó la cuestión de su cabeza, dejándola sin respuesta una vez más. Ahora tenía que concentrarse en revisar su estrategia para cortejarla, porque, hasta el momento, su cuidadoso plan no estaba dando el deslumbrante éxito que había esperado. Necesitaba uno nuevo, y, teniendo en cuenta las restricciones temporales y el hecho de que había otros pretendientes amenazando en el horizonte, tenía que ser un plan no sólo drástico, sino brillante. Pero ¿cuál? «Maldición. Necesito ayuda. Necesito…»
De pronto una idea asomó a su mente y Andrew se quedó paralizado durante unos segundos. Sí… quizá fuera eso lo que podría ayudarle. Con paso decidido, cruzó la alfombra persa azul y dorada hacia el armario y sacó la maleta de cuero marrón del rincón trasero. Metió dentro la mano y con sumo cuidado abrió el bolsillo oculto en el forro, del que sacó el objeto que había escondido dentro después de comprarlo en Londres la mañana que habían salido en dirección a villa Bickley.
La Guía femenina para la consecución de la felicidad personal y la satisfacción íntima de Charles Brightmore.
Hizo girar el fino ejemplar forrado en piel en sus manos. Aunque Catherine había apostado a que él no lo leería, Andrew le demostraría que estaba equivocada. No sólo lo leería, sino que, con suerte, aprendería algo del tal Charles Brightmore que quizá inspirara en él un nuevo plan para cortejarla. Como mínimo, ganaría su apuesta con lady Catherine, teniendo así derecho a un pago… una perspectiva colmada de posibilidades.
Acercó el sillón de orejas al fuego y se acomodó en la confortable butaca. No debía de llevarle más de una hora leer el libro. Luego diseñaría su nuevo plan.
Esta vez acudiría a la batalla armado hasta los dientes.
Arrellanada en su dormitorio en el confort de su sillón de orejas favorito junto al fuego, Catherine apoyó la cabeza en la blanda butaca y cerró el fino ejemplar forrado en piel. Pegó el libro a su pecho, cerró los ojos, apretándolos con fuerza, y de nuevo maldijo su estupidez al leer las palabras que la llenaban de oscuros anhelos. Crudas necesidades. E insaciable curiosidad.
Algunos retazos de la Guía Femenina invadían su cerebro, prendiendo fuego a deseos que con tanto esfuerzo había intentado reprimir.
«La pausada caricia de la mano de un hombre recorriendo por entero el muslo de una mujer… las increíbles sensaciones experimentadas por ambos cuando la mujer es lentamente penetrada por su dureza… hacer el amor a plena luz para ver así cada matiz de la pasión que embarga a su amante… aprender los secretos más íntimos del otro con las manos, los labios y las lenguas… un hombre desnudo se convertirá en un festín de deleites para aquella mujer deseosa de explorar…»
Un suave gemido escapó de sus labios. Un calor que nada tenía que ver con el fuego de la chimenea la inundó. Sintió palpitar el pulso en la base del cuello. Entre los muslos. Sintió los pechos pesados e inflamados, y casi dolorosamente erectos.
Levantó una mano y despacio la cerró sobre la piel sensible envuelta en el tejido del camisón. El pezón, duro y anhelante, pegado a la palma. Apretó el seno con suavidad, lanzando llamaradas a sus entrañas, aumentando la incomodidad que la embargaba, más que aliviándola. Dejó la Guía a un lado, se levantó y empezó a caminar de un extremo a otro de la habitación.
Dios bendito, las cosas que Genevieve había descrito en la Guía… cosas increíbles, impensables, infinitamente atormentadoras. Mientras escribía al dictado de Genevieve, dando forma con mano temblorosa a semejantes maravillas íntimas, se cuestionaba si Genevieve estaría creando ficción. Sin embargo, su amiga le había asegurado que no. Genevieve había sido durante diez años la amante de un barón, al que había cautivado con sus proezas sexuales, proezas que había aprendido bajo la tutela de su madre, quien a su vez había dedicado toda su vida adulta a las labores de amante. Había puesto también en funcionamiento su propia imaginación, inspirada en el profundo amor que sentía por el barón. «Cometí un grave error al enamorarme de él, Catherine -había dicho Genevieve-. Se me partió el corazón cuando decidió poner fin a nuestra relación. Encontró a una mujer más joven. Más hermosa. Ya no deseaba que mis feas manos le tocaran…»