Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
Catherine se detuvo junto a la ventana. Apoyando la frente contra el frío cristal, fijó la mirada en la oscuridad, viendo sólo las imágenes que la bombardeaban. El señor Stanton y ella… las manos de ambos explorándose. Las bocas tocándose. Brazos y piernas entrelazados.
¿Cómo sería el tacto de sus manos grandes, fuertes y callosas al acariciarla? ¿Sentir cómo su hermosa boca la besaba? ¿Sus piernas largas y musculosas pegadas a las suyas?
Sin duda había caído en un estado febril. No debería haber vuelto a leer el libro. Debería haber dejado que sus deseos y necesidades siguieran dormidos. Y lo habría logrado. Si el señor Stanton no los hubiera hecho nacer de nuevo a la vida.
Después de ayudar a Genevieve a escribir el libro y de haber aprendido las maravillas que podían existir físicamente entre un hombre y una mujer, Catherine se había quedado perpleja. Jamás había experimentado algo semejante con Bertrand.
No obstante, tras haber tenido acceso a la seductora información reflejada en la Guía, su mente había vagado con mayor frecuencia a los asuntos de índole sensual, avivando en ella la curiosidad y los deseos largamente reprimidos. Desde que, once meses atrás, y poco después de la muerte de Bertrand, se había embarcado en la escritura de la Guía, ¿cuántas noches había pasado acostada en su solitaria cama sintiendo palpitar el cuerpo con necesidades nuevamente despiertas e insatisfechas? Más de las que se atrevía a recordar. Sus intentos por calmar el deseo sólo habían conseguido dejarla más frustrada aún.
En el pasado, siempre que imaginaba que un amante la tocaba, la imagen del hombre en cuestión había sido informe y envuelta en sombras.
Ya no.
El rostro del señor Stanton llenaba su mente, encendiendo su imaginación y sus fantasías como nunca lo habían estado hasta entonces. El señor Stanton no era un producto de su imaginación, sino un hombre de carne y hueso. Que la había llamado hermosa. Que la había hecho sentir como si flotara sobre las nubes mientras bailaba el vals con ella. Que podía inspirarle escalofríos de placer con una simple mirada. Que, a ojos de Genevieve, sentía algo por ella, o, como mínimo, la deseaba.
La deseaba. Catherine cerró los ojos y dejó escapar un prolongado suspiro ante la miríada de sensuales imágenes que esas dos palabras inspiraban en ella. Imágenes que nada hicieron por enfriar su excitación ni relajar su tensión. Anhelaba poder disfrutar del olvido que sólo proporciona el sueño, pero sabía por experiencia que el sueño no llegaría.
Como siempre que no conseguía relajar el cuerpo ni la mente, las aguas la llamaron con su reconfortante calor. Catherine adoraba la privacidad que le proporcionaba poder disfrutar de las aguas en la oscuridad, a solas, sólo ella y los suaves murmullos de la noche a su alrededor. Apartándose de la ventana, giró sobre sus talones y fue hasta el armario, sacando el grueso y acolchado albornoz que la acompañaba en todas sus excursiones nocturnas.
Necesitaba sentir sobre la piel las calmantes aguas como nunca antes lo había necesitado.
Andrew se detuvo en el oscuro sendero y aguzó el oído. Un chapoteo. Debía de estar cerca de las aguas termales o quizá del pequeño estanque que Spencer había mencionado en alguna ocasión. Sería mejor que se anduviera con cuidado y no tropezara con las aguas o con el estanque de improviso, en cuyo caso aquel sería el último paseo nocturno que daría en su vida.
Se oyó otro suave chapoteo, al parecer procedente de un racimo de rocas perfiladas a la luz de la luna unos diez metros por delante de él. Lo mejor sería echar un vistazo a los condenados manantiales y así estar preparado en caso de que no fuera capaz de encontrar excusa alguna para evitar ir allí con Spencer. Si no le quedaba más remedio, se quedaría mirando, pero ni una manada de caballos salvajes lograría meterle en el agua.
Dio varios pasos adelante y se quedó helado cuando a sus oídos llegó otro sonido. Algo que sonaba claramente parecido a… ¿un canturreo? Seguido por un largo y ronroneante hummmmm de inconfundible placer. Inconfundible placer que sonaba claramente femenino. Sin duda no podía tratarse de…
Apartando de su mente la idea antes de que pudiera echar raíces y llenarle la cabeza con un centenar de fantasías, siguió avanzando. Rápido, silencioso, se acercó al racimo de rocas. Al amparo de las sombras, fue moviéndose alrededor de las rocas hasta que nada impidió su visión. Y el corazón a punto estuvo de dejar de latirle en el pecho.
Un pequeño estanque circular de agua, de unos tres metros de diámetro, rodeado de rocas por tres de sus lados, se dibujó ante su estupefacta mirada. Del agua se elevaban sinuosas espirales de vapor, brillantes a la luz de la luna… que rodeaban a lady Catherine en una etérea niebla.
Andrew parpadeó, convencido de que era su desesperada imaginación la que había conjurado a Catherine. Sin embargo, al abrir los ojos, ella seguía allí.
Sumergida hasta la barbilla en el agua vaporosa, con los ojos cerrados y una semisonrisa asomándole a los labios, Catherine soltó otro largo ronroneo de placer.
Como aturdido, Andrew se quedó totalmente inmóvil, transpuesto ante la visión de ella.
Quiso hacer… algo. Desvelar su presencia, o desaparecer sin ser visto, pero cuando Catherine se llevó las manos a la cabeza y, despacio, fue quitándose los pasadores que le sujetaban el pelo, fue incapaz de moverse. Los oscuros rizos fueron cayéndole sobre los hombros y al instante Andrew se imaginó pasando sus dedos entre los delicados mechones, hundiendo el rostro en esos suaves y fragantes bucles.
Catherine abrió la boca, inspiró hondo y desapareció bajo la superficie. Las cejas de Andrew se unieron en un repentino ceño. Maldición. Odiaba ver desaparecer a alguien bajo el agua de aquel modo. ¿Y dónde demonios estaba? ¿Por qué tardaba tanto en salir a la superficie?
Sus ojos escudriñaron la superficie. ¿Por qué no había aparecido todavía? No debería pasar tanto rato sumergida. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Sin duda, sólo unos segundos. Aun así, se notó espoleado por diminutos clavos de pánico.
Avanzó unos pasos. ¿Y si Catherine se había enredado con algo bajo el agua? ¿Cómo se las ingeniaría para salvarla? No sabía nadar. Los dos morirían. Saltaría al agua para salvarla, pero ¿podría lograrlo antes de hundirse él mismo como una piedra?
Catherine seguía sin reaparecer. Perlas de sudor salpicaron la frente de Andrew y los clavos de pánico dieron paso a un terror absoluto que le contrajo el corazón.
– Catherine -gritó, echando a correr-. Cath…
La cabeza de Catherine asomó a la superficie y Andrew resbaló hasta detenerse bruscamente a poco más de un metro del borde del manantial.
Ella abrió los ojos, lo vio y soltó un jadeo.
– ¡Señor Stanton! -Sus ojos se abrieron como platos-. ¿Qué está haciendo aquí?
Andrew respiraba todavía en entrecortados jadeos al tiempo que sus pulmones funcionaban como fuelles. Cerró con fuerza los ojos e intentó recuperar el control de sus emociones. De hecho, estaba físicamente debilitado. Sentía débiles las rodillas y estaba furioso.
Avanzó hasta el borde del manantial con una furiosa zancada y le lanzó una mirada enojada.
– Más apropiada sería la pregunta: «¿Qué demonios está usted haciendo aquí?».
Catherine se quedó boquiabierta y sólo alcanzó a clavar en él la mirada. Andrew no supo si estaba conmocionada por la clara amenaza implícita en su postura y en su voz o por su empleo de la obscenidad que había salpicado su pregunta, aunque en ese momento, poco le importó.
– ¿Es que se ha vuelto usted loca viniendo aquí sola? -bufó de cólera-. ¿Y de noche? ¿Para nadar a solas? ¿Acaso sabe alguien que está aquí? ¿Y si le hubiera ocurrido algo? Por el amor de Dios, ¿en qué estaba usted pensando?
Catherine parpadeó varias veces y apretó los labios con firmeza. Mascullando algo que sonó sospechosamente a «qué hombre tan irritante e insoportable», se agarró al borde del estanque. Antes de que Andrew se diera cuenta de lo que ella pretendía, Catherine se impulsó fuera del manantial para subir al borde rocoso de la orilla. Entonces, con el agua cayéndole por el cuerpo, se acercó a él a grandes zancadas.