El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– Me resulta conocido. -Fruncí el entrecejo intentando recordar exactamente dónde lo había visto antes.
– Nunca os habéis visto -replicó Leonardo en un tono que procuró mantener ligero. Detecté el rastro de una profunda emoción-. Murió antes de que nacieras. Es Juliano de Médicis, el hermano de Lorenzo que asesinaron.
– Parece tan lleno de vida…
– Así era -respondió mi guía. Pude detectar pena en su tono.
– Entonces, lo conocías.
– Sí. Llegué a conocerlo bien durante el tiempo que frecuenté la casa de los Médicis. Nunca existió una persona más buena y encantadora.
– Lo veo en la escultura. -Me volví para mirar a Leonardo-. ¿Quién fue el artista?
– Mi maestro Verrocchio comenzó la obra cuando Juliano aún vivía. Yo la completé después de su muerte. -Hizo una pausa para pensar en un lejano dolor, y luego lo apartó de su mente. Con movimientos surgidos de una larga práctica, cogió la pluma y el papel, sujetos a un cinturón oculto debajo de la capa; su tono se volvió más animado-. Madonna, ¿querrás hacerme un favor? ¿Me permitirás que haga un rápido boceto de ti mirando el busto?
Me sorprendí, abrumada al escuchar que el gran artista de Vinci se dignaba tomarme de modelo, la insignificante hija de un comerciante de tejidos. Me quedé sin palabras. Leonardo no se dio cuenta.
– Quédate allí, Lisa. ¿Puedes moverte un poco más a la derecha? Sí… allí. Sí. Ahora mírame, y relaja el rostro. Piensa en Augusto y en Agripa, y en cómo te sentías al tocarlos. Cierra los ojos, respira profundamente y suelta el aire poco a poco. No me ves en absoluto. Mira a Juliano y recuerda qué sentiste al verlo por primera vez.
Intenté hacer lo que me decía, aunque mis nervios no me permitían olvidar el rostro de Leonardo; sus ojos apasionados y atentos mientras miraban rápida y alternativamente mi rostro y el papel. El roce de la pluma se oía con toda claridad.
Hubo un momento en el que titubeó, con la pluma en alto. Ya no era el artista, sino solo el hombre, que me miraba con un anhelo teñido de tristeza. Luego se rehízo y volvió al trabajo; el rascado se aceleró.
El sol se había puesto, los tonos eran grises y se oscurecían rápidamente; las antorchas brillaron con más fuerza.
– Respira -me urgió el artista; me sobresalté al descubrir que contenía la respiración.
No era fácil, pero encontré dentro de mí la fuerza para relajarme, para dejar salir el miedo. Pensé en la sonrisa de Juliano y en cómo él, sin ninguna duda, había mirado bondadosamente al artista que le había pedido que posara.
Cuando finalmente me olvidé de mí misma, mi mirada fue más allá del hombro de Leonardo, hacia la ventana de la gran sala donde nos esperaba la fiesta. Habían apartado los pesados cortinajes, y un hombre nos miraba; las luces que tenía detrás recortaban su silueta.
Aunque su rostro estaba en sombras, lo reconocí por la postura encorvada y el porte dolorido: era Lorenzo de Médicis.
24
El artista y yo volvimos a la fiesta al cabo de poco rato. Leonardo solo había tenido tiempo para crear lo que llamó una caricatura: una rápida reproducción en tinta de mis principales rasgos. Me sentí un tanto desilusionada; en mi ingenuidad, había esperado que me mostrase un retrato acabado en cuestión de minutos. Sin embargo, no había ninguna duda de que se me parecía, aunque no había conseguido reflejar la grandeza de mi vestido, o mi magnífico gorro.
Lorenzo se acercó a nosotros desde el lado opuesto del salón, acompañado por un muchacho quizá uno o dos años mayor que yo, y un joven que rondaría los veinte. A pesar de la fragilidad y el bastón, Lorenzo se movía con mucha rapidez, y cuando llegó a mi lado, me cogió la mano con la suya y la apretó con una calidez que me sorprendió.
– Lisa, querida, espero que hayas disfrutado con las pocas obras que se exhiben en el patio.
– Sí, mucho.
– No son nada comparado con lo que verás ahora. -Se volvió hacia el joven a su lado-. Pero primero deja que te presente a mis hijos. Este es el mayor, Piero.
Con un aburrimiento que superaba en insolencia al de Botticelli, Piero exhaló un suave suspiro mientras se inclinaba. Alto y de hombros anchos, había heredado la arrogancia y el mal genio de su madre, y nada del ingenio y encanto de su padre. Todos en Florencia sabían que Lorenzo lo había escogido como su sucesor, y todos lo lamentaban.
– Este es Giuliano, el menor. -Su tono fue sutilmente más cálido.
El nombre no podía ser más apropiado. No se aparecía a su padre, porque tenía las facciones regulares, la nariz recta, los dientes perfectos, y los mismos ojos inquisitivos de su difunto tío. Del padre había heredado la postura elegante.
– Madonna Lisa -dijo-. Un placer fuera de lo común.
Como Leonardo, se inclinó y me besó la mano. Al erguirse, mantuvo mi mirada y mi mano durante tanto tiempo que agaché la cabeza y desvié la mirada, avergonzada.
Creo que Lorenzo le dirigió una mirada de advertencia antes de continuar:
– Mi hijo mediano, Giovanni, no ha podido asistir a la fiesta. -Hizo una pausa-. Chicos, id a ver si nuestro querido Leonardo está bien atendido después de su largo viaje. En cuanto a ti, joven madonna… -Esperó a que sus hijos se alejasen antes de continuar-: Me sentiría muy honrado si consintieses ver las obras de arte que están en mis aposentos privados.
No había el menor rastro de lujuria en su tono; era una invitación absolutamente caballeresca. No obstante, me sentía perpleja. Mi linaje no me hacía candidata a esposa de su hijo menor -Piero ya estaba casado con una Orsini, madonna Alfonsina-, y no comprendía el propósito de las presentaciones, más allá de un gesto de cortesía. Si me habían invitado para ser evaluada por los posibles pretendientes -sobre todo, tal como yo deseaba, por Leonardo-, ¿por qué me apartaban del grupo?
Quizá el astuto Lorenzo deseaba observar mis virtudes y defectos de más cerca. A pesar de mi desconcierto, también estaba entusiasmada. Nunca había soñado que llegaría a tener la ocasión de ver la famosa colección Médicis.
– Señor, estoy encantada -respondí sinceramente. Apretó mis manos fuertemente entre las suyas deformadas, como si fuese su propia hija; lo que fuese que hubiese sucedido durante su ausencia de la sala había despertado sus emociones, y ahora intentaba ocultármelas con todas sus fuerzas.
Cogí de nuevo su brazo y salimos de la habitación; recorrimos de nuevo los pasillos con los cuadros y las esculturas, y después subimos un tramo de escaleras. Era evidente que se cansaba y que sufría aún más, pero apretó las mandíbulas y mantuvo un paso lento y mesurado; guardó el bastón bajo el brazo y se apoyó fuertemente en el pasamanos mientras yo le sujetaba el otro brazo firmemente para prestarle toda la ayuda posible.
Llegamos finalmente al rellano, y Lorenzo exhaló un largo suspiro. Se detuvo un momento para recuperar fuerzas.
– Debes ser indulgente conmigo. -Los jadeos se intercalaban en sus palabras-. Últimamente tengo pocas oportunidades para ejercitar mis miembros. Pero con cada esfuerzo se hacen más fuertes.
– Por supuesto -murmuré. Esperamos hasta que respiró con normalidad. Luego me llevó hasta una gran puerta de madera, vigilada por un criado que la abrió cuando nos acercamos.
– Este es mi despacho -dijo cuando entramos.
¿Cómo podría describir aquella habitación? No era notable en su construcción; era de tamaño modesto, con cuatro paredes y el techo bajo. Desde luego, no impresionaba por sus dimensiones como la gran sala de mi casa. Sin embargo, allí donde miraba -en las paredes, en las estanterías, en los pedestales, en el suelo de mármol con incrustaciones- me encontraba con una gema, una resplandeciente antigüedad, una exquisita creación de alguno de los grandes artistas del mundo.