El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Joe la esperaba en el confesionario y enseguida abrió la rejilla para besarla.
– ¿Estás bien? -le preguntó. Había pasado toda la noche preocupado por ella y deseándola. Gabriella había despertado en él un deseo insaciable, y cuando regresó al apartamento para limpiarlo le pareció terriblemente vacío sin ella-. ¿Lo lamentas?
Joe aguardó la respuesta conteniendo la respiración.
– Claro que no. Me dio mucha pena tener que volver al convento. Me sentía muy sola sin ti.
– Yo también.
Joe deseaba volver al apartamento, pero Gabriella ignoraba cuándo tendría oportunidad de escaparse. A mediodía se encontraron en el despacho abandonado y por primera vez parecían nerviosos. Habían tenido mucha suerte hasta ahora, pero a Gabriella empezaba a preocuparle que alguien les descubriera.
Trabajó en el huerto el resto de la tarde mientras pensaba en Joe. Tenía tantos deseos de volver a verle que corrió el riesgo de telefonearle desde el despacho de la madre Gregoria. Tuvieron una charla breve y se cuidaron de no revelar sus nombres, pero los dos sabían que el riesgo era cada día mayor. Pronto tendrían que dar la cara, aunque Joe todavía no había decidido cuándo.
Gabriella se las arregló para verle una vez más en el apartamento antes de que la madre Gregoria regresara del lago George, pero esta vez no pudo estar mucho tiempo y ambos tenían todavía hambre del otro cuando se marchó. El tiempo que pasaban en la cama les resultaba demasiado breve, las horas juntos infinitamente preciosas.
Y cuando la madre Gregoria llegó, lo que vio la inquietó sobremanera. Gabriella estaba taciturna y había algo preocupante en su mirada. La monja la conocía desde que era niña e intuía que algo la preocupaba. Trató de hablar con ella esa misma noche, pero Gabriella insistió en que no le ocurría nada. Al día siguiente por la tarde, después de escribir a Joe en su diario, se mostró más animada, pero ahora le extrañaba constantemente y sentía que ya no pertenecía al convento.
A la mañana siguiente Gabriella fue a la oficina de correos y quedó con Joe en el parque. Sabía que no disponían de tiempo para ir al apartamento, y además, temía que la madre Gregoria notase algo.
– Creo que lo intuye, Joe -dijo Gabbie con semblante preocupado mientras escuchaba a un grupo de música compartiendo un helado-. Sabe leer en las personas, incluso en las que no conoce. -miró a Joe con cierto pánico en los ojos-. ¿Crees que puede habernos visto alguien?
Habían dado muchos paseos y visitado el apartamento. Quizás les había visto alguien en la calle Cincuenta y tres.
– No lo creo -Joe estaba más tranquilo, pues gozaba de más libertad que ella. Los sacerdotes no estaban tan vigilados como las monjas y podían ir a sitios que Gabriella no podía ni soñar en visitar. Nadie controlaba las entradas y salidas del padre Connors. Era un hombre concienzudo, responsable y de suma confianza-. Lo que pasa es que a la madre Gregoria le gusta preocuparse por sus polluelos.
– Eso espero.
Era agosto y el verano transcurría a una velocidad vertiginosa. Muy pronto las hermanas maestras volverían ala escuela y las monjas mayores regresarían del lago George y Catskills. El personal de la cocina ya estaba planeando una comida para el día del trabajo, pero para Gabbie todo eso carecía ahora de importancia.
Y cuando el día del Trabajo llegó, apareció en el jardín con una fuerte gripe y la madre Gregoria empezó a preocuparse de veras. Algo no marchaba bien, no sólo a nivel físico, sino espiritual.
Joe acudió a la comida acompañado de los demás sacerdotes, peor esta vez evitó a Gabbie. El día anterior habían acordado mantener las distancias para evitar que alguien pudiera reparar en la confianza con que se trataban. Había algo muy privado e íntimo en su forma de relacionarse. Y a mediodía Gabbie se retiró a su habitación. Se encontraba muy mal y tanto la madre Gregoria como la hermana Emanuel lo notaron.
– ¿Qué cree que le ocurre? -preguntó preocupada la tutora de las postulantes. Nunca había visto a Gabriella en ese estado.
– No estoy segura -respondió la madre Gregoria con tristeza.
Había decidido hablar de ello con Gabbie, así que esa tarde fue a su habitación y la encontró escribiendo frenéticamente en su diario.
– ¿Algo nuevo que pueda leer? -preguntó con dulzura la monja, y se sentó en la única silla de la austera habitación.
– Todavía no -respondió Gabriella con pesar mientras escondía la libreta debajo de la almohada-. Últimamente no he tenido mucho tiempo para escribir. -miró a la madre Gregoria con expresión de disculpa por razones que ésta desconocía-. Siento haber tenido que retirarme.
Fuera hacía un calor sofocante y Gabriella estaba pálida cuando subió a su cuarto.
– Me tienes preocupada -dijo la madre Gregoria.
– No es nada, sólo una gripe -repuso nerviosamente Gabriella-. Todas las hermanas la pasaron mientras usted estaba fuera.
Pero la madre superiora sabía que no era verdad. Sólo una monja muy anciana había estado enferma, algo relacionado con la vesícula biliar. Nadie más había enfermado últimamente en el convento.
– ¿Acaso te están asaltando las dudas, hija mía? A todas nos ocurre tarde o temprano. Nuestra vida no es fácil. Es una elección dura, incluso para alguien con tantos años en el convento como tú. Tarde o temprano todas tenemos que enfrentarnos a ellas y tomar una decisión definitiva. Cuando lo hagas te sentirás en paz contigo misma, puede que para siempre. -y mientras hablaba, deseó que Gabriella hubiera aprovechado más sus años en la universidad. Tal vez la muchacha lamentaba haber renunciado a un mundo que desconocía, un mundo que en sus años de infancia le había sido adverso-. No tengas miedo de hablar.
– Estoy bien, madre.
Era la primera vez que Gabriella mentía a la madre Gregoria y se detestó por ello. La situación se estaba volviendo insostenible. Quería decirle que estaba enamorada de Joe, que tenía que irse.
– Quizás deberías echar un ultimo vistazo al mundo, ahora que todavía eres libre para hacerlo. Podrías conseguir un trabajo fuera y vivir aquí, Gabriella. Sabes que cuentas con nuestro apoyo.
Era justamente la oportunidad que Gabriella necesitaba, y aún así sabía que estaría abusando de esa libertad si la utilizaba para encontrarse con Joe en apartamentos prestados. Si se marchaba, tenía que hacerlo de forma honesta y limpia.
– No es mi deseo -dijo-. Me encanta estar con las hermanas.
Era cierto, pero ahora amaba a Joe más que a ellas. Y Joe todavía tenía que tomar una decisión sobre su sacerdocio. Ambos debían estar muy seguros. Ella lo estaba, y él había dicho que quería dejar la Iglesia, pero hasta ahora no se había planteado la forma de hacerlo. Todavía era pronto para él, por mucho que amara a Gabriella, y ella lo sabía. Su relación sólo tenía dos meses.
Las semanas siguientes fueron una pesadilla para Gabriella. Hacía tantos recados como podía, pero la madre Gregoria estaba tan preocupada por ella que la mayoría de las veces no la dejaba. Gabbie y Joe todavía se veían en el despacho y el confesionario, y pasaban casi todo el tiempo hablando de sus planes y de lo culpable que se sentía Joe por dejar el sacerdocio. Gabriella insistía en que se tomara su tiempo, pues no quería que un día pudiera lamentarlo. Y sólo se habían visto en el apartamento en dos ocasiones más. El amigo de Joe había regresado a la ciudad, pero podían utilizarlo cuando estaba fuera trabajando.
Para colmo, a mediados de septiembre Gabriella empezó a encontrarse muy mal. Intentaba ocultarlo, pero las hermanas se habían dado cuenta de su palidez y de lo poco que comía, y se asustaron muchísimo el día que se desmayó en la iglesia. Joe estaba oficiando misa y levantó bruscamente la cabeza al oír el revuelo que se formó en la hilera de las postulantes, y casi le dio un ataque de pánico cuando vio que se llevaban a Gabriella. Tuvo que esperar todo el día antes de poder verla en el confesionario y preguntarle qué había pasado.