Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
En casa faltaba algo: usted. La recorrí tal como iba, sin desmontar el artificio de los zapatos horrendos, oyéndome taconear como una yegua: fui del salón al despacho, y del despacho a la cocina, de la cocina al saloncito, del saloncito al cuarto de baño y del cuarto de baño a los dormitorios, waiting, panting, my eyes glowing like the eyes of cats; abrí la despensa y el armario empotrado del pasillo; me asomé al patio de atrás y al huerto de delante; exploré el muro. Todo vacío, ni rastro de usted. Después pensé: «La solución es simple: usted quiere matarme, ése es su único interés, así que no tiene sentido que esté si yo no estoy, porque no podría matarme en mi ausencia. No podría, por ejemplo, matarme en mis libros, matarme en mis apuntes, matarme en mi ropa, matarme en mi televisor, matarme en mi pijama, matarme en mi perfume. Es necesaria mi presencia para que usted logre lo que se propone, que es mi ausencia. Ahora bien, usted podría acecharme. Pero eso iría por completo en contra de sus principios, ya que lo que quiere usted es matarme, tan sólo, no acecharme.» Si todo va bien, la cosa debería ocurrir de la forma siguiente:
Cómo debería ser mi asesinato
Llaman a la puerta, por ejemplo, ahora mismo; yo taconeo hasta ella para abrir; abro y me muerdo sin querer el carmín de mi labio inferior -quede bien claro que no se trata del inferiorinferior, que sería harto difícil que pudiera morderme, créame; digamos, para que no interprete usted mal mi jabberwocky, del labio intermedio-; lo veo a usted en el umbral, el Negro Christmas, el Rey de Mayo; antes de que yo pueda articular una sola palabra, usted me mata (probablemente, sólo tendrá que apretar un poco más este tosco pañuelo que me he atado al cuello). Yo muero. Y ya está.
En las novelas, sin embargo, esto no basta. No se puede escribir sobre el momento de la muerte. No existe tal momento. Se puede hablar de la agonía, de la pérdida de visión, de la desnudez, de la violación, de la hemorragia. Todo eso existe. Pero la muerte no. Usted me matará pero yo no me moriré. Es una cuestión de lenguaje, como todas; jamás podré morirme
porque el acto de morir no es un acto, es el final de la obra, está fuera de la obra y fuera de mí queda más allá del borde y de la descripción. Yo jamás me moriré cuando usted me mate: habrá un instante de agonía y de terror, quizá de morboso placer, pero nada más. Y cuando usted diga: «Ha muerto», yo ya no podré comprobarlo. Matar no es hacer morir, como usted pensaba. Matar es «matar algo» -a un jabberwocky, por ejemplo-, dejar esa sonrisa de cadáver al desvanecerse un cuerpo que ya no seré yo. «La muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte.» ¿Dónde leí eso? ¡Ya sé!
La solución al acertijo de la tumba «W»
Ahora comprendo por qué en Roquedal le consideran insignificante: de usted es imposible hablar, ya que sobre «una respuesta que no puede expresarse, tampoco cabe expresar una pregunta», y porque «de lo que no se puede hablar, hay que callar». ¡Ahora sé a quién pertenecía la tumba «W»! ¡A Wittgenstein, claro! Wittgenstein nació y murió en Roquedal, lo que ocurre es que le sucedió como a Manolo: que casi toda su vida la pasó en el extranjero. Pero los circuitos lógicos de Wittgenstein proceden de aquí.
No he sabido si fue Wittgenstein, o el recuerdo de la energía insobornable de Paca Cruz. No lo supe, no lo he sabido nunca, no lo sabré nunca.
Era tarde, eso sí lo sé. El día desfilaba por las ventanas mostrando su espalda, como el Rey de Mayo. Yo me hallaba en el baño con la punta de mi estilográfica apoyada en los latidos de mis venas. Ya le he dicho en una carta anterior que poseo una estilográfica peligrosa, afilada, terrible. Pensé que sería un detalle poético y deseché el cuchillo de cocina que había cogido, me dirigí a mi despacho, desnudé la pluma y regresé al cuarto de baño. «Un escritor debe morir escribiendo», pensé. «Escribir hasta la muerte, hasta el mismísimo final, las últimas palabras con sangre.» Una imagen de extraña y terrible belleza me sobrecogió; firmar, rubricar mi novela sobre la muñeca izquierda presionando con fuerza, como se hace con un bolígrafo que no funciona, hasta que las arterias destrozadas formaran mi nombre y huyera la sangre. Así pasaría a la leyenda de este pueblo mágico. Carmen del Mar «la de la pluma».