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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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– Claro que estoy bien. ¿Por qué lo dices, Joaquín? No me asustes, por Dios.

– No, qué va -se rió-. Si lo preguntaba por saberlo… Porque me pareció que…

Y se encogió de hombros pidiéndome ayuda con los ojos, como para acabar felizmente lo que él mismo había empezado. Yo ayudé, claro: lo tomé a broma y nos reímos juntos. Se quedó más tranquilo, como el individuo que de repente se da cuenta de que «ha hablado demasiado» y suspira con alivio cuando logra cambiar de tema. Bebí el café a sorbos lentos, demorándolo en el paladar. La suavidad del vestido me hacía pensar que no llevaba nada encima, y me divertía explorar el juego de mi carne en el interior, la sorpresa de mi piel desnuda bajo la gasa fláccida.

Me marché igual de tambaleante y observada que al llegar. Ya en la calle me entraron tentaciones de pasear por todo el pueblo como un santo en procesión, los ojos elevados hacia la luz mientras mi cuerpo sufría tormentos. Incluso avancé un poco cuesta arriba en dirección a la plaza al tiempo que jugaba con aquella imagen. La brisa del mar era como las manos de un hombre torpe y acezante que quisiera desnudarme. Tropecé con dos ángeles luminosos que se dirigían Trocha abajo, dos mujeres, una corpulenta y la otra esbelta, una madura -la corpulenta-, la otra joven. No me saludaron pero supe que me conocían. Sus formas, sus imágenes de soles ardientes, una -la madura y corpulenta- con la débil torre de su pelo dorado por encima, la otra -joven y esbelta- con la torre disuelta en cascadas de oro sobre la espalda y los hombros, me hicieron pensar en Carmen, la matrona del pueblo, y su extraña y hermosa hija Rocío. Si eran ellas, y creo que lo eran, me habían reconocido indudablemente. Carmen me saluda siempre, Rocío nunca. Pensé durante un estúpido instante que ahora las cosas tendrían que haber sucedido a la inversa: Rocío me debería saludar, Carmen no. Era evidente que les había intrigado mi aspecto.

En un momento dado perdí el equilibrio con un tacón y me apoyé en la pared. La brisa, soplando con fuerza por la Trocha, engañaba mis sentidos. Me parecía que estaba mostrando el culo. Pero no era así y a la vez sí lo era. El vestido me dibujaba las cachas, pegado a la espalda como una piel. Mi desnudez se veía y no se veía; era roquedeña, como el gato -de Cheshire- de la Virgen, como el rostro hueco del Rey de Mayo, como la «carta anónima» de Paca Cruz, como una buena traducción -según el profesor Gracián-, como usted, el Asesino de mis días. El hombre que hoy acabará conmigo.

Razones para morir

Porque ya usted lo decía: no me faltan razones para morir, estimado señor. La soledad, el aburrimiento, la sensación de encontrarme fuera de lugar en este pueblo tranquilo, la novela de Faulkner, y sobre todo, sobre todas las cosas, el recuerdo de Julián (el año que pasamos juntos; la enfermedad que lo apartó de mí y de la vida y lo recluyó en un psiquiátrico; su suicidio, del que fui informada un mes antes de venir a Roquedal mediante una carta con el membrete de la clínica): todas éstas son buenas razones, en efecto. Podría aducir más, señor mío, pero no quiero compadecerme tanto.

La palabra

Me surgió una palabra como un pájaro espantado por un niño: transido. Supe que me sentía transida. En su acepción como participio pasivo del verbo transir significa «pasado», «terminado», «muerto». Es un verbo anticuado. Hoy usamos el adjetivo: aquejado por el hambre, la fatiga o el dolor. «Pero yo me siento transida en participio pasivo», pensé. «Además, las palabras son irreales: puedo caminar transida como si este término, transido, transida, hubiera sido inventado por mí. Puedo escribir: "Carmen del Mar caminó desnuda y transida con los ojos alzados hacia la luz y los pies a escasos centímetros del suelo", y esto que escribo se desvanece en el aire pero deja una sonrisa de sentido, y al escribirlo lo vuelvo real, como mi muerte».

Me palpé el pañuelo atado al cuello. Me estrangulaba un poco. Sólo un poco. Seguí caminando hasta el final de la Trocha y llegado este punto me aburrí de transirme. Me dolían los pies y empezaba a estar harta de contemplar mi propia miopía, así que emprendí el regreso a casa.

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