El barco de los grandes pesares
- Автор: Феспермен Дэн
- Серия: Vlado Petric #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
¿Y aquel viaje hacía tanto tiempo para visitar al tío Tomislav? Aquella noche en la parte trasera de la casa, con todos aquellos gritos y la bebida. ¿Por qué había comenzado todo aquello? ¿Había combatido el tío en la guerra también?
Vlado se acordó de un crucifijo de madera colgado en el dormitorio de su tío y su tía, el Jesús sangrante con el rostro angustiado vuelto que siempre parecía estar mirando hacia una grieta del techo. Por supuesto. Toda la familia de su padre había sido católica. El imbécil del hijo podía haberlo ligado como se montan las cuentas de un rosario si se hubiera tomado la molestia de pensarlo. Pero los hechos habían ocurrido cuando era un niño. Tito había pedido que los crucifijos y las medias lunas se considerasen poco más que símbolos pintorescos de su pasado, y Vlado había accedido obediente, sin pararse a pensar en su significado.
Vlado volvió a ver el tejado rojo, ahora mucho más cerca. Matek probablemente estaba observando su coche, cuyo motor retumbaba como algo que se acercara a él horadando un túnel en la montaña. Los amortiguadores del Volvo chirriaron al pasar por otra sucesión de curvas, y allí estaba, una pequeña caseta con una barrera de hierro oxidada cerrando el paso. Un hombre con un fusil Kalashnikov colgado a la espalda salió de la caseta entre una nube de humo gris. Sin uniforme, sólo unos pantalones tejanos y un jersey oscuro, con el cigarrillo pegado a los labios. Se acercó al coche y revisó los papeles de Vlado, que llevaba una tarjeta de identidad de la Unión Europea además de algunos otros documentos. Si había una cosa que la gente de la Unión Europea tenía en abundancia, era papel. El guardia sacó un teléfono móvil del bolsillo de atrás y marcó un número. Después tiró de una cuerda para levantar la barrera abriendo el paso.
Mientras hacía a Vlado una seña de que pasara, gritó:
– Es la casa grande de arriba. Vaya hasta la parte delantera. Azudin lo acompañará hasta el señor Matek.
Señor Matek. Cuánto tiempo habrían tardado en enseñar a éste a decir «señor», se preguntó Vlado. Si no trabajase allí, es probable que estuviera arrancando nabos y coles, o bebiendo en el altillo de un granero, quedándose dormido y prendiendo fuego al heno con sus cigarrillos. En cambio esgrimía un arma automática, con poder para matar por orden del hombre al que Vlado se disponía a visitar.
Nunca estaba de más recordarse con quién se estaba tratando exactamente.
11
Matek observaba la llegada de Vlado desde su ventana, sin haber decidido cómo iba a saludar al chico. Había estado irritable toda la mañana, gritando a Azudin porque el café no estaba lo bastante caliente, refunfuñando por el pan, aunque era el mismo pan de todas las mañanas.
Cuando vio el rostro del joven que salía del coche supo que no había dudas en cuanto a los lazos de sangre. Sabía que a veces se veía al padre en el hijo porque se lo buscaba. Pero en aquella ocasión la semejanza era evidente, no tanto en los rasgos como en el porte, resuelto, con la cabeza alta. No era de esas personas que pedían disculpas por creer en lo que creían. Igual que su padre. ¿Pero en qué creía éste? Era la pregunta estrella de la mañana, y tenía intención de encontrar la respuesta.
Después se rió a pesar de sí mismo de la idea de que en realidad pudieran hacer negocios juntos, y seguía sonriendo cuando Azudin acompañó al chico -tenía que dejar de pensar en él como en un chico, aquel hombre tenía ya treinta años bien cumplidos- hasta la habitación. La sonrisa se amplió cuando vio la incómoda mirada en el rostro de Vlado. Vaya por Dios, al chico le daba vergüenza. Así que Matek cruzó a buen paso la estancia y, sin decir palabra, dio a Vlado un gran abrazo de oso como si fuera un abuelo ruso, sintiendo el vigor y los huesos del aquel joven debajo de sus mangas de lana. Y a pesar de sí mismo notó que las lágrimas brotaban de sus ojos. Atrajo a Vlado hacia sí y le habló al oído, recordándose en silencio que no debía emplear ninguna de las palabras equivocadas del pasado.
– Ah, Vlado, tu padre y yo. Tu padre y yo. Cuántas cosas pasamos juntos. Pero de eso hace ya mucho tiempo.
Luego la ola de nostalgia alcanzó la cresta y se rompió, y Matek se retiró, retrocediendo para mirar a Vlado a la cara, inspeccionando la fría reserva en aquellos ojos que tan bien conocía.
Vlado había intentado débilmente corresponder al calor, aunque fue difícil mientras los grandes brazos lo agarraban con tal fuerza. Ahora por lo menos podía ofrecer una sonrisa, no grandilocuente pero sí suficiente para cumplir con su deber familiar. Luego el hombre grande se retiró y, con paso bamboleante, fue a sentarse tras el baluarte de su escritorio.
Había abierto una botella de vino tinto y tenía preparadas dos copas, limpias hasta relucir. Nada de copas manchadas hoy.
– Ya sé que es temprano, pero hazme el favor. -Sirvió una copa a Vlado-. Tenemos que beber por tu padre.
Un chianti, advirtió Vlado, decidiendo que le iría mejor tratar de actuar como detective observador que como una especie de sobrino extraoficial. Buscar los detalles. Concentrarse en el negocio que tenía entre manos. Pero la presencia de su padre era inevitable, como si se asomara desde un rincón, asintiendo severamente, recordando a Vlado que fuera respetuoso y cortés.
La decoración no era la que esperaba. Parecía lo normal para el alcalde de una pequeña ciudad o de un jefecillo. Tampoco casaba con el vino.
Matek debió de darse cuenta de las miradas de aprobación.
– Para los europeos y los americanos suele ser sólo rakija, porque eso es lo que esperan de mí. Para ti, algo que me gusta de verdad. -Matek levantó su copa-. Por tu padre.
Vlado levantó la suya y bebió.
– Y también por su hijo -dijo Matek.
Vlado sabía que era su turno, pero le costó.
– Y por su amigo -dijo finalmente, complaciendo a Matek.
Ninguno de los dos habló durante un momento. Vlado decidió dejar que Matek tomase la iniciativa; su mente seguía saltando a demasiados lugares a la vez.
– Sí, eres el hijo de tu padre -dijo Matek finalmente-. Es la única persona que he conocido que podía quedarse ahí sentada sin decir palabra, decidida a hacerme hablar primero, incluso con negocios importantes pendientes.
Vlado se sonrojó.
– Lo siento, pero hay una cosa que debo preguntarte enseguida -dijo Matek-. ¿Cómo te enteraste de que existía? ¿Por tu padre?
Vlado tenía instrucciones estrictas sobre aquel punto. Debía responder que no tenía libertad para decirlo. Era algo que le había inquietado durante toda la mañana, porque parecía evidente que Matek se olería que había gato encerrado. ¿Por qué no iba a poder el hijo de Enver Petric contestar a una pregunta tan sencilla, máxime cuando tenía poderes para ofrecer un contrato a un hombre a quien la Unión Europea había considerado poco idóneo sólo un mes antes? También prefería no comenzar su conversación con una mentira, sintió que podía estropearlo todo. Y aquella primera pregunta, al menos, podía contestarla con bastante sinceridad sin tener que revelar nada. Así que incumplió el plan.