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El barco de los grandes pesares

Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:

Vlado Petric, un ex policía en el Sarajevo desgarrado por la guerra, tiene que dejar su tierra para reunirse con su esposa y su hija en Alemania, donde se gana modestamente el sustento como trabajador de la construcción en las obras del nuevo Berlín.
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
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– Mi padre nunca dijo una palabra -respondió Vlado, mirando a Matek a los ojos, sintiéndose como si estuviera conectado a un polígrafo-. No supe de su existencia hasta años después de que él muriera.

Matek también se había jurado tener cuidado con sus palabras. Pero él también parecía atrapado en el instante, quizás al ver su propia juventud reflejada en lo que quedaba de la de Vlado.

– Entonces debió de ser tu tío Tomislav. Es el único que me conocía de aquellos tiempos.

Matek pareció volver entonces a la posición de firmes, y Vlado sintió que había bajado la guardia momentáneamente, al dejar caer aquel nombre.

– Sí -respondió Vlado, dejándose llevar por el instinto-. Fue el tío Tomislav. Habló de usted en una carta, no mucho antes de morir. Después, cuando me hice cargo de este trabajo hace un mes, no tardé en ver su nombre en una lista. No podía estar seguro de que fuera el mismo Pero Matek. Pero cuando averigüé la edad que tenía… Bueno, todo pareció encajar.

– Debió de contarte muchas historias en esa carta, tu tío.

El tono de Matek cambió, se hizo profesional; Vlado se puso en guardia.

– Nada de historias. Sólo decía que usted y mi padre eran viejos amigos, y eso era todo. Le escribí, pidiéndole más información, porque mi padre nunca había hablado del pasado, de los años de la guerra. No era uno de esos hombres que van por ahí diciendo que se lanzaron en paracaídas en todos los valles y cuevas de Yugoslavia, luchando con los partisanos. Pero cuando llegó mi carta, Tomislav había muerto. Mi tía me contestó. Y no se acordaba de gran cosa.

– Pero si Tomislav se estaba muriendo, seguro que debió de decirte algo más que mi nombre.

Matek sirvió más vino, y a Vlado se le ocurrió de pronto que era como un viejo verde que intentaba emborrachar a su joven cita. En el exterior, un tractor se puso en marcha penosamente, con el resoplido del motor diésel golpeando como un martillo neumático.

– No -dijo Vlado-. Nada.

Matek asintió con la cabeza, pues no quería dejar traslucir ninguna sensación de alivio. Vlado decidió que aquél era un buen momento para pasar a los negocios, pero no pudo resistirse al pie que Matek acababa de ofrecerle.

– Lo cierto es que esperaba que usted pudiera rellenar todos esos espacios en blanco que mi padre dejó al morir. Que me dijera cómo era entonces. Ya sabe usted lo callado que era. Apenas me contó nada.

Vlado sabía que acababa de desviarse peligrosamente del guión. Pine había sido categórico en cuanto a ese punto. Si Matek quería hablar del pasado, muy bien. Tú no lo saques a colación. Pero a la mierda con ellos. Ellos habían abierto la caja, y estaría bueno que él la cerrara antes de hurgar en su contenido.

– Oh -dijo Matek, cogiendo la botella para servir vino de nuevo y dejándola después al ver que las dos copas estaban todavía llenas-. Bueno, hicimos lo que suele hacerse en un pueblo pequeño. Hacíamos deporte juntos, íbamos a la escuela. Luego vino la guerra, que lo cambió todo. Hubo pocos combates para nosotros, desde luego. Ni siquiera lo llamaría así. Sólo marchas, en su mayor parte. Traslado de personas o de suministros de un lugar a otro. Y siempre bajo la lluvia, daba la impresión. Siempre bajo la lluvia y el frío. Marchar y esperar y cavar. Muy poca acción. Sólo trabajo físico. Esas cosas que nunca se cuentan en los libros de historia. Salimos del país después de la guerra, ya sabes. Durante unos pocos años. Seguro que tu padre te lo contó.

– No. No me contó nada.

– ¿Nunca te dijo que cruzamos la frontera?

– Mi padre nunca decía nada de aquellos años, por mucho que mi madre y yo le preguntásemos. Así que dejamos de preguntarle. -Vlado se permitió tomar un buen sorbo, largo, de su copa. Todo iba mucho mejor de lo que esperaba-. ¿Y adónde fueron?

– Primero a Austria. A pie, junto con miles de personas. -Vlado recordó la historia de los camiones. Un convoy en dirección norte partiendo de Zagreb-. En las carreteras que llevaban a Austria había atascos de kilómetros, todo el mundo intentaba salir antes de que llegaran los rusos desde el este. No habíamos estado con los hombres de Tito, ya sabes. Sólo alguna milicia local. Y al terminar todos luchaba contra todos. Había una confusión masiva, y sabíamos que habría castigos, sin importar por quién hubieras luchado. Así que lo mejor era marcharse, y finalmente cruzamos la frontera. Trabajamos en una granja durante unos meses, en Austria. Finalmente llegaron unos soldados británicos y nos pidieron los papeles. Nos mandaron a un campo para desplazados en Italia, en Fermo. Un lugar horrible, pero tu padre y yo seguíamos juntos. Había miles de personas allí. La comida era horrible. Piojos. Enfermedades. Terrible. Luego nos mandaron por fin a casa. A través de la Cruz Roja. No era buen momento para admitir que habías estado en el ejército «equivocado», aunque sólo hubieras sido un soldado raso que cavaba zanjas. Así que volvimos igual que nos habíamos ido, a pie. Cruzamos la frontera de noche por las colinas, y nos establecimos en lugares que estaban lejos de donde nos habíamos criado.

Después de aquella sarta de mentiras, Vlado no pudo resistirse a hacer una última prueba.

– ¿Y eso cuándo fue? -preguntó.

– En mil novecientos cuarenta y seis.

Nada menos que quince años antes de la verdad que Vlado conocía. ¿Pero qué sentido tendría aquella mentira, a no ser el de borrar los años de Roma?

– Yo me vine aquí. Tu padre se fue a un pueblo cerca de Sarajevo, los dos nada más que con lo puesto. Pensamos que era mejor no estar juntos, ni siquiera estar en contacto, habida cuenta de la situación política. Así que nos distanciamos con el paso de los años. Creo que sólo supe de él una vez, tal vez dos, aunque no sabía que tuviera esposa e hijo. Como puedes ver, yo no tengo familia. Nunca tuve un hijo, aunque quise tenerlo. Tuve envidia de él cuando me enteré.

Estaba claro que Matek había terminado con el tema del pasado. Pero Vlado no pudo resistirse a hacer una última pregunta.

– Mi padre, ¿cómo era? Cuando era joven.

– Un idealista. Siempre demasiado, pensaba yo. Hasta podía haberse dicho que era un fanático.

A Vlado se le cayó el alma a los pies. Había visto la obra del fanatismo en la última guerra.

– Siempre era más patriota que yo. Yo sólo buscaba aventuras, y en segundo lugar, oportunidades. Porque aprendí una cosa sobre la guerra. Y estoy convencido de que para ti no es ningún secreto, teniendo en cuenta el negocio en el que estás ahora. La guerra es algo terrible, pero trae consigo oportunidades, y una de dos, o las aprovechas o te barren junto con todos aquellos que han renunciado a todo control de sus vidas. A tu padre nunca le gustó mi forma de pensar.

Poco después comenzaron a hablar de negocios, la parte supuestamente crucial de su conversación. Resultó ser la parte más fácil. Matek confesó que llevaba algún tiempo deseando conseguir una parte del negocio de remoción de minas, y accedió a reunirse en Travnik a la mañana siguiente con su «jefe», aparentemente el que tendría que aprobar la elección de Vlado. Matek incluso propuso el nombre del Skorpio.

Vlado sacó un fajo de papeles para que Matek los leyera detenidamente y los firmara. Era un acuerdo de principio, que Matek debía leer y llevar consigo a su reunión de la mañana siguiente. Era de la oficina de la Unión Europea, auténtico. No tenía sentido poner en peligro la operación con falsificaciones.

Se despidieron en la puerta, la partida más contenida que la presentación, y Vlado insistió en que al día siguiente él invitaría a la comida y a la bebida. Luego emprendió el camino de regreso a Travnik, chirriando al bajar la colina mientras Matek observaba el descenso del automóvil blanco por las curvas y contracurvas, avanzando entre el polvo.

Matek trabajaba ya en su conversación como si fuera una ternilla, dándole vueltas en la boca, preguntándose qué era lo que no le había dejado buen sabor. Estaba sin duda la procedencia de Vlado. Era el hijo de Enver, de acuerdo. Tal vez fuera ése el problema. Serio hasta decir basta, igual que su padre. Deseoso de hacer las cosas por las razones correctas, no por cómo servirían a sus intereses. Pero ¿cuáles serían las razones correctas para un hombre joven como Vlado?

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